Los pezones se le marcaban por encima de la tela de seda. La chica era hermosa; tenía un aura de inocencia que contrastaba con la mirada enojada, el ceño fruncido, los ojos ámbar chispeantes de rabia al verlo. No se resistió: quería tocarla, hacerla suya ahí, sin pensar en nada.
—Gianni —la voz de Angelo lo atravesó, firme, ronca; llenó toda la habitación como un trueno seco en medio de una tormenta. No gritó, pero conocía a Angelo lo suficiente como para saber que lo estaba reprendiendo por es