Mundo ficciónIniciar sesiónAriadna Castellanos es una abogada brillante que aprendió a sobrevivir donde la justicia falla. Tras perder a su padre por intentar denunciar una red empresarial corrupta, dejó de creer en finales limpios y se especializó en casos imposibles, aquellos donde el poder siempre gana. Cuando una joven contadora relacionada con el poderoso holding Montclair aparece muerta, Ariadna acepta representar a su familia en una demanda civil que nadie quiere tocar. Su camino se cruza entonces con Elías Montclair, el carismático y temido CEO del grupo empresarial, un hombre criado en un mundo donde el amor no existe y el poder lo es todo. La atracción entre ellos es inmediata, intensa y peligrosa. Cada encuentro está cargado de tensión sexual, silencios que queman y un deseo imposible de ignorar. Mientras el caso avanza y las pruebas revelan que el imperio Montclair esconde mucho más de lo que aparenta, Ariadna y Elías se ven atrapados en una relación marcada por el poder, la obsesión y decisiones moralmente ambiguas. Amar puede significar perderlo todo. Y elegir al otro puede ser la única forma de escapar. En una historia donde no existen héroes ni inocentes, Ariadna y Elías deberán decidir hasta dónde están dispuestos a llegar para ser libres, incluso si eso implica renunciar a todo lo que conocen.
Leer másAriadna Castellanos estaba acostumbrada a los silencios incómodos.
Había aprendido a leerlos como otros leían contratos: con paciencia, con distancia, sin permitir que la ansiedad se filtrara en el gesto.El expediente reposaba abierto sobre su escritorio desde hacía casi una hora. No lo había tocado más. No porque dudara de su contenido, sino porque ya lo había entendido todo.
Cuando un caso era demasiado limpio, era porque alguien se había tomado el trabajo de limpiarlo.
La mujer estaba muerta. Caída desde un edificio corporativo. Suicidio, según el informe oficial. Sin forcejeo. Sin testigos útiles. Sin huellas relevantes. Una investigación rápida, casi respetuosa. Un cierre elegante para una historia que nadie quería seguir contando.
Ariadna deslizó los dedos sobre el apellido que se repetía una y otra vez en las hojas.
Montclair.
No era la primera vez que lo veía. Tampoco la segunda. Ese nombre aparecía siempre en los lugares correctos, con las firmas correctas, con los sellos adecuados. Nunca en el centro del problema. Siempre un paso más atrás. Siempre protegido por capas de legalidad impecable.
Cerró la carpeta con un gesto lento y se recostó contra el respaldo de la silla. Su oficina era sobria, funcional, sin adornos innecesarios. No creía en los objetos que pretendían transmitir poder. El poder real no necesitaba decoración.
Valeria Cruz entró sin tocar, como lo hacía siempre. Tenía el ceño fruncido y los brazos cruzados, una postura que Ariadna conocía bien.
—Decime que no vas a aceptar esto —dijo, sin rodeos.
Ariadna no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hasta la ventana y observó la ciudad desde el sexto piso. El tráfico avanzaba con la misma indiferencia de siempre. La gente seguía viviendo aun cuando otras vidas se apagaban sin dejar ruido.
—Ya lo acepté —dijo al fin.
Valeria soltó una exhalación brusca.
—Esto no es un caso complicado, Ari. Es un suicidio archivado. Nadie quiere reabrirlo. Nadie va a apoyarte. Y ese apellido… —negó con la cabeza—. No es solo una empresa. Es una estructura.
Ariadna se dio vuelta. Su expresión era tranquila, casi serena.
—Por eso es una demanda civil —respondió—. No voy a acusar a nadie de asesinato. Voy a pedir responsabilidades. Es más discreto. Más incómodo.
—Es suicida —corrigió Valeria.
Ariadna sostuvo su mirada sin alterarse.
—No busco sobrevivir a esto. Busco entrar.
Valeria la observó en silencio durante unos segundos. Conocía a Ariadna desde la universidad. Sabía que cuando hablaba así, no había marcha atrás.
—Este hombre no juega limpio —dijo al fin—. No te va a atacar de frente.
—Nunca lo hacen —respondió Ariadna—. Por eso hay que mirarlos de cerca.
Horas después, en la otra punta de la ciudad, Elías Montclair permanecía de pie frente a los ventanales de su despacho privado. Desde ahí, la ciudad parecía una maqueta precisa, ordenada, controlable.
Le gustaba esa vista.
Tomás Rivas hablaba desde la mesa, desplegando información con la naturalidad de quien conocía el terreno.
—La familia de la contadora presentó una demanda civil esta mañana. Negligencia laboral. Encubrimiento. Responsabilidad indirecta.
Elías no se movió.
—¿Quién firma? —preguntó.
—Ariadna Castellanos.
El nombre no despertó ningún recuerdo inmediato. Eso era raro.
Elías giró apenas el rostro, lo suficiente para indicar interés.
—Perfil.
—Treinta y dos años. Abogada. Litigios complejos. No suele perder, pero tampoco juega a ganar todo. Elige bien dónde presionar.
Gabriel, sentado en un sillón lateral, soltó una risa breve.
—Suena a alguien que no sabe con quién se mete.
Elías no compartió la ironía.
—Justamente por eso —dijo—. Quiero conocerla.
Tomás levantó la vista.
—No suele ser recomendable exponerte tan pronto.
—No me voy a exponer —respondió Elías—. Voy a observar.
No había amenaza en su tono. Tampoco prisa. Era la voz de alguien acostumbrado a decidir sin pedir aprobación.
Cuando la reunión terminó, Elías se quedó solo. Volvió a mirar la ciudad. Durante años había creído que ya nada podía sorprenderlo. Que todo se reducía a patrones previsibles, a movimientos que podían anticiparse.
Pero una mujer que aceptaba ese caso no encajaba en ningún patrón cómodo.
Ariadna Castellanos no estaba buscando dinero. Ni fama. Ni protección.
Eso la volvía interesante.
Y potencialmente peligrosa.Elías tomó su teléfono y marcó un número.
—Agenden una reunión —dijo—. Hoy mismo.
Del otro lado, Ariadna estaba sentada nuevamente frente a su escritorio cuando recibió la confirmación.
Reunión solicitada por Elías Montclair.
Último piso. Esa misma tarde.No sonrió.
No se tensó.Sintió, eso sí, una leve presión en el pecho. No miedo. Anticipación.
Había casos que se estudiaban.
Otros que se peleaban.Y algunos que se sentían en el cuerpo antes de llegar al tribunal.
Este último era uno de ellos.
La sala de reuniones estaba diseñada para imponer silencio.
No por ausencia de sonido, sino por exceso de control. Vidrio, acero, líneas limpias, una mesa larga que separaba con precisión a quienes mandaban de quienes obedecían. Desde ese último piso, la ciudad parecía lejana, casi irrelevante.
Ariadna lo notó apenas cruzó la puerta.
No era un espacio pensado para negociar.
Era un espacio pensado para intimidar.Avanzó sin apuro, con el portafolio firme entre los dedos y la espalda recta. Cada paso fue deliberado. No iba a mostrarse impresionada. No iba a bajar la guardia.
Elías Montclair estaba de pie, junto a la ventana.
No se movió cuando ella entró. No extendió la mano. No sonrió.
La observó.
Y en ese instante, algo cambió.
Ariadna sintió la presión antes de entenderla. No fue miedo. Fue una reacción física, inmediata, incómodamente clara. Como si el aire se hubiera vuelto más denso, más pesado. Como si su cuerpo hubiera registrado su presencia antes que su mente.
Elías era alto, impecable, contenido. Vestía un traje oscuro que parecía hecho para él con una precisión casi excesiva. Pero no fue eso lo que la perturbó, sino su quietud. La forma en que ocupaba el espacio sin esfuerzo. La manera en que su mirada se detuvo en ella sin prisa, sin cortesía, sin disimulo.
No fue una mirada profesional.
Fue una evaluación lenta, profunda, peligrosamente personal.Ariadna sostuvo ese contacto visual sin retroceder. No lo desafió, pero tampoco se sometió. Se detuvo frente a la mesa y apoyó el portafolio con calma.
—Gracias por recibirme —dijo.
Su voz no tembló. Sonó firme, clara, medida.
Elías inclinó apenas la cabeza.
—Quería conocer a la mujer que decidió demandarme.
Ariadna alzó ligeramente el mentón.
—No decidí demandarlo —respondió—. Decidí representar a una familia.
El silencio que siguió fue espeso. No incómodo. Cargado.
Elías avanzó un paso. Solo uno. Lo suficiente para acortar la distancia de manera deliberada. Ariadna percibió el cambio al instante. El calor de su cuerpo. La proximidad innecesaria. El límite que estaba cruzando sin pedir permiso.
No se movió.
—No sabe dónde se está metiendo —dijo él, en voz baja.
No fue una amenaza abierta. Fue algo peor. Una advertencia envuelta en calma.
—Sí lo sé —respondió Ariadna—. Justamente por eso estoy aquí.
Los ojos de Elías se oscurecieron apenas. Un gesto mínimo, casi imperceptible, pero real. No estaba acostumbrado a ese tipo de respuesta. No a esa falta de temor. No a esa claridad.
Durante un segundo, no pensó en la demanda.
Ni en los abogados. Ni en las consecuencias.Pensó en tocarla.
En comprobar si esa quietud era real o una máscara. En romper la distancia que ambos sostenían con una tensión que ya no era solo profesional.
No lo hizo.
Pero el hecho de que tuviera que decidir no hacerlo lo perturbó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Ariadna se movió primero, rodeando la mesa y tomando asiento con naturalidad. Ese gesto simple fue una declaración silenciosa: no estaba allí para ser intimidada.
Elías tardó un segundo más en ocupar su lugar. Cuando lo hizo, sus rodillas quedaron peligrosamente cerca de las de ella. Ariadna fue consciente de ello. De la cercanía. Del roce posible. De la electricidad contenida en ese espacio reducido.
—Su demanda es ambiciosa —dijo él, retomando el tono empresarial—. Y poco realista.
—No busco realismo —respondió Ariadna—. Busco responsabilidad.
—Eso es una forma elegante de decir conflicto.
—Es una forma legal de decir verdad.
Elías la observó con detenimiento. Había conocido a muchas personas brillantes. Ambiciosas. Corruptibles. Pero Ariadna no encajaba en ninguno de esos moldes de manera cómoda.
No estaba buscando dinero.
No estaba buscando exposición. No estaba buscando protección.Eso la volvía impredecible.
—Este caso no le va a dar nada bueno —dijo él.
Ariadna sostuvo su mirada, consciente de que cada segundo reforzaba algo que ambos ya sentían.
—No todo tiene que dar algo bueno para ser necesario.
Elías apoyó el antebrazo sobre la mesa. La cercanía aumentó. Ariadna percibió su perfume, sobrio, oscuro, invasivo de una forma sutil. No retrocedió, aunque su pulso se aceleró apenas.
No por miedo.
Por reconocimiento.Elías entendió entonces algo con una claridad inquietante: no solo la deseaba. Ella lo desafiaba de una manera que no tenía que ver con la ley.
La reunión continuó, pero ya nada fue igual.
Las palabras siguieron un protocolo. Los gestos también. Sin embargo, bajo cada frase, bajo cada pausa, había algo que ninguno mencionó y que ambos sintieron con una intensidad incómoda.
Ese encuentro no había sido el inicio de una demanda.
Había sido el inicio de un vínculo peligroso, oscuro y profundamente personal.
Y aunque ninguno lo admitiría todavía, ambos supieron al levantarse de esa mesa que nada volvería a estar completamente bajo control.
La fiesta había terminado, pero la tensión no.Ariadna lo sintió incluso antes de abandonar el salón. Era una presencia persistente, instalada en el cuerpo, como si cada paso que daba la acercara más a una decisión que no podía justificarse con argumentos legales.Elías la acompañó hasta el ascensor privado sin tocarla. No hizo falta. La cercanía era suficiente. El silencio entre ambos estaba cargado de una expectativa que no intentaban disimular.Las puertas se cerraron.El espacio se redujo a metros exactos, peligrosos. Ariadna apoyó la espalda contra el espejo pulido, consciente del reflejo de ambos: él impecable, contenido; ella serena en apariencia, alerta por dentro.Elías presionó el botón del último piso, pero el ascensor no se detuvo allí. Descendió.—Esto no es el estacionamiento —dijo Ariadna, sin mirarlo.—Lo sé —respondió él.La voz de Elías era baja, controlada, como si cada palabra estuviera medida para no quebrar algo que ya estaba al límite.—Te invité a otra cosa.Ar
El primer artículo apareció en un medio especializado antes del mediodía.No era un escándalo. No aún. Era una nota breve, cuidadosamente redactada, que hablaba de una demanda civil contra el holding Montclair y cuestionaba ciertos protocolos internos relacionados con la seguridad laboral. Nada concluyente. Nada acusatorio. Solo lo suficiente para sembrar inquietud.Ariadna lo leyó en silencio, sentada en su oficina, con el teléfono apoyado sobre el escritorio. No le sorprendió. Había sabido desde el principio que, una vez que el caso respirara aire público, no habría marcha atrás.—Ya empezó —dijo Valeria, apoyada contra el marco de la puerta—. Y va a crecer.Ariadna dejó el teléfono a un lado.—No es un ataque —respondió—. Es una advertencia.—Para ellos —aclaró Valeria—. Para ti, es una exposición.Ariadna asintió apenas. No se engañaba. Cada paso que daba la colocaba más cerca del centro de una estructura que no perdonaba errores.—¿Alguna reacción? —preguntó.—Movimientos interno
La mañana siguiente comenzó con una llamada que Ariadna había estado esperando.No por deseo, sino por lógica.—La demanda fue admitida —informó Valeria desde el otro lado de la línea—. No completa, pero suficiente para avanzar.Ariadna cerró los ojos un segundo, apoyando la espalda contra la pared de su departamento. No sonrió. No celebró. La admisión no era una victoria; era apenas una grieta.—¿Alguna reacción? —preguntó.—Todavía no —respondió Valeria—. Pero la habrá. Y no va a ser discreta.Ariadna colgó y permaneció inmóvil unos instantes. Sabía que, a partir de ese momento, cada paso estaría expuesto. Los movimientos ya no serían privados. El caso había salido de la sombra y comenzaba a incomodar a quienes no estaban acostumbrados a ser observados.Pensó en Elías Montclair sin proponérselo.No en el empresario. No en el heredero.Pensó en el hombre que había estado sentado demasiado cerca, que había invadido su espacio sin tocarla, que había hablado de inevitabilidad como si f
Elías Montclair no solía perder tiempo en conjeturas inútiles.Sin embargo, esa mañana llevaba más de una hora revisando el mismo informe sin avanzar realmente. Las cifras estaban claras. Los movimientos financieros, ordenados. Las proyecciones, bajo control. Todo seguía funcionando como debía.Excepto él.Cerró el archivo con un gesto seco y apoyó ambas manos sobre el escritorio. El reflejo del vidrio le devolvió su propia imagen: traje impecable, expresión contenida, dominio absoluto del entorno. Era la imagen que había construido durante años. La que nadie cuestionaba.Y aun así, en su mente, la presencia de Ariadna Castellanos seguía ahí. Inalterable.No por lo que había dicho. Sino por lo que no había hecho.No había retrocedido. No había buscado ventaja. No había intentado seducirlo ni provocarlo de manera evidente.Había estado allí, firme, consciente, peligrosamente cómoda frente a él.Eso lo inquietaba.—Estás distraído —dijo Gabriel desde el sillón lateral, sin levantar l
Ariadna abandonó el edificio Montclair con la sensación persistente de haber cruzado una línea que todavía no podía nombrar.El ascensor descendía en silencio, lento, como si quisiera prolongar el momento. Ella se mantuvo erguida, con la mirada fija en las puertas metálicas, intentando ordenar pensamientos que no respondían a la lógica habitual. No era miedo lo que sentía. Tampoco triunfo. Era una tensión sorda, instalada en el cuerpo, que no se disipaba con la distancia.Había enfrentado hombres poderosos antes. Había sostenido miradas hostiles, amenazas veladas, sonrisas diseñadas para intimidar.Pero Elías Montclair no había hecho nada de eso.Y ese era el problema.Al llegar al lobby, el aire cambió. Más ruido. Más movimiento. La vida cotidiana retomando su curso con una indiferencia casi ofensiva. Ariadna caminó hacia la salida sin apuro, consciente de cada paso, de cada latido que todavía no recuperaba su ritmo normal.No se volvió. No necesitaba hacerlo para saber que él segu
Ariadna Castellanos estaba acostumbrada a los silencios incómodos. Había aprendido a leerlos como otros leían contratos: con paciencia, con distancia, sin permitir que la ansiedad se filtrara en el gesto.El expediente reposaba abierto sobre su escritorio desde hacía casi una hora. No lo había tocado más. No porque dudara de su contenido, sino porque ya lo había entendido todo.Cuando un caso era demasiado limpio, era porque alguien se había tomado el trabajo de limpiarlo.La mujer estaba muerta. Caída desde un edificio corporativo. Suicidio, según el informe oficial. Sin forcejeo. Sin testigos útiles. Sin huellas relevantes. Una investigación rápida, casi respetuosa. Un cierre elegante para una historia que nadie quería seguir contando.Ariadna deslizó los dedos sobre el apellido que se repetía una y otra vez en las hojas.Montclair.No era la primera vez que lo veía. Tampoco la segunda. Ese nombre aparecía siempre en los lugares correctos, con las firmas correctas, con los sellos a
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