Serena no recordaba en qué momento exacto había llegado al hospital.
Todo lo que vino después era una secuencia desordenada: las luces del pasillo, una camilla cruzando la entrada del edificio, una voz que le pedía datos mientras ella asentía sin saber si estaba respondiendo bien. En algún punto la habían hecho sentarse, y desde entonces parecía no haberse movido.
El banco de plástico era incómodo, pero no lo suficiente como para obligarla a cambiar de postura. Tenía las manos apoyadas sobre las