—Tienes que irte —dijo Angelo, cortando el llanto de la mujer de forma brusca.
Reconoció el tono: Era una orden.
La mujer se alejó unos pasos.
—Vamos, te acompaño a la salida.
Se movió con rapidez, primero corrió pero cada paso parecía arrancarle un crujido al suelo, así que redujo la marcha obligándose a caminar despacio. Las voces se acercaban. El tiempo se encogía.
Cruzó el salón principal, pero supo que no alcanzaría las escaleras. La verían.
Se deslizó entre un armario repleto de libros y