Mundo ficciónIniciar sesiónMaleya.
El ruido de un rotor me hace abrir los ojos. Me arrepiento al instante cuando el dolor de cabeza me obliga a cerrarlos. Levanto la cabeza con la esperanza de que todo haya sido parte de un mal sueño, sin embargo, estoy sobre una alfombra, en una habitación que no reconozco y mis manos siguen unidas en mi espalda. Todo me duele. Los pulmones me arden, así como la piel de las muñecas. Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo inconsciente, pero el ardor en mis muñecas se vuelve imposible de ignorar. Tengo la boca seca. La sien me late y cada intento por abrir los ojos termina con una punzada detrás de ellos. Hay voces lejos. Demasiado lejos para distinguir lo que dicen. Como si estuvieran al otro lado de una pared. El aroma a madera antigua se mezcla con el de cigarro y cuero cuando inhalo hondo para aliviar la falta de aire al estar boca abajo. Intento incorporarme, pero el vestido rasgado se enreda entre mis piernas. La tela blanca, todavía húmeda, me raspa las rodillas cuando consigo apoyarme. Apenas duro un segundo erguida antes de volver a caer. Mi cuerpo me recuerda que no estoy en condiciones para lograrlo. Me niego a entrar en pánico. El miedo vuelve estúpida a la gente y necesito pensar. No sé quiénes son. No sé para quién trabajan, pero tengo claro que nadie organiza algo así sin un propósito. Alguien me quería viva. La pregunta es por qué. Pienso en quienes motivos. Son muchos a decir verdad y no tengo oportunidad de organizarlos en una lista ahora mismo. Mi principal preocupación es salir. El sonido de una cerradura me obliga a alzar la cabeza en el momento que una puerta se abre a mi espalda. No logro ver nada, pero el tirón en mi brazo derecho me clava una joya que el tipo lleva en los dedos. Aprieto el jadeo cuando me desatan los pies cortando la soga. Proponer que me suelten no es una opción, y por sus caras, es obvio que ninguno aceptará. Me obligan a avanzar cuando las piernas apenas responden y son los dos hombres quienes me mantienen en pie mientras subo unas escaleras a trompicones. El vestido arrastra detrás de mí como el cadáver de algo que no volverá a existir, y que cargo conmigo al llegar a una sala caigo sin poder meter las manos. —¿Te dije que te detuvieras?— me vuelven a levantar. Sacudo los hombros para liberarme, aunque no tengo éxito, con mi mente recordando el absurdo que jamás sería buena opción. El otro tipo abre una puerta en la que me lanzan adelante. El pelo me cae en la cara y me arden los ojos enseguida con el olor feroz que me entra por la nariz. Alguien fuma tabaco y el aroma a licor derramado no es nada agradable al mezclarse con él. Cuando consigo enfocar la vista, descubro una mesa larga con tres sirvientes que permanecen inmóviles alrededor del mobiliario. Nadie habla. Los tres permanecen rígidos, con la vista baja. Como si un movimiento equivocado pudiera costarles algo más que el empleo frente a alguno de los dos hombres que hay en la cabecera. Uno de ellos es un anciano con cabello blanco, el cual suelta un pañuelo que desliza cerca del vaso roto que los sirvientes recogen cuando él pone la espalda recta. Sus ojos son tan fríos que parecen incapaces de sentir compasión cuando los fija en mí. Al comprobar que nunca lo he visto antes, mi atención se desliza hacia el segundo ocupante de la cabecera, encontrando la espalda del otro. Este es más joven con una camisa blanca y un arnés oscuro, el cual acepta el pañuelo que le ofrecen para limpiarse la mano de la sangre fresca que tiene resbalando por los nudillos. Sin dedicarme siquiera una mirada, acepta otro pañuelo. Limpia la sangre de su mano totalmente y después se dirige a la chimenea con los papeles manchados de rojo que desaparecen entre las llamas. Nadie cuestiona lo que hace. Ni siquiera el anciano, que continúa observándome como si intentara decidir algo. El puro desprende una columna fina de humo que me golpea la cara. Aparto el rostro, pero sus hombres me empujan al suelo que mis rodillas golpean, en donde otra nube apestosa me provoca un ataque de tos que raspa mi garganta, me pide escapar o alejarme a kilómetros de él. Bajo el rostro. Me cuesta recuperar el aire, pero lo logro. —Esperaba que fueras más parecida a tu hermano— me analiza la cara, alzando el brazo para tomarme del mentón. —Aunque sí, definitivamente cuentas con la belleza que se requiere para ser titulada como la joya sobreviviente. Esperaba encontrar algo nimio, pero... —Yo esperaba llegar a mi boda —inhalo profundo, obligándome a sostenerle la mirada. Una sonrisa lenta se abre paso por el rostro del anciano, dejando al descubierto unos dientes amarillentos. Durante un instante no responde. Se limita a observarme. Después gira la cabeza hacia el hombre que continúa frente a la chimenea. Este sigue sin moverse de su lugar, pero basta que remueva un poco los hombros para que los sirvientes muevan los pies. Mientras el anciano ante mí, sigue con sus ojos encima mío, como si simplemente disfrutara del momento. —Llegaste a ella —afirma finalmente al volver a mirarme. El comentario me hunde algo pesado en el estómago. —¿Qué?— mi cabeza trata de justificar que sólo fue malinterpretado debido a las punzadas que lanza mi sien. La sonrisa se ensancha más, mirando por encima del hombro al tipo de la chimenea. —Llegaste a nuestra boda, querida —afirma finalmente al volver a mirarme. El comentario me hunde algo pesado en el estómago. El corazón me golpea las costillas. Busco una salida. Una explicación. Cualquier cosa que convierta aquella frase en una broma de mal gusto. Pero lo único que convierte todo en una realidad es cuando algo llama mi atención entre las llamas de la chimenea. El metal que extraen con una pinza lanza un destello breve cuando lo dejan sobre un estuche de madera, dejando plasmada la figura cuando lo levantan. Mi respiración se detiene. Es una cadena ennegrecida por el fuego demasiadas veces, y en ella cuelga una medalla que reconozco al instante. «No». La sangre abandona mi rostro. Mis ojos vuelan hacia el anciano, que parece disfrutar cada segundo de mi reacción. Volteo hacia el hombre de la camisa blanca que sigue mirando el fuego, con la mano vendada, y finalmente mi vista regresa al símbolo con cinco cabezas de dragones rodeados por un espiral de espinas. «No puede ser…» Ese sello pertenece al clan que debía haber desaparecido. Al más brutal. Al más temido por los cruentos métodos que utilizaban. Al responsable de algunas de las páginas más sangrientas de la historia que me contaron desde niña. El único que no debía sobrevivir. El único que tenía que haberse extinguido en lugar de los otros tres.






