El restaurante La Corona era el lugar donde los hombres como Liam cerraban tratos manchados de codicia. Elena caminaba con dificultad, sintiendo que el vestido rojo que Liam la obligó a usar le apretaba.Era demasiado ajustado, demasiado revelador. Cada paso que daba bajo las luces de cristal del salón principal la hacía sentir desnuda frente a los viejos verdes que ocupaban las mesas.Liam caminaba delante de ella, inflado de arrogancia. A su lado, el señor Hamilton, un hombre de setenta años con ojos pequeños y manos inquietas, no dejaba de lamerse los labios mientras miraba a Elena.—Liam, mi querido amigo —dijo Hamilton con voz pastosa—, tu esposa es, sin duda, la joya más brillante de esta ciudad. Tienes buen gusto.—Me alegra que le guste, Hamilton —respondió Liam con una sonrisa —. Ella sabe que su deber es que usted se sienta cómodo esta noche.Dante caminaba dos pasos por detrás. Sus ojos oscuros estaban fijos en la nuca de Liam. Si las miradas pudieran matar, Liam ya habría
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