Mundo ficciónIniciar sesiónMaleya.
“Los Bowman no son indestructibles”. "No es buena idea tocar a un Bowman". “Nunca veas a un Bowman a la cara si quieres conservar la cordura”. “Aléjate de un Bowman tanto como puedas”. Las advertencias nunca faltaron en el círculo que me rodeó desde niña, y lo cumplí fiel a cada mandato al saber que eran, por decirlo de algún modo, los reyes de la organización. Cuatro familias le obedecían. Desde tiempos inmemoriales. Desde niña escuché aquella historia tantas veces que terminó convirtiéndose en algo parecido a una leyenda. Decían que todo comenzó con cinco hombres. O más bien, cuatro hombres y una mujer, según las leyendas transmitidas. No venían de la alta sociedad, ni podía asegurarse que eran nobles, o soldados. Lo único que se tenía claro era que se trataba de cinco supervivientes de una cruzada en la que murieron frente a un ejército que también cayó bajo la mano de esos hombres que ahora regresaban bañados en sangre enemiga. Nadie los conocía, pero tampoco dudaron de su palabra cuando dijeron que eran libres de quedarse en sus casas, y no huir, como el ejército que iba a esa población lo había demandado. Nadie se puso de acuerdo sobre el siglo exacto o el país donde se conocieron, pero todas las versiones coincidían en lo mismo: eran hombres que habían perdido algo importante durante una guerra y que aprendieron demasiado bien cómo funcionaba el mundo cuando desaparecían las leyes. Y por eso decidieron asentarse bajo las propias. Los Bowman lideraban con visión y dominio. Los Becerfom ya contaban con linaje y sabían de supervivencia entre los nobles y fueron representados por el ciervo negro que llevo en el colgante que me acompaña. Los Van Moordrecht eran los lobo de caza, que derramaban brutalidad. Los Valenfort eran los cuervos que siempre encontraba información. Los Rosenkranz le dio presencia, la única mujer del grupo dejó su sello con una rosa llena de espinas que presentaba la belleza peligrosa. Mientras otros construían reinos, ellos construyeron poder. Mientras otros obedecían a los gobiernos, ellos aprendieron a moverlos. Durante años trabajaron juntos, creciendo en silencio, acumulando información, rutas comerciales, favores y riquezas hasta convertirse en una organización tan extensa que ningún hombre podía controlarla por sí solo. Además de lo peligroso que era que estuviera completa bajo un solo dominio. Entonces se separaron. Más que por enemistad, fue una estrategia. Cada uno tomó una región distinta de Europa, fundó una familia y creó un clan bajo un símbolo propio. Se crearon cuatro linajes y cuatro sellos más. Cuatro casas destinadas a gobernar una extensa área que no sabía por qué, pero seguían las costumbres de bajarle la cabeza a esos apellidos, aunque estuvieran desde las sombras. La alianza entre ellos se conoció durante generaciones como El Pacto de los Cinco. Los gobiernos cambiaban. Las fronteras desaparecían. Las guerras comenzaban y terminaban. Pero ellos permanecían. Las familias crecieron. Los hijos heredaron los negocios. Los nietos heredaron los secretos. Y los apellidos terminaron siendo más importantes que los nombres. Con el pasar de las décadas los cinco clanes se hicieron temidos, no por su riqueza, sino porque cuando actuaban juntos, nadie podía enfrentarlos. Se decía que podían destruir empresas, arruinar dinastías, iniciar conflictos o terminar gobiernos enteros sin mostrar jamás las manos. Pero eso solo originó el evento que dio inicio a la pesadilla, porque algo, o alguien decidió que ya no querían darle vida a esas leyendas y comenzaron las caídas. El tercer clan desapareció primero con un incendio que dejó solo cuerpos, dando el golpe más fuerte al quitar la pieza más salvaje. Las versiones nunca coincidieron, porque mientras algunos hablaban de traición, otros decían sobre una guerra interna dentro de las cabezas de los líderes. El cuarto fue destruido años después de la misma forma, pero con la diferencia de que hubo ejecuciones. En el quinto hubo desapariciones. Nadie sobrevivió o volvió lo suficiente para contar la historia completa. Y luego llegó el turno de los Bowman que sigue dándome escalofríos haber visto por segunda vez ese par de ojos que no lucen como los recuerdo, ni del color que ha pertenecido a esa familia. La noche que intentaron exterminarlos pasó a convertirse en una de las historias más repetidas entre las familias que aún quedaban. Porque arrieros las casas de quiénes les eran fieles, las calles se bañaron en sangre y niños desaparecieron que luego se supo estuvieron en manos del mayor bastardo que he conocido; el ex ministro Volclain. Los cadáveres jamás fueron encontrados, tanto de sus simpatizantes como la de la mitad de la familia Bowman que fue borrada de la existencia. Los supervivientes fueron tan pocos que durante años se creyó que el clan terminaría extinguiéndose. Pero no ocurrió. Los Bowman permanecieron heridos y reducidos, pero de pie, porque quien los salvó fue el mismo que años después se supo que ellos mismos dieron en sacrificio para quedarse con el dominio. Al final solo quedaban dos casas de pie. Los Bowman y los Becerfom. Los últimos restos de una alianza que alguna vez dominó continentes enteros. Las dos familias continuaron trabajando juntas, más por obligación a las tradiciones que por deseo real. Compartimos negocios, secretos, influencias y una historia que parecía demasiado antigua para seguir considerándose real. Hasta ahora, porque el sello que acaba de salir de las llamas pertenece precisamente a la familia que nunca debió recuperarse, porque se dijo que fueron quienes jugaron el papel de víctimas iniciales para destruir todo a su paso. —Si sabe quién es mi hermano, entonces sabe que va a encontrarme— le advierto a Cornelio Van Moordrecht, quien me mira con una sonrisa mínima que le cruza el rostro. —Si, señorita Becerfom —vuelve a tomar el puro—. Precisamente porque sé quién es su hermano, espero que reciba mi cordial invitación. La boca del estómago se me entumece. —Espera— baja el puro como si hubiese olvidado algo. Sacude el papel que ya firmó también. —Eres mi esposa ahora, señora Van Moordrecht. —Jamás seré eso— le escupo en la cara. —Ya lo es, señora— contesta el hombre que me sigue dando escalofríos ver a los ojos. —Lamento ser quien le robe la ilusión, pero ahora y hasta que el señor Van Moordrecht lo decida, usted es su esposa. —¿Cómo puedes…? Después de lo que hicieron, ¿cómo puedes trabajar con él?— le reclamo. Observo un ligero movimiento de sus comisuras que no sé qué representa, pero logra cortarme el paso del aire. —¿La llevo a su nuevo dormitorio hasta que su hermano se entere donde encontrarla?— pregunta hacia Cornelio. El anciano no dice nada, y no lo veo para saber si confirma o no, pero cuando él me arrastra del brazo sé que la respuesta fue positiva. Peleo con él, lo empujo y trato de enterrar un golpe, pero si hace años contaba con una fuerza insostenible, ahora no pasan más de dos segundos para dejarme con las manos en la espalda. —No hice lo que crees— siento la necesidad de disculparme. —Yo no sabía que iba a pasar… —Nadie sabía— me habla en la oreja. —Pero ahora me encargaré de que a nadie le quede dudas. Su fuerza supera la mía al entregarme a los dos sujetos que antes me trajeron. Uno me lanza al hombro, en lo que sus zapatos relucientes son lo último que veo antes de que la nube negra me envuelva, debilitando mis articulaciones hasta que ceden por completo.






