Serena no recordaba en qué momento exacto había llegado al hospital.
Todo lo que vino después era una secuencia desordenada: las luces del pasillo, una camilla cruzando la entrada del edificio, una voz que le pedía datos mientras ella asentía sin saber si estaba respondiendo bien. En algún punto la habían hecho sentarse, y desde entonces parecía no haberse movido.
El banco de plástico era incómodo, pero no lo suficiente como para obligarla a cambiar de postura. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas, abiertas, como si esperara que alguien le colocara algo encima. No sabía qué hacer con ellas.
La escena volvía una y otra vez, sin pedir permiso: la puerta del departamento abierta, los paramédicos entrando deprisa, el olor metálico que no pertenecía a su casa. Serena había pensado muchas veces en el día en que su madre tendría que volver al hospital, pero nunca así. Nunca de ese modo.
No entendía qué había pasado.
Su madre no se movía sola. No podía. Todo en el departamento estaba pe