Serena intentó retroceder cuando él dio un paso hacia ella, pero el cuerpo no le respondió. Las piernas le flaquearon sin aviso, como si el miedo hubiera drenado la poca fuerza que le quedaba. El mundo se le inclinó peligrosamente y apenas alcanzó a emitir un sonido ahogado antes de perder el equilibrio.
Angelo la sostuvo.
Sus brazos fueron firmes, inesperadamente cálidos. No bruscos. No posesivos. Solo… ahí. El contacto la descolocó más que el pánico. Su rostro quedó a la altura de su pecho y lo primero que la envolvió fue su olor: limpio, masculino, con un rastro tenue de algo amaderado que no supo identificar. No era el olor de la sala blanca ni el del miedo. Era distinto. Real.
Su respiración se agitó, pero ya no solo por terror.
El pecho de él subía y bajaba despacio bajo su mejilla, marcándole un ritmo ajeno, más calmo, que poco a poco comenzó a imponerse sobre el suyo. Serena cerró los ojos por puro instinto. El contacto la confundía. Su cuerpo reaccionaba de formas que no quer