Mundo ficciónIniciar sesiónMaleya.
Papá solía decir que yo era la joya de la familia. Durante años pensé que era una forma cariñosa de llamarme. Algo que los padres decían cuando miraban a sus hijos con orgullo. Me equivoqué. Con él nunca se tenía razón, porque la única manera en la que podías deducir algo cierto, era cuando hablaba de la organización a la que perteneció la familia junto a las otras cinco, de las cuales solo dos sobreviven. Los Bowman y los Becerfom. Las demás no son agradable siquiera mencionarlas porque el colapso se originó debido a ellos, trasmitiendo la idea a los demás, hasta que todo sufrió la infección de esa realidad. Cada uno contaba con su joya. Como llamaron a las seis hijas de la organización, de las cuales solo yo respiro. Lo que me obliga a seguir la única tradición que no se puede dejar caer; proteger el legado, las posesiones y el dominio de la organización que no puede tocar nadie más que la joya de la familia. Antes amaba ser llamada así, ahora detesto esa definición. Las joyas no toman decisiones. Se exhiben. Se protegen. Se intercambian. Y cuando llega el momento adecuado, se entregan a quien puede sacarles más provecho. En mi intento de cambiar el concepto, los convencí de incluirme en sus planes. Nunca creí que eso derivaría tanto. Tal vez es el motivo por el cual acepto adoptar el papel que siempre me correspondió dentro de la familia. Dejo que me coloquen el velo cuando la hora se aproxima. El maquillaje no tan cargado que eligió Tess eleva el color de mis ojos, mientras los rizos de mi cabello son definidos para ser un encanto a la vista. Ahora ni siquiera me interesa eso. A mi espalda escucho cómo llenan las maletas con todo aquello que pasará a pertenecer a una nueva casa luego de la ceremonia. Zapatos. Abrigos. Joyas. Regalos del hombre que, en cuestión de minutos, se convertirá en mi esposo. Resulta casi ridículo haber creído que esta boda podía detenerse por mi padre, antes de que falleciera. Nunca hubo manera de retroceder luego del compromiso. Tan solo un anillo bastó para convertir mi voluntad en un asunto decorativo para todos. Y una pesadilla de la que nunca he podido despertar desde entonces. Un año se acordó el día del compromiso. Doce meses viendo cómo decidían cada detalle de una ceremonia que me pertenecía menos que el vestido que llevo puesto. Porque soy la novia. Solo no lo suficiente importante para decidir sobre mi propia boda. Lo que antes era una leyenda para presumir, ahora es la realidad que me satura los pensamientos, porque he confirmado que todo es real. Incluso que la organización, aún lanzando el peso muerto, terminaría por destruirse cuando no fuera sostenible su existencia. La ambición ha llevado a eso. Cada pieza cayendo hasta que no ha quedado más que rivalidad entre las dos familias, de las cuales, de una solo sobrevive la mitad. Mientras la limusina atraviesa las calles de Hamburgo, observo el reflejo de las luces sobre el asfalto mojado, las fachadas antiguas, los ventanales iluminados y la imponente calma de una ciudad donde el dinero parece capaz de esconder cualquier cosa. Pero mi mente permanece atrapada en un único pensamiento. Lo merezco. Casarme con Eladio Garcés, un juez influyente de la ciudad, es la forma más elegante que encontró la vida para cobrar ciertas cosas. Cosas que debo. —Disculpe, creo que tomamos la dirección equivocada —le hago saber al chófer al notar que dejamos atrás la bifurcación hacia la catedral. No responde. Frunzo el ceño y golpeo la división de vidrio. —Señor, la salida anterior era la… Me interrumpo al percibir un siseo extraño. Humo comienza a escapar desde uno de los asientos. Retrocedo de inmediato, cubriéndome la nariz mientras el olor químico invade la limusina. —¿Qué demonios…? Intento bajar la ventanilla y no funciona. Mi respiración se acelera mientras vuelvo a golpear la división con más fuerza. —¡Abra la puerta! Me lanzo hacia una de las manijas, pero el seguro ya fue colocado. El mareo aparece de manera brutal. El vehículo continúa avanzando entre las calles de Hamburgo mientras mi visión empieza a deformarse bajo las luces nocturnas, hasta que el freno es accionado. Caigo de bruces contra el asiento. Y antes de que pueda incorporarme, las puertas se abren casi al instante, dejando entrar el aire frío de la noche junto con varias sombras. —¡Suéltenme! Mis uñas alcanzan a rasguñar una mano antes de que me arrastren fuera de la limusina. El golpe contra el asfalto me aturde. El vestido blanco se engancha, desgarrándose en el acto. Mis piernas patean con desesperación y trato de incorporarme aun cuando el mundo empieza a inclinarse frente a mis ojos. —¡No me toquen! Uno de ellos me sujeta de los brazos. Otro intenta inmovilizarme las piernas y no lo dejo enterrando una patada en su entrepierna. El tipo me maldice, y no me importa una más de esas, cuando me arrastro hasta ponerme de pie. Me deshago de los zapatos y corro levantando la falda del vestido blanco mientras el asfalto húmedo me moja hasta los tobillos. Me alcanzan. Le doy un codazo hasta que me hace caer. Aunque ya casi no consigo coordinar el cuerpo, logro clavar las uñas en el sujeto lleno de marcas, sin ser suficiente para detenerlo cuando me inmoviliza. —La tenemos, señor. La voz suena cerca. Demasiado cerca cuando me presiona los brazos en la espalda, ahogándome con su peso encima de mí. Me arrastran hasta la banqueta, en donde me atan. Sacudo la cabeza, sin poder ver mucho más que las grietas del concreto. Mi respiración se corta al distinguir unos zapatos negros frente a mí. Impecables. Quietos. Cubiertos por el borde de un abrigo oscuro. Intento alzar la mirada, aunque no consigo más que alcanzar a ver una mano acomodándose el reloj —Nos ahorrará el vestido —una voz masculina, profunda y aterradoramente tranquila, hable por encima de mis forcejeos. Quiero ver de quién se trata, sin embargo, es imposible lograrlo. —Llévenla al auto. La joya merece reposar en su estuche— dispone, mientras para mí, todo se vuelve negro.






