Mundo ficciónIniciar sesiónCuando el pasado y el presente se encuentran, se conoce algo más aterrador que un futuro incierto. Eso lo sabe un ser que nadie espera, pero que de forma indetectable regresa: El Halcón. Durante años, todos creyeron que Gareth Bowman estaba muerto. Su familia lo traicionó. Sus aliados lo vendieron. Y el hombre que debía protegerlo firmó su sentencia de muerte para quedarse con una fortuna que jamás le perteneció. Pero Gareth sobrevivió. Ahora ha regresado bajo otro nombre. Alessio Black. Más rico. Más poderoso. Más peligroso. Y está dispuesto a destruir a cada persona involucrada en aquella traición. Uno por uno. Cuando descubre que su principal enemigo tiene una hermana a punto de casarse, decide convertirla en el primer pago de una deuda que lleva años acumulando intereses. Maleya Becerfom es secuestrada el día de su boda, marcada como propiedad y arrastrada a un mundo del que nadie sale intacto. Para Alessio, ella no es más que una herramienta. Una forma de hacer sufrir al hombre que le arrebató todo. Pero mientras los secretos salen a la luz y la sangre comienza a correr, una verdad amenaza con destruir sus planes. Porque aquello que juró convertir en cenizas podría ser también la única inocente. Y cuando la venganza se mezcla con la obsesión, alguien siempre termina pagando un precio mucho más alto del que imaginó.
Leer másMaleya Becerfom.
—Solo necesito una hora, mamá —ella me mira como si le pesara darme la respuesta, pero la conozco lo suficiente para saber que no es así. —Sabes que volveré. —Eso no me preocupa, mi niña —se levanta de su sitio mientras la brocha que Tess sostiene se desliza por mi pómulo. —Lo que no me gusta es ese apego que tienes hacia una tumba. Si no estuviera segura de que apenas los conocías, incluso podría pensar que te enamoraste de esos...Siendo específica, pensaría que sentiste algo por él. Niego de inmediato, y sabe que digo la verdad. Sí, apenas los conocí, pero yo le di paso a todo. —No me mires así —se encamina a la puerta. —Protejo tu dignidad, Maleya. Si alguien percibe que sientes culpa por tonterías, se agarran de eso para tirarte al piso y eres mi hija —Zelda, tan elegante como fría, me clava los ojos—. Tú no perteneces ahí. No le contesto, pero Tess me acaricia la cara al saber que esa afirmación, en una ocasión, no fue del todo cierta. Esa noche debió ser especial. Como se había planeado. Como creí que pasaría. Sin embargo, todo se salió de control antes de que siquiera abriera la boca. La cena elaborada durante horas se transformó en el escenario del que lo único que pudo escapar, fue la vida tal como la conocía. El sabor que se instaló desde ayer en mi boca sigue presente. La fecha me ha tenido con los nervios expandidos y la habilidad de tomar decisiones encogiéndose cada vez más. No lo controlo como en otras situaciones. Tal vez por eso estoy llena de frustración, viendo mi reflejo y notando que el blanco no es un color que encaje con mi estado de letargo. La familia Becerfom carga una m@ldición desde que cedió a cometer su primer pecado, o eso solía decir mi abuela cuando resaltaba las desgracias que han cambiado nuestro rumbo. Comienzo a creerlo. Porque todo lo que rodea a los Becerfom termina oliendo igual. A podredumbre. —Por Dios, que hermosa te ves— Tess se lleva las manos a la boca con la mirada cubierta de puro orgullo al terminar de peinarme. —Ya sé que no es el mejor día, pero Male, te ves increíblemente preciosa. Al verme en el espejo, la idea que se me viene a la cabeza no es esa. —Sonríe, ¿sí?— me presiona la barbilla en el hombro derecho. —Aunque el evento no sea algo que te ilusione, trata de disfrutarlo. Lo mereces. —Me siento rara— admito y ella me abraza desde su posición. —¿Crees que…? Olvídalo. Lo mejor es que decida hacerlo también. Ella suspira en mi hombro. —No pongo en duda que sea lo mejor, pero ¿Se puede? —el fuerte aroma acre me invade cuando esa pregunta me golpea la realidad. La respuesta es obvia. Tampoco puede y tal vez esa sea la razón por la que permito que solo ella me vea en este estado. —Basta— se aleja, reponiendo su postura y voz. Tess se gira, y lo hago con ella, viendo que con las uñas presiona sus lagrimales antes de volverse hacia mí con una sonrisa. —No vamos a comenzar con tonterías. Te ves hermosa y no echaremos a perder eso este día. —Creelo —dirijo mi rostro hacia la puerta para ver la figura impoluta que nos observa. Tess da dos pasos a la derecha indicando que debe darse unos retoques antes de irse con el resto. Se marcha en silencio, dejándome en compañía del hombre con cabello cenizo. A sus casi cincuenta, su físico solo enfatizó más los rasgos que extrajo de nuestros antepasados. —Estás preciosa— elogia mi hermano. El patriarca de la familia desde que papá falleció. —Ese era el vestido indicado, ¿ahora me crees? —¿Por qué precisamente hoy? —respiro por la herida. —Kayce, no pude llevarle sus flores. Sabes que cada año siento que… —Deberías olvidar un tema cuando te estanca —me hace girar de nuevo hacia el espejo. —El pasado está bien donde se quedó. El presente es lo que debe ocupar esto —me presiona la cabeza. —Eso nos ha mantenido vivos. Niego. Sé que es así, porque tuvo razón al hacer que practicara su temple, pero este día siempre ha estado reservado. Y que este año no haya podido me tiene con la lengua más suelta que de costumbre. —Eladio Garcés te ama —Kayce me toma por los hombros desde la espalda. —Si usas lo que se te ha enseñado, puedes controlar hasta la manera en cómo piensa. —Lo dices como si no fuera capaz de hacerme desaparecer —lo encaro, soltándome de un manotazo. —Porque…¿alguna vez lo consideraste? Guarda las manos en sus bolsillos. Sé lo hastiado que está también, pero no me contengo. —Por supuesto que no —me cruzo de brazos. —A tí solo te importa esta ridícula alianza porque hará más rápido los procesos legales que tienes pendientes. Sobre todo la recuperación oficialmente de la fortuna Bowman. Calla. Como siempre guarda silencio cada vez que sale a relucir ese tema. —Nunca me dijiste que pasaría eso. —Porque no lo sabía. —Claro que lo sabías. No me mientas— me limpio la nariz cuando me arde. —Sabías de la emboscada. Callaste y no te importó que yo fuera... —Me importas, Maleya —enfatiza. —Duda de todo, pero de eso no. Me río de su argumento. —Eres mi hermanita —me toma el rostro para que lo mire. —Xavier y Sao también te adoran y por eso hicimos todo para recuperarte —tiemblo a punto de caer en el llanto—. Nadie va a dejarte sola —reitera. —Nunca dudes que eres la joya de la familia. Pero no como papá lo veía. Eres nuestra joya porque te amamos. Quiero ver al hermano que se echaba la culpa de mis errores cuando éramos niños, pero ahora no puedo. —Estaremos cerca para asegurarnos de que nada te ocurra. —Basta con eso —doy un paso atrás. —Siempre haces lo mismo. Salgo al balcón y él me sigue. —No me impones, me dejas decidir para que no exista duda de que tengo voluntad cuando sabemos que nunca ha sido así —me doy la vuelta. —Y sí, puedes decirme que fui quien aceptó esto, pero a los únicos que beneficia es a ustedes. —Nos beneficia a todos. Sobre todo a tí— destaca. —Eladio sólo quiere esta boda para estar seguro que tenemos palabra. La fortuna estará a tu nombre desde esta tarde. Mañana él mismo lo hará oficial y tú podrás decidir si vivir con tu marido o irte a dónde quieras con el dinero que podrás disponer. —Los Bowman van a pelearlo. Las cláusulas... —El heredero principal está muerto. Ellos no podrán reclamar nada— sostiene. —Las cláusulas son claras. El viejo Bowman... —Él murió pensando que Gareth y su hermana iban a proteger su imperio, en lugar del nido de serpientes. —Y tú te encargarás de que se cumpla su decisión de que la familia no toque ese dinero —recalca y suelto una risa. —¿No sientes culpa? —increpo. —Porque yo sí. Siento que los traicionamos cuando...Debimos haber hecho lo contrario a lo que hicimos. Esta vez no me lo discute porque tengo razón. Aunque también entiendo los motivos, mi coraza no es tan fuerte este día. —Rompe el compromiso —dice sin alzar la voz. —Nadie te detiene. De nuevo el tono que ha hecho caer ventas de otros, que luego él adquirió. —Pero luego no te quejes de que todo lo que conoces se desmoronó —abre los brazos para señalar la propiedad. —Lindenhof es tu hogar, y por una decisión impulsiva lo quieres echar a perder. —Impulsivo es esta boda. Impulsivo es todo lo que esta familia ha hecho desde que tengo memoria —le recrimino. —Pero de eso no se habla, ¿verdad? Calla. Cuando algo le molesta no responde y ahora eso me enfada más, porque siento que ese es uno de los motivos por los que quiere convencerme de que tenga una mejor actitud. —Todos hemos hecho sacrificios —puntualiza pasando una mano por la cicatriz de su cuello. —Sabes todo. Participaste. Y pediste ser más incluida en todo, ahora no te quejes. La cara me arde al escucharme a mí misma pedir una integración más fluida dentro de mi propia familia. Lo cual ahora solo es la demostración de que lo hicieron. —Te quiero —me dice mirándome a los ojos. —Pero sabes el verdadero fin de estos asuntos. Ahora levanta el mentón, mantén la postura y demuestra que corre sangre Becerfom por esas venas. Gareth lo hubiese querido así. La rabia me gana enviando cuchillas en su dirección cuando usa el argumento que no puedo contrariar. Porque ellos eran inocentes. No debieron terminar en la cajuela de un vehículo, como la fotografía que se esparció por todos lados lo insinuaba. Termino por girarme y aferrame a la balaustrada en donde mis manos se presionan sin conseguir disminuir lo que me corre por el sistema. Nunca creí que casarme se daría de esta manera. Ni siquiera lo consideré como una opción seria hasta hace un año. Eladio no ha sido irrespetuoso nunca. De hecho, ha tenido mejores modales que los pretendientes que tuve antes de mis veinte, pero ahora, luego de siete años después de hechos que no me enorgullecen, lo único que quiero es alejarme de todo esto. Y no puedo. Sencillamente porque mi cargo de conciencia me impide dejar sola a mi madre luego de que perdimos a papá hace unos meses. Dice que soy quien más parecido tiene con él, pero no es verdad. Me falta su carácter. Me falta la determinación para meterme al fuego que siempre demostraba poder someter.Maleya. No tengo tiempo de asimilar absolutamente nada cuando me alzan, lastimando mis brazos en el acto. Tiemblo. No por miedo. Lo que me recorre es algo peor que eso. Tengo ante mí a descendientes de los… —Buenas noches, señor Van Moordrecht —no puedo tragarme el apellido que al ser pronunciado por quien entra, me hace buscarlo por instinto. El tipo que trae un maletín, custodiado por otros sujetos, mira hacia la chimenea. —Señor juez, llegó en el momento justo— lo recibe el anciano que lo hace cambiar los ojos en su dirección. —Creí que quién… —Detalles— le resta importancia yendo con él saludando y diciendo algo que no logro captar, pero que logra que la palidez facial del juez sea notable. —Quiero presentarle a mi futura esposa. Lo hace caminar hacia mí. Recupera el tono natural y carraspea, tomando todo con mejor actitud. —Es muy hermosa, señor Van Moordrecht —el sujeto de cabello con gel me mira como si todo esto fuera algo frecuente para él. —Usted m
Maleya.El ruido de un rotor me hace abrir los ojos. Me arrepiento al instante cuando el dolor de cabeza me obliga a cerrarlos.Levanto la cabeza con la esperanza de que todo haya sido parte de un mal sueño, sin embargo, estoy sobre una alfombra, en una habitación que no reconozco y mis manos siguen unidas en mi espalda. Todo me duele. Los pulmones me arden, así como la piel de las muñecas.Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo inconsciente, pero el ardor en mis muñecas se vuelve imposible de ignorar.Tengo la boca seca. La sien me late y cada intento por abrir los ojos termina con una punzada detrás de ellos.Hay voces lejos. Demasiado lejos para distinguir lo que dicen. Como si estuvieran al otro lado de una pared.El aroma a madera antigua se mezcla con el de cigarro y cuero cuando inhalo hondo para aliviar la falta de aire al estar boca abajo.Intento incorporarme, pero el vestido rasgado se enreda entre mis piernas.La tela blanca, todavía húmeda, me raspa las rodillas cuando consi
Maleya.Papá solía decir que yo era la joya de la familia.Durante años pensé que era una forma cariñosa de llamarme. Algo que los padres decían cuando miraban a sus hijos con orgullo.Me equivoqué.Con él nunca se tenía razón, porque la única manera en la que podías deducir algo cierto, era cuando hablaba de la organización a la que perteneció la familia junto a las otras cinco, de las cuales solo dos sobreviven.Los Bowman y los Becerfom. Las demás no son agradable siquiera mencionarlas porque el colapso se originó debido a ellos, trasmitiendo la idea a los demás, hasta que todo sufrió la infección de esa realidad.Cada uno contaba con su joya. Como llamaron a las seis hijas de la organización, de las cuales solo yo respiro. Lo que me obliga a seguir la única tradición que no se puede dejar caer; proteger el legado, las posesiones y el dominio de la organización que no puede tocar nadie más que la joya de la familia. Antes amaba ser llamada así, ahora detesto esa definición. Las j
Maleya Becerfom.—Solo necesito una hora, mamá —ella me mira como si le pesara darme la respuesta, pero la conozco lo suficiente para saber que no es así. —Sabes que volveré.—Eso no me preocupa, mi niña —se levanta de su sitio mientras la brocha que Tess sostiene se desliza por mi pómulo. —Lo que no me gusta es ese apego que tienes hacia una tumba. Si no estuviera segura de que apenas los conocías, incluso podría pensar que te enamoraste de esos...Siendo específica, pensaría que sentiste algo por él. Niego de inmediato, y sabe que digo la verdad. Sí, apenas los conocí, pero yo le di paso a todo. —No me mires así —se encamina a la puerta. —Protejo tu dignidad, Maleya. Si alguien percibe que sientes culpa por tonterías, se agarran de eso para tirarte al piso y eres mi hija —Zelda, tan elegante como fría, me clava los ojos—. Tú no perteneces ahí. No le contesto, pero Tess me acaricia la cara al saber que esa afirmación, en una ocasión, no fue del todo cierta. Esa noche debió ser esp
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