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El ruido de los cubiertos de plata chocando contra la porcelana fina le resultaba a Elena el sonido más insoportable del mundo. Estaba sentada a la derecha de Liam, en una de las mesas más exclusivas del restaurante L'Éclat.
A su alrededor, hombres con trajes que costaban más que el alquiler de un año hablaban de porcentajes, adquisiciones y fusiones de empresas.
Ella, sin embargo, solo podía pensar en el monitor de signos vitales que mantenía a su padre con vida.
Sintió la vibración en su bolso. Con el corazón en la garganta, pidió disculpas con la mirada y se retiró de la mesa hacia un pasillo lateral más tranquilo.
—¿Dígame? —susurró, con la voz temblorosa.
—Señora Elena, hablamos del hospital Central. La condición de su padre ha empeorado drásticamente. Necesitamos realizar una cirugía de descompresión inmediata. El costo inicial es de doscientos mil dólares y debe cubrirse antes de entrar a quirófano. De lo contrario, los protocolos nos obligan a retirarle el soporte vital en seis horas.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se apoyó contra la pared, intentando no desmayarse.
—Doscientos mil... —repitió en un hilo de voz—. Por favor, no hagan nada. Conseguiré el dinero. Se lo ruego.
Al colgar, se encontró con la figura imponente de Liam su esposo bloqueándole el paso. Él no parecía preocupado; tenía una copa de vino en la mano y una sonrisa gélida casi enfermiza. Había escuchado todo.
—Mi padre se muere, Liam —dijo ella, agarrándolo del brazo—. Por favor, te lo suplico. Usa las acciones, véndelas, haz lo que quieras, pero paga esa cirugía.
Liam se soltó con un gesto brusco, como si le molestara que ella lo tocara. Se acercó a su oído, destilando rencor en cada palabra.
—¿Quieres salvar al viejo? —le preguntó con desprecio—. Mira hacia la mesa de fondo. Ese es el señor Hamilton. Necesito que firme el contrato de inversión esta noche para cerrar el trimestre. Si logras que firme, pagaré la cuenta del hospital.
Elena lo miró sin entender. Hamilton era un hombre conocido por sus vicios y su falta de escrúpulos.
—¿Cómo quieres que lo convenza? Yo no sé nada de finanzas, ya te lo he dicho...
—No seas ingenua, Elena —la interrumpió él—. No quiero que hables de números con él. Quiero que subas a la suite que él tiene reservada arriba, te acuestes con él y no salgas de allí hasta que el contrato esté firmado. Es una oferta sencilla: tu dignidad por la vida de tu padre. Tú eliges.
Liam se dio la vuelta y regresó a la cena sin mirar atrás, dejándola confundida en medio del pasillo. Elena sintió un horror que la carcomía por dentro. Su propio esposo, el hombre que la había obligado a casarse con él aprovechando su ruina, ahora la vendía como una mercancía.
"Si voy con Hamilton, moriré por dentro", pensó. "Pero si no lo hago, mi padre morirá hoy".
En un arrebato de rebeldía y desesperación, Elena decidió que no le daría ese gusto a Liam. Si iba a perderse a sí misma, no sería bajo las condiciones de su marido. No quería que Liam ganara ese contrato usando su cuerpo como moneda de cambio.
Caminó por el pasillo de las salas VIP, buscando un lugar donde esconderse y pensar, donde huir de la mirada obscena de Hamilton que ya empezaba a buscarla.
Vio una puerta entornada con un letrero que decía "Reservado - Acceso Restringido". Entró sin pensarlo, buscando la oscuridad. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz tenue que entraba por el gran ventanal.
Entonces, escuchó un movimiento.
Un hombre estaba allí. Estaba de espaldas, revisando unos documentos cerca de una caja fuerte abierta. Elena se quedó paralizada, pero a pesar del miedo, algo en la figura de ese hombre la detuvo.
Llevaba un traje oscuro que se ajustaba perfectamente a sus hombros anchos y poderosos.
No era el cuerpo fofo de los empresarios a los que estaba acostumbrada; este hombre desprendía una energía imponente, una fuerza física que se notaba incluso en la forma en que se mantenía de pie.
Lo más extraño era la máscara de gala que ocultaba la parte superior de su rostro.
Elena sacó una conclusión rápida: Liam debía haber enviado a otro inversor, otro pez gordo de los que solían frecuentar estas fiestas de máscaras en el piso superior.
"Si me van a vender de todos modos, prefiero elegir yo", se dijo a sí misma. Prefería entregarse a ese desconocido que emanaba un magnetismo peligroso que ser entregada por Liam a ese asqueroso de Hamilton.
Caminó hacia el hombre con pasos inseguros. Él se giró rápidamente, sorprendido. Sus ojos, tras la máscara, eran intensos, oscuros y profundos.
Elena sintió un vuelco en el estómago. Al tenerlo cerca, se dio cuenta de lo alto que era, de la mandíbula marcada y la presencia dominante que la hacía sentir pequeña, pero extrañamente segura.
—¿Quién eres? —preguntó él.
Elena no respondió con palabras. Se acercó tanto que pudo oler su perfume, una mezcla de sándalo y algo puramente masculino. Con las manos temblando, le tomó el rostro y lo besó. Fue un beso desesperado, salado por las lágrimas que no paraban de caer por sus mejillas.
—Llévame contigo —sollozó ella contra sus labios—. Por favor... aunque sea solo esta noche. No me dejes volver allí.
Dante se quedó rígido. Él estaba allí infiltrado para obtener pruebas, pero no esperaba encontrar a Elena así.
Al sentir su cuerpo frágil contra el suyo, su instinto se encendió. Elena sintió la dureza de su pecho, la fuerza de sus brazos cuando la rodeó. Era como chocar contra una pared de músculos sólidos.
Él usó sus pulgares para secarle las lágrimas con una ternura que Elena no había sentido en años.
—¿Estás segura de lo que pides? —le preguntó él.
Elena asintió, aferrándose a las solapas de su chaqueta. Al tocarlo, pudo notar la calidad de la tela y, debajo, la musculatura firme y entrenada de un hombre que sabía pelear.
—Solo... haz que me olvide de todo. Por favor.
Dante la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. La cargó con una suavidad asombrosa, demostrando una fuerza física increíble al levantarla como si no pesara nada. La llevó hacia el sofá de cuero del fondo. A pesar de la situación, él fue increíblemente cuidadoso.
En la oscuridad, Elena se dejó llevar. Dante mantenía un control firme y dominante. Sus manos eran grandes y calurosas, recorriendo su cuerpo con una seguridad que la hacía vibrar.
Por primera vez en mucho tiempo, Elena no se sintió como un objeto de negocios, sino como una mujer deseada por un hombre de verdad, uno con músculos de acero y una presencia que la envolvía por completo.
Él nunca se quitó la máscara. Se mantuvo como una presencia poderosa que la hacía sentir una atracción fatal que no podía explicar.
Cuando todo terminó, el peso de la realidad volvió.
—Tengo que ir al baño —susurró el hombre.
En cuanto él se alejó, Elena se sentó rápidamente, abrochándose el vestido con manos torpes. El pánico volvió. Se puso de pie, dispuesta a salir corriendo. Al pasar cerca de la mesa, la luz de la calle iluminó la mano del hombre que regresaba.
Elena se detuvo. Vio su mano derecha apoyada en el marco de la puerta. En la base del pulgar, una cicatriz profunda destacaba sobre su piel. Era una marca inconfundible.
Él dio un paso hacia ella y la tomó del brazo. No fue brusco, pero su agarre era como una tenaza de hierro, fuerte y masculino. Se inclinó hacia su oído y le susurró:
—Recuerda, fuiste tú quien me provocó. No lo olvides.







