Mundo ficciónIniciar sesiónDalia escapó del imperio criminal de su padre siendo niña. Ahora, con su hermana asesinada y un sobrino de tres años a su cargo, alguien la está buscando para reclamar el trono del rey del inframundo. Ese alguien solo puede ser Andrea Rossi, y no piensa parar hasta tener a las herederas de su lado. Huyó la noche que el Rey del inframundo callo. Ahora, con un niño en brazos y su hermana en la morgue, regresa en busca de su legado.
Leer másDalia Scott trabajaba en el piso treinta y dos de un rascacielos del distrito financiero. Abogada corporativa. Tarjeta de presentación impecable, trajes de corte sobrio, expedientes que olían a tinta de imprenta y a dinero limpio. Su vida era una línea recta y aburrida, exactamente como la había diseñado.
El móvil vibró sobre la mesa de roble. El nombre de Maite apareció en la pantalla: fiscal del distrito, su mejor amiga desde la facultad. La única persona que la conocía y nunca había preguntado por qué no tenía fotos de familia en la oficina, ni en su apartamento, como el resto de la gente. Dalia solo guardaba una foto en su mesita de noche: era de ella, su nana Irina y Tessa, su hermana mayor, el día de su cumpleaños número ocho. Exactamente cinco días antes de que su vida cambiara para siempre. Para muchos podría ser un simple recuerdo; para ella era el recordatorio de quién era y quién tenía que ser para sobrevivir. —¿Sigo siendo la elegida para la comida de los jueves o ya me sustituiste por algún socio del bufete? —la voz de Maite sonó ronca, afilada por años de juicios. —Tranquila, fiscal. Nuestras comidas juntas están a salvo… —Dalia sonrió contra el teléfono. —Estupendo. Reservado en el Jardín Secreto. A la una —hubo una pausa, un roce de labios antes de soltar—. Tengo cosas que contarte. La llamada se cortó. Dalia miró el teléfono un segundo de más, mientras movía la cabeza de un lado a otro. Cosas. Cuando Maite decía «cosas» quería decir problemas. Y cuando una fiscal del distrito tiene problemas, lo más sensato es alejarse. Pero ella, Dalia Scott, nunca había sido sensata. Por eso había sobrevivido. Miró su reloj. Aún faltaban horas para salir del trabajo. Mejor dedicar su tiempo a algo productivo y no pensar en asuntos que solo la pondrían de mal humor. --- Jueves, 1:00 p.m. El Jardín Secreto era su lugar neutral: manteles de lino, luces bajas, un reservado con paredes de piedra donde ninguna conversación se filtraba. Maite ya tenía una copa de vino tinto servida cuando Dalia llegó. —Llegas tarde —dijo Maite, haciendo un puchero exagerado como una niña pequeña. —Tú siempre llegas temprano —respondió Dalia, dejando a un lado su maletín y desabrochando la chaqueta de su traje antes de sentarse—. ¿Qué pasa? Maite dejó los cubiertos sobre la mesa y la miró fijamente. Esa era la diferencia entre ellas: Maite encaraba los problemas de frente. Dalia había pasado veinte años aprendiendo a esquivarlos. Pero, por increíble que pareciera, esa diferencia fue lo que las hizo inseparables desde que se conocieron. —Hay un revuelo en el mundo criminal. Algo grande. Pelea por el poder, bandas reconfigurándose… y tengo una fuente. —Maite se acercó, como si temiera y a la vez quisiera compartir un secreto—. Alguien de dentro que puede ayudarnos a desmontar toda la maquinaria. Dalia bebió un sorbo de vino, absorbiendo las palabras de su amiga, mientras aquel vino que momentos antes había bebido le supo a tierra y a advertencia. La miró fijo, pensando en las palabras adecuadas. —Ten cuidado, Maite. El mundo criminal es más amplio de lo que imaginas. —¿En serio? —Maite soltó una risa corta—. Te fuiste a lo corporativo y se te olvidó quién eras. Tú querías ser la mejor abogada criminalística del país. ¿Y ahora me sales con advertencias de abuela? Dalia no respondió. Porque Maite no sabía. Nadie sabía. Nadie sabía que Dalia Scott no siempre se había llamado así. El recuerdo llegó como un cuchillo. --- A los veintidós años, recién graduada, se sentó en la cocina de Irina con el título aún enrollado para decirles a su familia a qué quería dedicarse. Las palabras salieron de su boca. El silencio se extendió. Su hermana y su nana solo la miraron. —No… Dalia, no… —Tessa la miró fijo—. Te apoyamos cuando decidiste estudiar Derecho, contra nuestro mejor juicio, pero elegir la especialidad de criminalística está fuera de discusión. —¿En serio, Tessa? ¿Me vas a salir con eso? —Dalia la desafió, levantándose—. No puedes decir eso. Dame una sola razón por la que se oponen. Frente a ella, Tessa y la nana que las había criado se miraron. Dalia vio a su nana suspirar. —La razón es simple, pequeña: tu padre. —¿Nana Irina? ¿Mi padre? Un padre que nos dejó contigo cuando éramos unas niñas… —¡Dalia, calla! —Tessa se puso en pie de un golpe—. No hables si no sabes. Te puedes arrepentir después de las palabras que vas a decir. Dalia miró a su hermana. Nunca la había visto así. Tessa era pura calma, nunca se alteraba, y ahora su mirada era puro fuego. —Díganme quién es mi padre —exigió Dalia, con la voz temblorosa pero firme. Irina apagó el fuego de la cocina. Tessa bajó la cabeza. —Tu padre se llama Otto Malinche —dijo la nana, con su voz de grava y siglos—. Y no es un hombre cualquiera. Seguro estudiaron su expediente en alguna de tus clases. Tu padre, pequeña, era el rey del inframundo. Y para que ustedes pudieran vivir, sacrificó todo. Todo, para que ustedes vivieran. Ninguna de las tres mujeres habló más. No hizo falta. Dalia lloró esa noche. No por miedo. Por rabia. Porque su hermana mayor, que tenía doce años cuando huyeron, lo sabía todo y se lo había ocultado. Porque su madre había muerto mucho tiempo antes, llevándose los secretos. Porque Irina, la única madre que recordaba, había jurado protegerlas mintiéndoles. Al día siguiente, Dalia miró a su hermana y a su nana durante el desayuno. Era evidente que ninguna de las tres había dormido bien. Las palabras salieron sin que ella pudiera detenerlas. —Nunca debieron ocultármelo —le espetó a Tessa, con la voz rota—. Tú tenías doce años, yo ocho. No importa la diferencia. Él es mi padre también. Tessa intentó abrazarla. Dalia la rechazó. —Dalia, por favor… —susurró Tessa. —No. —Dalia cogió su chaqueta—. No ahora. Salió por la puerta sin terminar el desayuno. Se hizo abogada corporativa. Anónima. Segura. Dalia juró que jamás usaría las armas de su padre para abrirse camino. --- Presente Pero ahora, once años después, sentada frente a Maite en aquel reservado, Dalia sintió que el pasado no estaba enterrado. Solo esperaba. Esperaba esto: la guerra por el poder. Las preguntas se arremolinaban en su cabeza: ¿Qué desató este cambio? Pero no preguntó. Volvió a tomar la copa y bebió otro trago. Miró a su amiga. —Está bien —dijo, alzando la mirada—. Cuéntame más de esa fuente. Maite sonrió, victoriosa. —Sabía que me entenderías. Dalia apretó la copa. El vino tembló un instante. No sabes lo que haces, Maite. No sabes que te estás sentando frente a una Malinche. Pero ya era tarde. El mundo criminal que creía haber dejado atrás acababa de llamar a su puerta con el rostro de su mejor amiga.El coche negro avanzaba por las calles iluminadas de la ciudad, con el motor ronroneando suavemente. Dalia estaba recostada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en el paisaje urbano que desfilaba tras la ventanilla. Andrea conducía en silencio, respetando el espacio que ella necesitaba después de la conversación con Maite.El teléfono de Dalia vibró en el bolsillo de su chaqueta. Lo sacó y vio el nombre en la pantalla: Maite.—¿Sí? —respondió, con voz cautelosa.—Soy yo —dijo Maite al otro lado. Su voz sonaba más serena que antes, pero aún con un deje de emoción contenida— He estado mirando la carpeta. He leído casi todo.Dalia sintió un nudo en el estómago.—¿Y?—No puedo conocerlo aún —dijo Maite, con firmeza— Necesito tiempo. Necesito asimilar esto. Necesito ver a mis padres y hablar con ellos antes de dar cualquier paso. Necesito ordenar mis ideas.Dalia asintió, aunque sabía que Maite no podía verla.—Lo entiendo. Es mucho para asimilar en tan poco tiempo. No tienes
Calle del centro. Interior del coche. Atardecer.El coche se deslizaba por el tráfico de la ciudad, con los cristales ahumados ocultando a sus ocupantes de las miradas indiscretas. Dalia estaba sentada en el asiento del copiloto, sus manos apoyada sobre las rodillas y la mirada perdida en el paisaje urbano que pasaba tras la ventanilla. Andrea conducía en silencio, respetando el espacio que ella necesitaba.Cuando el coche se detuvo en un semáforo, Dalia sacó el móvil del bolsillo de su chaqueta. La pantalla se iluminó con un mensaje de voz de Draco. Lo escuchó con el volumen bajo, pegando el teléfono a la oreja.—Dalia, soy Draco. Necesito hablar contigo. Ha surgido algo… relacionado con la investigación de Pardo. No te preocupes, no estamos enfadados. Pero necesitamos saber qué estás tramando. Llámame cuando puedas.Suspiró, apoyando la cabeza contra el reposacabezas. Andrea la miró de reojo.—¿Todo bien?—Draco me ha dejado un mensaje. Quiere verme. Viktor y Sergei están con él.—¿
La puerta de acero se abrió y Matías entró primero, seguido de cerca por Pedro Torres. El hombre caminaba con pasos lentos, como si el peso de los años y los secretos le doblara la espalda. Sus ojos, aún húmedos, buscaron a su esposa en la habitación.Inés Torres estaba sentada en una silla, con las manos apoyadas sobre la mesa y la mirada fija en el metal frío. Cuando vio a su marido, su rostro se tensó, pero no dijo nada. No hizo ningún gesto.Matías los sentó uno frente al otro, separados por la mesa metálica. Luego, sin decir palabra, abrió la carpeta de Pardo y fue colocando las pruebas sobre la superficie: primero el certificado de nacimiento de la niña original, luego los informes médicos, después las fotos de Kolett embarazada, y finalmente la imagen de Maite, tomada el día anterior a las afueras de la comisaría.El silencio se alargó. Inés miraba las fotos como si pudiera borrarlas con la fuerza de su voluntad. Pedro, en cambio, no podía apartar la mirada de la imagen de Kole
Almacén a las afueras de la Ciudad.El edificio era una estructura de hormigón y chapa oxidada, perdida entre naves industriales abandonadas y terrenos baldíos. El sol poniente teñía de naranja y púrpura el horizonte, proyectando sombras alargadas sobre el asfalto agrietado. Dalia y Andrea bajaron del coche y caminaron hacia la entrada, donde un hombre de rostro duro y chaqueta negra los esperaba. Asintió en señal de reconocimiento y abrió la puerta metálica sin pronunciar palabra.El interior del almacén era amplio, con techos altos y una luz amarillenta que colgaba de unas lámparas industriales. En el centro, un grupo de hombres armados se distribuía en posición estratégica, cubriendo las salidas y manteniendo la vigilancia. Lucas estaba sentado frente a una mesa plegable, con la laptop abierta y los dedos suspendidos sobre el teclado. Damián permanecía de pie junto a una columna, con los brazos cruzados y la mirada fija en una puerta de acero al fondo. Matías, recostado contra la p
Último capítulo