La rabia me invade. Mi pecho arde, me nubla la vista, me obliga a respirar más rápido, más fuerte. Todo mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Intento lanzarme contra él. No lo pienso. No mido consecuencias. Solo quiero alcanzarlo, golpearlo, arrancarle esa maldita calma de la cara. Pero me sujetan antes de lograrlo. Manos firmes, entrenadas, me atrapan por los brazos. Dedos duros que se clavan en mi piel, inmovilizándome como si no fuera más que una muñeca de trapo. Forcejeo, pero es inútil. Son más fuertes. Siempre lo son en este lugar. —Tu prometido envió un espía a mis filas —dice Víctor, con esa voz baja que no necesita elevarse para imponer autoridad—. Y le demostraré por qué soy el mejor líder de la mafia. Su tono no es de enojo. Es peor. Es de certeza, de seguridad. —Matenlo. Dice y el sonido del seguro del arma salta, corta el aire como una sentencia. Corro hacia él. No sé cómo me suelto. Tal vez me descuidaron un segundo. Tal vez
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