3:El jardín.

Abro la puerta apenas lo suficiente para asomarme.

Vacío.

El silencio del pasillo no es tranquilidad… es advertencia.

Salgo.

Camino despacio, descalza, sintiendo el frío del suelo subir por mis pies como un recordatorio constante de dónde estoy. Cada paso es calculado, medido… contenido.

Mi corazón late tan fuerte que por un instante creo que va a traicionarme.

Que alguien va a escucharlo.

No estoy huyendo…

Estoy aprendiendo a escapar.

Bajo las escaleras memorizando todo.

Cada giro.

Cada puerta.

Cada sombra.

Los cuadros en las paredes. Las lámparas. Incluso el leve crujido de la madera bajo cierto escalón.

Todo sirve. Todo cuenta.

Si voy a sobrevivir aquí… tengo que conocer este lugar mejor que ellos mismos.

Llego al fondo del pasillo.

Y ahí está.

La puerta.

La misma que vi cuando llegué.

La que da al jardín.

Me detengo solo un segundo.

Un segundo en el que mi mente calcula posibilidades, consecuencias… castigos.

Luego la abro.

El aire fresco me golpea el rostro con fuerza, llenando mis pulmones como si llevara días sin respirar de verdad.

Salgo.

Cierro la puerta con cuidado, sin ruido… como si nunca hubiera estado ahí.

Mis ojos recorren el lugar con rapidez.

El jardín es más grande de lo que recordaba.

Mucho más.

Extenso, perfectamente diseñado, cada planta colocada con intención, cada sendero limpio, cada rincón… controlado.

Demasiado cuidado.

Demasiado perfecto.

Eso solo puede significar una cosa.

Vigilancia.

Camino despacio entre los senderos, obligando a mi cuerpo a parecer relajado mientras mi mente trabaja a toda velocidad.

—Cámaras… —localizo una en la esquina superior de la pared, casi invisible entre la vegetación—. Dos… no, tres.

Cambio ligeramente de dirección.

—Guardias… no visibles.

Lo que significa que están mejor entrenados de lo que esperaba.

O más peligrosos.

—Muros altos…

Mis ojos recorren la altura. Piedra lisa. Sin grietas. Sin puntos de apoyo.

Imposibles de escalar sin ayuda.

Aprieto los labios.

No va a ser fácil.

Nada fácil.

Me agacho frente a un rosal, fingiendo interés. Inclino el rostro como si admirara las flores, pero mis ojos se mueven constantemente, midiendo distancias, buscando ángulos muertos, contando segundos entre movimientos de cámara.

Necesito una distracción.

Conocer el terreno.

Una oportunidad.

Mis dedos rozan una rosa blanca.

Perfecta.

Delicada.

Engañosamente inofensiva.

La arranco.

Las espinas se clavan en mi piel de inmediato, meto mi dedo a la boca.

No me quejo.

El dolor me centra.

Me recuerda que sigo aquí.

Que sigo viva.

—Este no es tu lugar.

La voz a mi espalda es como veneno deslizándose por la piel.

Mi cuerpo se tensa… pero no me giro de inmediato.

No necesito hacerlo.

Ya sé quién es.

Una leve sonrisa curva mis labios.

—No veo tu nombre en ninguna parte.

Me giro lentamente.

Sin prisa.

Sosteniendo la rosa entre mis dedos, dejando que una pequeña gota de sangre resbale por el tallo.

Ahí está.

Lorena.

Brazos cruzados. Postura rígida. Mandíbula tensa.

Pero son sus ojos los que la delatan.

Llenos de rabia.

De celos.

De miedo.

Perfecto.

Si hay alguien capaz de cometer un error… es alguien que demuestra inseguridad.

Y ella lo muestra.

Demasiado.

—Aléjate de lo que es mío —dice, dando un paso hacia mí.

La observo de pies a cabeza, sin disimular.

Analizando.

Midiendo.

No es solo celos.

Es inseguridad disfrazada de autoridad.

—¿Tuyo? —ladeo ligeramente la cabeza, casi con curiosidad—. Qué curioso… porque hasta donde sé… aquí nada te pertenece, no veo tu nombre.

Sus ojos arden.

Su respiración cambia.

Bien.

Un paso más… y la tengo exactamente donde quiero.

—No eres más que un problema temporal —escupe—. Cuando él ya no te necesite…

—¿Me vas a matar tú? —la interrumpo con una sonrisa suave, casi amable.

El silencio cae entre nosotras.

Pesado.

Incómodo.

La duda cruza su rostro como una sombra.

Ahí está.

La grieta.

Me acerco un poco más.

Lo suficiente para invadir su espacio.

Lo suficiente para incomodarla.

—No estamos hablando del jardín… ¿verdad?

La rosa se desliza lentamente por mis nariz, dejando su aroma.

—No eres tan estúpida como te ves....... así que entiende cuál es tu lugar.

Me grita lo último llamando la atención de los guardias que rondan cerca cuidando la entrada, con sus armas a la vista.

— Y tu eres más estúpida de lo que aparentas.

Esas palabras son provocación pura a su ego.

Directa.

Intencional.

Su paciencia se rompe.

El empujón llega sin aviso.

Fuerte.

Brusco.

Retrocedo, perdiendo el equilibrio mientras las espinas se hunden aún más en mi piel.

Un grito escapa de mis labios antes de poder detenerlo.

El mundo se detiene un segundo.

Cuando levanto la mirada…

Ya no estamos solas.

Varias personas han salido de la casa, me imagino que la reunión acabó se detienen para ver.

Observan.

Evalúan.

Juzgan.

Algunos con curiosidad.

Otros con diversión.

Nadie interviene.

Aprieto los dientes.

Siento el ardor en las manos. La sangre. El orgullo herido.

Pero no les daré eso.

No les daré el espectáculo que esperan.

Me levanto.

Despacio.

Con dignidad.

Como si nada hubiera pasado.

Como si no doliera.

Como si no importara.

Porque si algo tengo claro…

Es que aquí la debilidad se paga caro.

Giro sobre mis talones y comienzo a caminar de regreso a la casa.

Cada paso firme.

Cada movimiento controlado.

Pero no avanzo mucho.

Los guardias que resguardan la habitación donde estoy salen.

De la nada.

Como sombras que siempre estuvieron ahí.

Caminan hacia mí.

Sin prisa.

Sin duda.

Me toman de los brazos.

El agarre es firme.

Inquebrantable.

No hay violencia innecesaria…

porque no la necesitan.

Y entonces lo entiendo.

Esto…

Nunca fue un descuido.

Me dejaron salir.

Me observaron.

Esperaron.

No tenía ninguna oportunidad.

Aquí… cada paso se vigila y los míos en especial.

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