2: Ahora o nunca.

Me quedo observando cómo el maldito sale de la sala, dejándome sola en medio del desastre que yo misma provoqué. Cuando desaparece por el pasillo, escondo las manos detrás de la espalda.

Tres empleadas entran poco después.

La manera en que me miran lo dice todo.

No hace falta que digan una sola palabra para entenderlo: están molestas. Y no puedo culparlas. Los jarrones rotos están esparcidos por el suelo, el agua se extiende sobre el mármol brillante y las flores aplastadas parecen un pequeño campo de batalla.

Empiezan a recoger los pedazos en silencio.

Intento acercarme para ayudarlas. Nunca quise causarles problemas. Pero cuando doy un paso hacia ellas, una de las mujeres me lanza una mirada tan dura que me deja clavada en el lugar.

—Discúlpenme… —empiezo a decir con torpeza.

Pero antes de que pueda terminar, una de ellas se levanta y se acerca hasta quedar frente a mí.

—Típico de niñas ricas —dice con desprecio—. Arman un berrinche y luego creen que un “lo siento” arregla todo.

Siento cómo me arde la cara.

—No se nos pagará por esto —continúa—. Ya habíamos limpiado y ahora vienes tú a desordenarlo todo otra vez.

—Yo lo siento… de verdad… —repito en voz baja.

La voz grave de uno de los hombres de Víctor corta la tensión.

Levanto la mirada y lo veo de pie en la entrada de la sala, observando la escena con expresión impasible.

Lo veo caminar hacia mi para sujetarme del brazo y llevarme de malas de regreso a la habitación.

No discuto.

Subo las escaleras junto a el.

Cuando llego a la habitación, me empuja adentro y cierra la puerta, me apoyo contra ella, respirando hondo.

Mi vestido de novias es un desastre.

Esos imbéciles me secuestraron cuando apenas iba en camino.

Cierro los ojos.

Mi padre debe estar desesperado buscándome.

Y Leonel… mi prometido.

Aprieto los labios.

Se supone que debía ser el día más feliz de mi vida.

En cambio, estoy atrapada en la casa de un mafioso imbécil.

Escucho ruido afuera.

Me acerco al ventanal y aparto un poco la cortina.

Varios autos negros llegan a la entrada de la mansión. De ellos bajan hombres con trajes caros y mujeres extravagantes, vestidas con ropa que apenas cubre sus cuerpos.

Siempre escuché que la mafia trataba con ese tipo de personas.

Pero verlo es diferente.

Suspiro y me aparto de la ventana.

No sé por qué… pero siempre imaginé que los mafiosos eran feos, llenos de cicatrices y con cara de criminales.

No como el idiota que vi hace rato.

Con su traje impecable y ese maldito aire de superioridad, como si fuera mejor que todos los demás.

La puerta se abre de golpe.

La misma empleada que me habló mal entra sin siquiera tocar.

—Arréglese —dice dejando algo sobre la cama—. En media hora vendrán por usted.

Cuando se va, observo lo que dejó.

Es un vestido. Uno fino.

De tela elegante y perfectamente planchado.

Frunzo el ceño y me siento en la cama, cruzándome de brazos.

Entonces escucho una voz desde el pasillo.

—Si no está lista en media hora, tienen permiso para entrar y cambiarla.

Reconozco esa voz.

Es él. El imbécil de Víctor.

Y lo peor es escuchar dos voces masculinas responder con un “sí, señor”.

Eso me hace levantarme inmediatamente.

Entro al baño y me cambio rápido. Me peino con las manos, intentando ordenar mi cabello lo mejor posible. Impío mi rostro.

No pasan ni cinco minutos cuando llaman a la puerta.

Antes de que responda, la puerta se abre.

Dos hombres enormes están de pie en la entrada.

—Señorita, la escoltaremos.

Suspiro con resignación.

El vestido que me dieron es elegante, pero muy diferente a la ropa de las mujeres que vi llegar, me queha justo y las zapatillas son de mi medida, al menos.

Los hombres me guían por el pasillo y luego subimos otro tramo de escaleras.

Se detienen frente a una puerta grande.

Tocan dos veces. Luego la abren.

La habitación está llena de personas.

Hombres con miradas frías, caras duras… algunos con cicatrices.

Exactamente el tipo de gente que esperaba encontrar en la mafia.

Detrás de un gran escritorio está él.

Víctor Moretti.

Sentado como si fuera el dueño del mundo.

Lo miro con desprecio.

Y de repente siento un fuerte agarre en el brazo.

Unas uñas se clavan en mi piel.

—Esa no es la manera de mirar al señor Moretti.

La mujer que me habla tiene una sonrisa venenosa.

Me suelto de su agarre con molestia.

La atención de todos se dirige hacia nosotras.

—Yo lo miro como lo que es —respondo con firmeza—. Un maldito mafioso que me tiene secuestrada.

La bofetada llega sin aviso.

Mi cabeza gira hacia un lado.

Pero si ella cree que no se la voy a devolver… está muy equivocada.

Levanto la mano y le regreso la cachetada con la misma fuerza.

El sonido resuena en toda la habitación.

La mujer aprieta los puños, furiosa.

—Lorena, siéntate.

La voz de Víctor es calmada, pero autoritaria.

Ella lo mira unos segundos… y obedece.

—Les presento —dice Víctor apoyándose en su escritorio— a la hija del fiscal general… y nuera del jefe de policía.

Algunos hombres me miran con desprecio.

Otros se ríen mientras me examinan de pies a cabeza.

—Como pueden ver —continúa—, es una joven maleducada a la que le faltan modales.

—Pero tendremos que conformarnos con ella. El fiscal solo tiene una hija… y es esta.

Escucho murmullos.

—Aquí se le educará.

—Típico de las hijas de la ley.

—Déjenla un día conmigo y aprenderá rápido.

Ignoro todos los comentarios.

Me niego a mostrar miedo.

Víctor levanta una mano y el ruido cesa.

—Se quedará aquí mientras posiciono mi organización donde debe estar.

Sus ojos se clavan en los míos.

—Cuando llegue a donde quiero… la devolveré.

Luego sonríe ligeramente.

—De ella depende si vuelve completa.

El silencio se vuelve pesado.

—Porque paciencia… es lo que menos tengo.

Se reclina en su silla.

—Sáquenla de aquí. Tenemos asuntos que discutir… y no son aptos para jovencitas berrinchudas.

Ni siquiera espero a que me lo repitan. Salgo sola.

Pero siento la mirada de Lorena clavada en mi espalda.

Camino por el pasillo pensando en sus palabras.

Solo será por un tiempo. Luego me devolverán con mi padre.

Lo único que tengo que hacer… es mantenerme lejos de todos ellos.

Eso es todo me llevan a la habitación donde me quedo por minutos sentada pensando.

Silencio en el pasillo me pone nerviosa.

No hay pasos.

No hay voces.

No hay nadie.

Es la primera vez desde que llegué aquí… que no siento ojos sobre mí.

Respiro hondo.

—Es ahora o nunca…

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App