Esposa mía, tu me perteneces

Esposa mía, tu me pertenecesES

Mafia
Última atualização: 2026-05-12
Sofia Lodeiro  Atualizado agora
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Índice

Valentina nunca eligió a Dante Ferreira; su matrimonio fue un contrato y el divorcio, su primer acto de libertad, pero él no está dispuesto a dejarla ir. Esa misma noche la somete a un compuesto capaz de alterar la voluntad y convertir el deseo en necesidad, aunque lo que debía ser control se vuelve algo más peligroso cuando Valentina no solo se queda, sino que empieza a acercarse, provocarlo y derribar las barreras que él mismo construyó. Mientras el poder de Dante crece en el mundo criminal, también lo hace una amenaza invisible que lo observa desde las sombras, hasta que un ataque lo cambia todo: sin memoria, sin pasado, sin recordar a la mujer que ahora lleva a su hijo. Y Valentina, con la verdad en sus manos, no huye, decide quedarse, porque esta vez no será la droga la que la ate, sino algo mucho más irreversible.

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Capítulo 1

Capítulo 1: Una cena razonable

Cuatro años de matrimonio y Dante Ferreira todavía no sabía cómo era la risa de su esposa.

Lo había escuchado una vez, a través de una puerta cerrada, mientras ella hablaba por teléfono con su hermano. Había durado tres segundos. Él se había quedado parado en el pasillo sin poder explicar por qué.

Eso era todo lo que tenía de ella. Fragmentos. Destellos de una mujer que vivía en la misma casa y que había aprendido, con una eficiencia que a veces lo incomodaba, a ocupar exactamente el espacio que él le dejaba y ninguno más.

Hoy ella había decidido que ya era suficiente.

En el corazón empresarial de Milán se encontraba Ferreira Group, una de las empresas más importantes del país, y Valentina caminaba por los pasillos del piso veinticuatro de dicha empresa hacia la oficina del CEO, decidida a confrontar a su esposo.

Valentina se paró frente a la puerta del despacho, tomó el pomo y, tras poner en orden sus pensamientos durante unos segundos, entró; recorrió la oficina con la mirada antes de posar su vista en el hombre que se encontraba de pie junto al ventanal con el teléfono en la oreja.

El acuerdo con los inversores de Milán se firma el jueves. Decíselo a los abogados y que no me llamen hasta que esté listo. —Colgó sin esperar respuesta y se giró hacia ella.

—Quiero el divorcio. — Dijo Valentina dejando la carpeta sobre la mesa y mirándolo seriamente.

Dante bajó la mirada hacia la carpeta y luego miró a Valentina. Se acercó, abrió la carpeta y pasó las páginas despacio, con esa calma que a Valentina siempre le había resultado irritante. Ella esperó de pie sin apartar la vista de él.

Eso era lo que hacía siempre con él — no apartar la vista. Había aprendido temprano que con Dante la primera en bajar los ojos perdía algo, aunque nunca hubiera podido explicar exactamente qué.

Dante no respondió de inmediato. Cerró la carpeta con calma, como si la decisión no tuviera urgencia, aunque la tenía. 

—Está bien —dijo él.

Valentina abrió la boca y la cerró.

Había preparado sus argumentos para un no, los tenía ordenados y listos, y de repente no había ningún no donde debería haber uno. Lo miró buscando la trampa — porque con Dante siempre había una trampa — pero su expresión era la de siempre, imposible de leer.

—¿Perdón? —dijo finalmente.

—Que está bien. Pero tengo dos condiciones. —Hizo una pausa. —Esta noche cenamos. Me presentás tus razones, yo te presento las mías.

—¿Y la segunda?

Dante se acercó despacio, hasta quedar a un paso de ella, y se inclinó levemente hacia su oído.

—Que te acuestes conmigo —Su voz era baja, casi seductora —Haz eso, y mañana te doy el divorcio.

Valentina no se movió.

Un segundo. Dos.

Luego dio un paso atrás, lo miró, y algo en su expresión recorrió un camino muy corto entre la incredulidad y la rabia antes de cerrarse por completo.

—Bien —dijo.

Dante no mostró ninguna sorpresa. Solo la miró, llevaba cuatro años mirándola y catalogándola. 

Valentina recogió la carpeta de la mesa, se la puso bajo el brazo y caminó hacia la puerta con la espalda recta y los pasos exactos, sin apuro, como si acabara de cerrar ella el trato y no al revés.

Ella salió. Dante esperó a que la puerta se cerrara, sacó el teléfono y marcó un número que no tenía guardado con nombre.

—Necesito que esta noche esté todo listo. La dosis completa, en el vino.

—¿Está seguro, señor Ferreira? El compuesto todavía está en fase de pruebas, los efectos en humanos no están del todo...

—¿Funciona o no funciona?

—Funciona, pero...

—Entonces está listo. —Colgó.

Valentina pasó la tarde diciéndose que la cena era un trámite. Que escucharía lo que él tuviera que decir, lo contradeciría, y luego tendría los papeles firmados. Era un plan simple y tenía toda la lógica del mundo.

Lo que no tenía lógica era lo otro.

Se lo había dicho al oído como si fuera la cosa más natural del mundo, sin titubear, sin el menor signo de que acababa de pedirle algo que ningún hombre en su sano juicio le pediría a su esposa para darle el divorcio. Y ella había aceptado. Pero pensó que si se acostaría con él al menos lo haría bajo sus términos asique antes de las ocho bajo a la cocina y se encontró con una empleada que llevaba años trabajando en la mansión.

Valentina dudó antes de hablar. No por la decisión, sino por lo fácil que le resultaba tomarla. 

 —Necesito algo —dijo Valentina, en voz baja. —Algo que se pueda poner en una bebida. Que aumente el deseo sexual y que inhiba un poco los pensamientos racionales.

La empleada no hizo ninguna pregunta simplemente abrió un cajón, sacó un pequeño frasco con un líquido transparente y lo dejó sobre la mesada.

—No tiene sabor —dijo solamente. —Con una gota alcanza y su efecto es lento.

Valentina tomó el frasco y salió de la cocina con el frasco en la mano y una justificación perfectamente ordenada en la cabeza.

A las ocho en punto entró al comedor. La mesa estaba puesta y en ella había dos velas, dos copas de vino tinto ya servidas y comida que olía deliciosa. Aprovecho que Dante aún no había llegado y disimuladamente vertió unas gotas en la copa y unas cuantas también en la comida de él, para luego fingir que acababa de entrar.

—Esto parece más una cita que una negociación —dijo ella, sentándose con calma

—Pueden ser las dos cosas. ¿Empezamos? 

—Si . —Dijo Valentina —Llevamos cuatro años de matrimonio y los dos sabemos que esto nunca fue un matrimonio real, fue un contrato entre tu padre y el mío, los dos están muertos así que ya no hay ninguna razón lógica para seguir.

—¿Ninguna? — preguntó Dante

—Ninguna que yo vea. Si vos ves alguna, decíme. —- respondió con calma

Dante tomó un sorbo de su vino sin imaginarse lo que su copa contenía y la miró.

—Sos la única persona en este mundo que entra a mi despacho sin llamar —dijo finalmente.

—¿Ese es tu argumento para no divorciarte? — preguntó ella con incredulidad.

—Es una observación. — dijo el

—Necesito algo mejor que una observación. — Respondió Valentina ya un poco irritada

——¿Hay alguien más, o esto es solo aburrimiento? — preguntó el

—No. —dijo con sinceridad —Estoy cansada, eso es todo. Cuatro años viviendo con un extraño en la misma casa es suficiente.

—¿Un extraño? —repitió él.

—No me conocés. Yo no te conozco. Nos cruzamos en los pasillos y aparecemos juntos cuando hay que aparecer, eso no es un matrimonio. — Dijo ella

—Te conozco más de lo que creés, Valentina. —- Le dijo él mirándola.

Valentina le sostuvo la mirada, sin responder de inmediato, era la última respuesta que esperaba de él, de Dante, que en cuatro años había perfeccionado el arte de no decir nada que pudiera usarse en su contra. 

—Comé algo —dijo él, señalando el plato con un gesto breve.

—No cambies el tema. — dijo algo enojada por las palabras de él.

—No lo estoy cambiando, no comiste nada desde que te sentaste a la mesa. — Dijo Dante

Valentina bajó la vista y empezó a comer porque tenía hambre y porque darle esa pequeña victoria no cambiaba nada. Dante comió también, y por unos minutos la conversación se disolvió en el silencio que los dos manejaban bien, cada uno en su espacio.

Valentina sabía esperar. Era una de las pocas habilidades que ese matrimonio le había desarrollado — que con Dante el silencio siempre decía más que cualquier pregunta.

—¿Qué necesitarías para quedarte? —dijo él.

Ella levantó la vista y respondió —Eso no es una pregunta que debería tener respuesta a estas alturas.

—Respondela igual.

—Dante...

—Valentina. ¿Qué necesitarías?

Era una pregunta demasiado directa viniendo de él, demasiado cercana a algo real. Valentina la sostuvo un momento, casi tentada, y luego sacudió la cabeza.

—Nada que vos estés dispuesto a dar.

Él asintió una vez, levemente.

—Tomá el vino. Es uno de los mejores de la región, te va a gustar.

Valentina lo observó un segundo antes de hacerlo, no porque dudara del vino sino porque por primera vez en toda la noche sintió algo difícil de nombrar, una pausa extraña en la lógica de lo que estaba ocurriendo, pero no encontró una razón concreta para detenerse así que bebió.

Dante no la perdió de vista mientras lo hacía, no cambió la expresión, pero tampoco volvió a hablar de inmediato y ese pequeño espacio entre ambos empezó a volverse más incómodo de lo que debería haber sido una cena.

Valentina dejó la copa sobre la mesa con calma como si nada hubiera cambiado, aunque el silencio que siguió ya no era el mismo de antes, había algo más denso, menos controlado.

Dante levantó su copa otra vez pero no bebió, la sostuvo en el aire un momento más largo de lo normal como si estuviera esperando algo que no terminaba de llegar y luego la dejó de nuevo sobre la mesa sin apartar la mirada de ella.

Valentina lo notó y por primera vez desde que había entrado a esa habitación no supo si lo que estaba viendo en él era normal, pero no dijo nada y Dante tampoco, aún así el aire entre los dos dejó de ser neutro y la cena ya no parecía una cena.

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Capítulo 1: Una cena razonable
Capítulo 2: Lo que firmaron sus padres
Capítulo 3: Lo que una mujer le enseñó
Capítulo 4: Lo que el cuerpo no consulta
Capítulo 5: Cuarenta y ocho horas
Capítulo 6: Lo que ya no recuerda querer
Capítulo 7: Lo que se ordena en silencio
Capítulo 8: Lo que ella ya no cuestiona
Capítulo 9: El peso del apellido
Capítulo 10: Órdenes sin retorno
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