—Tienes que irte —dijo Angelo, cortando el llanto de la mujer de forma brusca.
Reconoció el tono: Era una orden.
La mujer se alejó unos pasos.
—Vamos, te acompaño a la salida.
Se movió con rapidez, primero corrió pero cada paso parecía arrancarle un crujido al suelo, así que redujo la marcha obligándose a caminar despacio. Las voces se acercaban. El tiempo se encogía.
Cruzó el salón principal, pero supo que no alcanzaría las escaleras. La verían.
Se deslizó entre un armario repleto de libros y la pared, encogiéndose todo lo posible. El polvo le rozó la piel desnuda del brazo. No se movió.
—¿Cuándo vendrás? —preguntó la mujer, con la voz quebrada—. Prometiste que lo dejarías todo.
—No es tan fácil, Elena —respondió Angelo en un murmullo bajo—. Debes irte. Te prometo que pronto iré con ustedes.
Pronto iré con ustedes.
Las palabras se le clavaron a Serena como una astilla. ¿Con quiénes? ¿Adónde? Sintió una mezcla incómoda de curiosidad y alerta. Angelo era así: una puerta cerrada con dem