Mundo ficciónIniciar sesiónSu esposo la vendió a un monstruo para salvar su empresa. Pero en la oscuridad de aquella suite de hotel, ella tomó su propia decisión: huyó y se entregó a un extraño enmascarado que emanaba un peligro letal. El resultado de esa única noche de pasión y desesperación fue un secreto que ahora amenaza con destruirla: está embarazada. Para castigarla y vigilar sus pasos, su esposo contrata a “Dilan”, un guardaespaldas rudo, dominante y que vigila cada uno de sus respiros. Sin embargo, la tensión entre ellos es asfixiante, y pronto ella reconoce una cicatriz en su mano… Es él. El hombre de la máscara. El padre de su hijo. Ella miente diciendo que el bebé es de su marido para protegerse, pero Dilan no es un simple empleado. Detrás de su traje de seguridad se esconde un depredador que parece jugar con la vida de su esposo como si fuera un títere. Cuando él la acorrala en la oscuridad con una mirada intensa y dominante, ella sabe que escapar de su cruel matrimonio solo la ha hecho caer en una trampa mucho más peligrosa. ¿Quién es realmente el hombre que juró protegerla? ¿Y qué hará cuando descubra que ella lleva a su heredero en el vientre?
Leer másEl ruido de los cubiertos de plata chocando contra la porcelana fina le resultaba a Elena el sonido más insoportable del mundo. Estaba sentada a la derecha de Liam, en una de las mesas más exclusivas del restaurante L'Éclat.
A su alrededor, hombres con trajes que costaban más que el alquiler de un año hablaban de porcentajes, adquisiciones y fusiones de empresas.
Ella, sin embargo, solo podía pensar en el monitor de signos vitales que mantenía a su padre con vida.
Sintió la vibración en su bolso. Con el corazón en la garganta, pidió disculpas con la mirada y se retiró de la mesa hacia un pasillo lateral más tranquilo.
—¿Dígame? —susurró, con la voz temblorosa.
—Señora Elena, hablamos del hospital Central. La condición de su padre ha empeorado drásticamente. Necesitamos realizar una cirugía de descompresión inmediata. El costo inicial es de doscientos mil dólares y debe cubrirse antes de entrar a quirófano. De lo contrario, los protocolos nos obligan a retirarle el soporte vital en seis horas.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se apoyó contra la pared, intentando no desmayarse.
—Doscientos mil... —repitió en un hilo de voz—. Por favor, no hagan nada. Conseguiré el dinero. Se lo ruego.
Al colgar, se encontró con la figura imponente de Liam su esposo bloqueándole el paso. Él no parecía preocupado; tenía una copa de vino en la mano y una sonrisa gélida casi enfermiza. Había escuchado todo.
—Mi padre se muere, Liam —dijo ella, agarrándolo del brazo—. Por favor, te lo suplico. Usa las acciones, véndelas, haz lo que quieras, pero paga esa cirugía.
Liam se soltó con un gesto brusco, como si le molestara que ella lo tocara. Se acercó a su oído, destilando rencor en cada palabra.
—¿Quieres salvar al viejo? —le preguntó con desprecio—. Mira hacia la mesa de fondo. Ese es el señor Hamilton. Necesito que firme el contrato de inversión esta noche para cerrar el trimestre. Si logras que firme, pagaré la cuenta del hospital.
Elena lo miró sin entender. Hamilton era un hombre conocido por sus vicios y su falta de escrúpulos.
—¿Cómo quieres que lo convenza? Yo no sé nada de finanzas, ya te lo he dicho...
—No seas ingenua, Elena —la interrumpió él—. No quiero que hables de números con él. Quiero que subas a la suite que él tiene reservada arriba, te acuestes con él y no salgas de allí hasta que el contrato esté firmado. Es una oferta sencilla: tu dignidad por la vida de tu padre. Tú eliges.
Liam se dio la vuelta y regresó a la cena sin mirar atrás, dejándola confundida en medio del pasillo. Elena sintió un horror que la carcomía por dentro. Su propio esposo, el hombre que la había obligado a casarse con él aprovechando su ruina, ahora la vendía como una mercancía.
"Si voy con Hamilton, moriré por dentro", pensó. "Pero si no lo hago, mi padre morirá hoy".
En un arrebato de rebeldía y desesperación, Elena decidió que no le daría ese gusto a Liam. Si iba a perderse a sí misma, no sería bajo las condiciones de su marido. No quería que Liam ganara ese contrato usando su cuerpo como moneda de cambio.
Caminó por el pasillo de las salas VIP, buscando un lugar donde esconderse y pensar, donde huir de la mirada obscena de Hamilton que ya empezaba a buscarla.
Vio una puerta entornada con un letrero que decía "Reservado - Acceso Restringido". Entró sin pensarlo, buscando la oscuridad. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz tenue que entraba por el gran ventanal.
Entonces, escuchó un movimiento.
Un hombre estaba allí. Estaba de espaldas, revisando unos documentos cerca de una caja fuerte abierta. Elena se quedó paralizada, pero a pesar del miedo, algo en la figura de ese hombre la detuvo.
Llevaba un traje oscuro que se ajustaba perfectamente a sus hombros anchos y poderosos.
No era el cuerpo fofo de los empresarios a los que estaba acostumbrada; este hombre desprendía una energía imponente, una fuerza física que se notaba incluso en la forma en que se mantenía de pie.
Lo más extraño era la máscara de gala que ocultaba la parte superior de su rostro.
Elena sacó una conclusión rápida: Liam debía haber enviado a otro inversor, otro pez gordo de los que solían frecuentar estas fiestas de máscaras en el piso superior.
"Si me van a vender de todos modos, prefiero elegir yo", se dijo a sí misma. Prefería entregarse a ese desconocido que emanaba un magnetismo peligroso que ser entregada por Liam a ese asqueroso de Hamilton.
Caminó hacia el hombre con pasos inseguros. Él se giró rápidamente, sorprendido. Sus ojos, tras la máscara, eran intensos, oscuros y profundos.
Elena sintió un vuelco en el estómago. Al tenerlo cerca, se dio cuenta de lo alto que era, de la mandíbula marcada y la presencia dominante que la hacía sentir pequeña, pero extrañamente segura.
—¿Quién eres? —preguntó él.
Elena no respondió con palabras. Se acercó tanto que pudo oler su perfume, una mezcla de sándalo y algo puramente masculino. Con las manos temblando, le tomó el rostro y lo besó. Fue un beso desesperado, salado por las lágrimas que no paraban de caer por sus mejillas.
—Llévame contigo —sollozó ella contra sus labios—. Por favor... aunque sea solo esta noche. No me dejes volver allí.
Dante se quedó rígido. Él estaba allí infiltrado para obtener pruebas, pero no esperaba encontrar a Elena así.
Al sentir su cuerpo frágil contra el suyo, su instinto se encendió. Elena sintió la dureza de su pecho, la fuerza de sus brazos cuando la rodeó. Era como chocar contra una pared de músculos sólidos.
Él usó sus pulgares para secarle las lágrimas con una ternura que Elena no había sentido en años.
—¿Estás segura de lo que pides? —le preguntó él.
Elena asintió, aferrándose a las solapas de su chaqueta. Al tocarlo, pudo notar la calidad de la tela y, debajo, la musculatura firme y entrenada de un hombre que sabía pelear.
—Solo... haz que me olvide de todo. Por favor.
Dante la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. La cargó con una suavidad asombrosa, demostrando una fuerza física increíble al levantarla como si no pesara nada. La llevó hacia el sofá de cuero del fondo. A pesar de la situación, él fue increíblemente cuidadoso.
En la oscuridad, Elena se dejó llevar. Dante mantenía un control firme y dominante. Sus manos eran grandes y calurosas, recorriendo su cuerpo con una seguridad que la hacía vibrar.
Por primera vez en mucho tiempo, Elena no se sintió como un objeto de negocios, sino como una mujer deseada por un hombre de verdad, uno con músculos de acero y una presencia que la envolvía por completo.
Él nunca se quitó la máscara. Se mantuvo como una presencia poderosa que la hacía sentir una atracción fatal que no podía explicar.
Cuando todo terminó, el peso de la realidad volvió.
—Tengo que ir al baño —susurró el hombre.
En cuanto él se alejó, Elena se sentó rápidamente, abrochándose el vestido con manos torpes. El pánico volvió. Se puso de pie, dispuesta a salir corriendo. Al pasar cerca de la mesa, la luz de la calle iluminó la mano del hombre que regresaba.
Elena se detuvo. Vio su mano derecha apoyada en el marco de la puerta. En la base del pulgar, una cicatriz profunda destacaba sobre su piel. Era una marca inconfundible.
Él dio un paso hacia ella y la tomó del brazo. No fue brusco, pero su agarre era como una tenaza de hierro, fuerte y masculino. Se inclinó hacia su oído y le susurró:
—Recuerda, fuiste tú quien me provocó. No lo olvides.
Elena estaba de pie frente al enorme ventanal de cristal de la habitación principal, mirando las luces lejanas de los rascacielos.Su mente era un torbellino tras la locura del ataque de Liam y el encierro obligado en el pent-house del padre de sus hijos.El suave clic de la puerta principal a lo lejos la sacó de sus pensamientos. Dante había regresado del hospital.Minutos después, la doble puerta de madera de la recámara se abrió.Él entró. Se había quitado el saco oscuro y la corbata, llevando la camisa de diseñador desabotonada en el cuello, mostrando el inicio de su pecho firme.Su mirada era un fuego abrasador, un abismo negro que gritaba cuánto la quería solo para él y lo enojado que estaba por todo el lío de las últimas horas.No dijo ni una sola palabra. El aire se volvió espeso, cargado de una electricidad palpable.Se acercó a ella de una sola vez, sin dudar ni un segundo. A Elena no le dio chance ni de respirar cuando ya lo tenía enfrente.Antes de que pudiera reaccionar,
Gabriel abrió los ojos con muchísima pesadez. La luz blanca del techo lo cegó por un instante.Intentó respirar profundo, pero todo su cuerpo se sentía como si hubiera sido aplastado por un camión de carga.Un dolor agudo, punzante e insoportable le quemaba el costado derecho del abdomen.Había sobrevivido a la cirugía de milagro.La bala que disparó su propio hermano mayor no logró matarlo, pero lo dejó anclado a esa cama, débil, rodeado de tubos y monitores que medían sus signos vitales.Mientras miraba el techo blanco, los recuerdos de la tarde anterior lo golpearon con fuerza. Recordó la cara de terror de Elena.Recordó el arma, el estruendo del disparo y la mirada desquiciada de Liam. Se sentía como una completa basura por haberla engañado.Trató de moverse un poco para alcanzar el botón de llamada y pedir un vaso de agua, pero un ruido fuerte en la entrada lo detuvo.La pesada puerta de la habitación se abrió de golpe.La figura alta, oscura e imponente de Dante Vontobel llenó e
Después de entregar al sicario a la policía y dejar todo en manos de sus abogados, condujo como un verdadero demente por las calles vacías hasta llegar al edificio de Elena.Los diez hombres de seguridad que había dejado vigilando el perímetro le abrieron paso de inmediato.Dante subió por el ascensor. No tocó el timbre. Metió su propia llave en la cerradura y abrió la puerta de golpe.La sala del apartamento estaba a oscuras, iluminada solo por la luz de la calle que entraba por la ventana.Elena estaba sentada en el sofá, hecha un ovillo.Se había cambiado la ropa manchada de sangre, pero seguía temblando, abrazando sus propias rodillas.Su padre, Leonardo, dormitaba en el sillón de al lado con el bastón en la mano, montando guardia.—Levántense —ordenó Dante con una voz ronca, fuerte y que no aceptaba ningún tipo de discusión—. Nos vamos.Elena dio un salto en el sofá, asustada por la interrupción. Leonardo abrió los ojos de golpe y se puso de pie.—Dante, ¿qué haces aquí a esta ho
Dante entró corriendo por las puertas de emergencia del hospital. Estaba pálido y respiraba con mucha agitación.Sus ojos buscaron desesperadamente por la sala de espera hasta que la vio. Elena estaba sentada en una silla de plástico, con la ropa manchada de sangre seca y la mirada perdida.—¡Elena! —gritó Dante, corriendo hacia ella.Se arrodilló frente a su silla y le agarró el rostro con ambas manos, revisándola de pies a cabeza con pura desesperación.—Dante... —balbuceó ella, rompiendo a llorar en cuanto sintió su calor.—Mi amor, ¿estás herida? Dime que no te tocó.—No estoy herida —sollozó Elena, abrazándose a su cuello con muchísima fuerza—. Dante, fue horrible. ¡Liam está vivo! Él fue quien me atacó en la oficina.Dante apretó la mandíbula. La abrazó contra su pecho, sintiendo una furia incontrolable.—Lo sé, Elena. Lo sé todo.Ella se separó un poco, mirándolo con los ojos muy abiertos por la sorpresa y el enojo.—¿Tú ya lo sabías? —le reclamó Elena, alzando la voz—. ¿Por qu
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