Mundo ficciónIniciar sesiónNunca imaginé que una noche de fiesta se convertiría en mi sentencia. Solo quería olvidar que mi novio me había engañado. Solo quería bailar, beber, reír. Pero abrí la puerta equivocada… y vi cómo dos matones golpeaban a un joven arrodillado mientras un hombre elegante, impecable y frío como el hielo observaba la escena. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, supe que iba a morir. —Matadla —ordenó sin pestañear. Caí de rodillas, temblando, suplicando por mi vida. Y por una razón que ni él mismo entendió, decidió perdonarme. No fue misericordia. Fue una condena diferente. Ahora vivo en su mansión, bajo reglas que no pedí, bajo una protección que no quiero, y bajo la mirada del hombre que quiso matarme. Él es Alessandro Romano: poderoso, temido, imposible de descifrar. Un villano con más secretos que sonrisas. Soy su riesgo. Su error. Su posesión temporal. La testigo que no debería estar respirando. Pero cuanto más tiempo paso a su lado, más descubro que el verdadero peligro no es él… sino lo que despierta en mí. Su oscuridad atrae. Su fragilidad oculta duele. Y su manera de mirarme hace que el miedo y el deseo se confundan. Él fue mi verdugo. Podría ser mi ruina. Y, tal vez, la única persona por la que no debería sentir nada… es exactamente a la que no puedo dejar de mirar.
Leer másEra la mañana de Nochevieja. Todo era alegría aparente en la ciudad, excepto para mí. Mi despertador no había sonado, el calentador se quedó sin gas, mi viejo escarabajo me dejó tirada a un kilómetro de mi trabajo y, por llegar tarde, mi jefe me despidió.
Las cosas no podían salirme peor en un solo día, o eso creía yo. Caminaba casi arrastrando mis pies camino de la casa de mi prometido. Siete años juntos, desde el instituto. Lo creía el hombre más maravilloso sobre el planeta, pero al doblar una esquina me lo encontré sentado en la terraza de nuestra cafetería favorita con otra mujer.
Respiré hondo: “No, relájate”. Me dije mientras seguía caminando para acercarme más, pero a la vez intentando no ser vista. “Solo será una amiga”; puede tener amigas, tiene amiga y yo, se supone, estoy trabajando. No puedo pensar en que me está...
Hasta ahí duraron mis pensamientos, pues de repente el desgraciado de mi prometido cogió a la joven por el cuello y sus labios se juntaron en un beso apasionado que me dejó sin respiración.
Por un par de minutos solo pude mirar la escena paralizada, tratando de abrir y cerrar los ojos para comprobar si mi visión no me estaba jugando una mala pasada, pero allí estaban los dos. Acaramelado como si estuvieran en privado. Ni la decencia de hacerlo a escondidas.
Finalmente, me armé de valor y caminé con decisión hasta ellos. Cogí la primera bebida que pillé de la mesa, un batido de medio litro de chocolate con nata y hasta una cereza, y se lo lancé al estúpido de mi prometido.
—Maldito cabrón. Si no querías seguir conmigo, al menos podrías haber cortado antes.
—Natalia, yo... —Trató de justificarse.
Lo miré con desprecio, todo empapado de batido de chocolate; me alegré de que llevara un jersey blanco y azul. Al menos se lo había arruinado.
—No hace falta que inventes excusas. Te he visto cómo te besabas con esta... —Mis ojos se fijaron en ella. Era una de mis amigas desde el instituto. —…esta arpía. Ojalá os vaya bien y os pongáis los cuernos a gusto. Porque fiel ya veo que no eres.
Sé que intentaron justificarse, decirme que los estaba malinterpretando y seguramente más estupideces por el estilo, pero no podía seguir un segundo allí. Con paso seguro, salí de la terraza del local y comencé a andar, pero Ricardo me agarró de la mano derecha.
—Detente un minuto, déjame explicarte.
—¿Explicarme? No necesito explicaciones de una basura como tú. Solo quiero que me dejes en paz.
—Entre Mónica y yo no hay nada. Solo...
—¿Ahora me intentas convencer de que sufro alucinaciones?
Tiré del brazo y él me soltó. No insistió, no dijo nada más. Solo permaneció en silencio con los ojos inyectados en sangre. Tenía ganas de golpearlo, pero no le iba a dar esa satisfacción a ese par de sinvergüenzas. Con paso firme esta vez sí me marché de la cafetería.
Cuando estuve a dos manzanas, por fin las lágrimas asomaron a mis ojos. Sin entender qué había hecho para cabrear de esta manera a Dios. Mis pies me estaban llevando casi por inercia hacia el piso de mi amiga Julia.
Toqué el timbre y esperé en la puerta. Necesitaba una amiga con la cual llorar, pero quizás Julia era la menos apropiada para ello. Cuando por fin estuve delante de ella, me abrazó con cariño.
—¿Nat? ¿Qué te ha pasado?
Me derrumbé en sus brazos. Julia preparó un té y escuchó atenta mi historia de aquel día terrible. Solo al terminar me agarró de la mano y me llevó a su dormitorio.
—Elige un vestido, te vienes conmigo esta noche.
Tragué saliva ante la propuesta de Julia. Siempre discutíamos por su trabajo; por muy bien pagado que fuera, para mí no era moralmente aceptable.
—Julia, no soy una prostituta. —Me quejé tratando de evitar ir a una fiesta, a la cual no me apetecía. Solo quería acurrucarme en una cama debajo de las sábanas.
—Y yo tampoco. Te lo he dicho muchas veces. Mi trabajo es parecido al de una azafata. Hacer bonito en fiestas de niños ricos.
Con eso cerró la discusión; un par de horas más tarde estábamos en la calle esperando. Una furgoneta negra con los cristales tintados se detuvo delante de nosotros. El conductor bajó, me dio un vistazo y, antes de darme cuenta, estábamos camino de la fiesta tras su aprobación.
Por el camino recogimos unas cuantas jóvenes más, todas hermosas y perfectamente arregladas. Hasta llegar a una enorme mansión situada en las colinas de Malecia.
—Eh, tú —me agarró del brazo el conductor de la furgoneta. —No trabajas para mí, pero procura no cagarla. Si lo haces bien, quizás te meta en plantilla.
Hice una sonrisa de compromiso. No me apetecía trabajar para ese hombre. Aunque en el fondo esta fiesta era un buen sitio para desquitarme de Ricardo.
Al ver la fiesta me mordí el labio instintivamente; aquello era espectacular. Escultura de hielo, un DJ en lo alto de un escenario, camareros con bandejas repletas de copas y canapés.
Los invitados, todos con trajes y joyas carísimas. Sin lugar a dudas, no era mi estatus y temía abrir la boca y que la gente notara mi procedencia, por mucho que Julia se hubiera esforzado en mi imagen.
Ni Julia ni sus compañeras parecían fuera de lugar en esa fiesta. Sí, a lo mejor nuestras joyas no eran tan exageradas, nuestros modelos no eran tan exclusivos, pero por lo demás parecían como cualquier otra de las jóvenes de la fiesta. Moviéndose con una seguridad que me faltaba.
Julia trató de decirme en un par de ocasiones que me relajara, pero era imposible, tenía el síndrome del impostor y pensaba que en cualquier momento se reirían de mí, pero ese momento no llegó. Al contrario, cuando estaba a punto de colapsar, un par de jóvenes se nos acercaron con descaro.
—Hola, preciosas. Vais a pasar una gran noche en nuestra compañía.
Los jóvenes eran atractivos; además, el traje, la seguridad, el perfume... todo olía a seguridad y riqueza en ellos. Sonreí estúpidamente al compararlos en mi cabeza con el idiota de Ricardo. Fantaseando en mi cabeza hasta dónde estaría dispuesta a llegar con uno de ellos esa noche.
Lo bebido y la poca comida ingerida por mi parte me empujaban a cada vez ser más permisiva con Jorge Alberto, el chico que trataba de conseguir algo más que una charla. No era ajena a sus galanterías, ni a sus manos posadas en sitios cada vez más atrevidos.
En uno de esos tocamientos indebidos, me excusé para ir al servicio. Tenía algo de gana, pero sobre todo era con la intención de frenar un poco a Jorge Alberto. Si seguía jugando bien sus cartas, empezaríamos el año compartiendo cama, pero no iba a ser tan fácil. Una cosa era ser una mujer despechada y otra bien distinta, una zorra facilona.
Entré en la casa y caminé tambaleándome algo por un largo pasillo. Me habían dicho que al fondo del pasillo, a la derecha, pero ahora, recordando mi giro, me doy cuenta de que giré a la izquierda.
Me estampé contra un dios griego hecho carne. Por un momento su aroma me atrajo, café, una pizca de cuero y... ¿Sangre? ¿Pólvora?
Mire sus facciones duras, fuertes, y esos ojos grises fríos, pero que devoraban mi alma. Entonces mis ojos se dieron cuenta: detrás de él yacía un cadáver en un charco de sangre junto a otros dos hombres, uno de los cuales guardaba un arma en su espalda.
Mi mirada pasó, sin terminar de entender lo que mis ojos veían del cadáver, a esos ojos hipnóticos del dios griego con el cual había chocado.
Miraba a mi suegra, que se había vuelto a sentar sin terminar de saber si con sus palabras me aceptaba o me amenazaba. Cogí la copa y volví a beber. Como siguiera mucho más tiempo con ella, acabaría afectándome el alcohol.No sabía si con esto había dado por terminada la conversación y debía levantarme o aún debíamos tratar más temas. Ella me miraba con curiosidad. O al menos eso interpretaba yo en su mirada. ¿Esperaba una respuesta?—¿Y de la cofradía? —pregunté tratando de romper el silencio y su mirada inquisitiva.Nada me había preparado para su reacción. Primero sus labios se tornaron en una sonrisa y finalmente comenzó a reír.—¿Qué resulta tan gracioso?—Tu ingenuidad. ¿De verdad crees peligrosa a esa vetusta sociedad? ¿Esa panda de machistas? ¿Los cuales solo nos consideran incubadoras para sus descendientes? Debes aprender mucho, señorita Collins. Ellos podrán creer mover todos los hilos en esta sociedad, pero no es así. Ya lo aprenderás.La revelación me dejó con la boca abi
Con paso calmado me acerqué al lavabo situado entre ellas e Isabella y me lavé con tranquilidad las manos. El silencio solo era interrumpido por el sonido del agua; las veía aterrorizadas a través del espejo. Isabella les mantenía la mirada impasible. Cuando terminé, me miré un poco en el espejo mientras me secaba las manos con una pequeña toalla. Tras esto, me giré hacia la puerta.—¿Nos vamos? —pregunté sin mirar directamente a Isabella.—Por supuesto, no hay nadie importante aquí.—Buenas noches, señora Navas, Paneque y Peterne. Ups, creo que se me metieron los apellidos de sus maridos.Sentí cómo las tres tragaban en seco; incluso una de ellas dio un pequeño sobresalto.—Comienzas a honrar el apellido Romano; ni la señora de esta mansión lo hubiera hecho mejor.—Gracias. —Contesté mientras caminaba hacia el salón.Ya tenía a Romano apenas a unos metros; estaba reunido con unos invitados, entre los que estaban Roberto, Julia, el padre de Romano y el señor Montreval. Parecían entret
Romano me cogió del brazo y volvimos a entrar. Conocía bien estas fiestas, pero hasta ahora había acudido como su asistente. En esta ocasión era su esposa y todo era igual, pero diametralmente opuesto. Había pasado de ser un elemento que pasaba desapercibido, recogía tarjetas y gestionaba citas, a ser juzgada por cualquier movimiento. El comienzo de la fiesta no había ayudado en nada. Las mujeres hablaban a mis espaldas, los hombres mantenían las distancias, pero mi opinión parecía haber perdido peso. Julia e Isabella se acercaron nuevamente en un momento en que estaba justo a punto de quebrarme. —¿Cuántas copas más has tomado? —me preguntó Isabella. No llevaba tantas. Después de entrar, sí me había tomado una de golpe y no había tomado nada de comida, pero en realidad no creía haber cogido tantas copas. —La primera no cuenta. La tiré al suelo, pero… creo que es la tercera. ¿Y tú por qué tienes una copa en la mano? Me percaté de la copa en la mano de Isabella; aunque llena, no m
Estaba furiosa; una mujer trataba de coquetear con mi hombre y encima este detenía mi mano. Lo peor era la sonrisa de Romano. Como si mi reacción le divirtiera. Clavé mis ojos en Romano, tratando de transmitir mi furia en esa mirada.—Suéltame la muñeca y borra esa estúpida sonrisa, que cuando volvemos a...Romano me paró con un apasionado beso. Un beso posesivo. Un beso que gritaba: “Tranquila, no tengo ojos para otra”. Mis ojos permanecían abiertos, sorprendida por su arrogancia. Las conversaciones comenzaron a apagarse a nuestro alrededor. Una tras otra, las miradas de los asistentes comenzaron a fijarse en nosotros.Por un momento traté de forcejear furiosa. No pude contenerme y clavé con fuerza mi tacón derecho en sus perfectos zapatos italianos. Sentí cómo sus manos agarraron con más fuerza mi cuerpo como reacción al pisotón. Lo había sentido y dolido, aunque siguiera besándome.A pesar de ello, no se quejó, no se apartó. Mis ojos se cerraron finalmente y me fundí en sus labios;
Último capítulo