Legado de Poder. La Reina de la Mafia.

Legado de Poder. La Reina de la Mafia.ES

Mafia
Última actualización: 2026-06-22
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Resumen
Índice

Dalia escapó del imperio criminal de su padre siendo niña. Ahora, con su hermana asesinada y un sobrino de tres años a su cargo, alguien la está buscando para reclamar el trono del rey del inframundo. Ese alguien solo puede ser Andrea Rossi, y no piensa parar hasta tener a las herederas de su lado. Huyó la noche que el Rey del inframundo callo. Ahora, con un niño en brazos y su hermana en la morgue, regresa en busca de su legado.

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Capítulo 1

Capítulo 1: La abogada y la fiscal

Dalia Scott trabajaba en el piso treinta y dos de un rascacielos del distrito financiero. Abogada corporativa. Tarjeta de presentación impecable, trajes de corte sobrio, expedientes que olían a tinta de imprenta y a dinero limpio. Su vida era una línea recta y aburrida, exactamente como la había diseñado.

El móvil vibró sobre la mesa de roble. El nombre de Maite apareció en la pantalla: fiscal del distrito, su mejor amiga desde la facultad. La única persona que la conocía y nunca había preguntado por qué no tenía fotos de familia en la oficina, ni en su apartamento, como el resto de la gente.

Dalia solo guardaba una foto en su mesita de noche: era de ella, su nana Irina y Tessa, su hermana mayor, el día de su cumpleaños número ocho. Exactamente cinco días antes de que su vida cambiara para siempre. Para muchos podría ser un simple recuerdo; para ella era el recordatorio de quién era y quién tenía que ser para sobrevivir.

—¿Sigo siendo la elegida para la comida de los jueves o ya me sustituiste por algún socio del bufete? —la voz de Maite sonó ronca, afilada por años de juicios.

—Tranquila, fiscal. Nuestras comidas juntas están a salvo… —Dalia sonrió contra el teléfono.

—Estupendo. Reservado en el Jardín Secreto. A la una —hubo una pausa, un roce de labios antes de soltar—. Tengo cosas que contarte.

La llamada se cortó. Dalia miró el teléfono un segundo de más, mientras movía la cabeza de un lado a otro. Cosas. Cuando Maite decía «cosas» quería decir problemas. Y cuando una fiscal del distrito tiene problemas, lo más sensato es alejarse.

Pero ella, Dalia Scott, nunca había sido sensata. Por eso había sobrevivido.

Miró su reloj. Aún faltaban horas para salir del trabajo. Mejor dedicar su tiempo a algo productivo y no pensar en asuntos que solo la pondrían de mal humor.

---

Jueves, 1:00 p.m.

El Jardín Secreto era su lugar neutral: manteles de lino, luces bajas, un reservado con paredes de piedra donde ninguna conversación se filtraba. Maite ya tenía una copa de vino tinto servida cuando Dalia llegó.

—Llegas tarde —dijo Maite, haciendo un puchero exagerado como una niña pequeña.

—Tú siempre llegas temprano —respondió Dalia, dejando a un lado su maletín y desabrochando la chaqueta de su traje antes de sentarse—. ¿Qué pasa?

Maite dejó los cubiertos sobre la mesa y la miró fijamente. Esa era la diferencia entre ellas: Maite encaraba los problemas de frente. Dalia había pasado veinte años aprendiendo a esquivarlos. Pero, por increíble que pareciera, esa diferencia fue lo que las hizo inseparables desde que se conocieron.

—Hay un revuelo en el mundo criminal. Algo grande. Pelea por el poder, bandas reconfigurándose… y tengo una fuente. —Maite se acercó, como si temiera y a la vez quisiera compartir un secreto—. Alguien de dentro que puede ayudarnos a desmontar toda la maquinaria.

Dalia bebió un sorbo de vino, absorbiendo las palabras de su amiga, mientras aquel vino que momentos antes había bebido le supo a tierra y a advertencia. La miró fijo, pensando en las palabras adecuadas.

—Ten cuidado, Maite. El mundo criminal es más amplio de lo que imaginas.

—¿En serio? —Maite soltó una risa corta—. Te fuiste a lo corporativo y se te olvidó quién eras. Tú querías ser la mejor abogada criminalística del país. ¿Y ahora me sales con advertencias de abuela?

Dalia no respondió. Porque Maite no sabía. Nadie sabía. Nadie sabía que Dalia Scott no siempre se había llamado así.

El recuerdo llegó como un cuchillo.

---

A los veintidós años, recién graduada, se sentó en la cocina de Irina con el título aún enrollado para decirles a su familia a qué quería dedicarse. Las palabras salieron de su boca. El silencio se extendió. Su hermana y su nana solo la miraron.

—No… Dalia, no… —Tessa la miró fijo—. Te apoyamos cuando decidiste estudiar Derecho, contra nuestro mejor juicio, pero elegir la especialidad de criminalística está fuera de discusión.

—¿En serio, Tessa? ¿Me vas a salir con eso? —Dalia la desafió, levantándose—. No puedes decir eso. Dame una sola razón por la que se oponen.

Frente a ella, Tessa y la nana que las había criado se miraron. Dalia vio a su nana suspirar.

—La razón es simple, pequeña: tu padre.

—¿Nana Irina? ¿Mi padre? Un padre que nos dejó contigo cuando éramos unas niñas…

—¡Dalia, calla! —Tessa se puso en pie de un golpe—. No hables si no sabes. Te puedes arrepentir después de las palabras que vas a decir.

Dalia miró a su hermana. Nunca la había visto así. Tessa era pura calma, nunca se alteraba, y ahora su mirada era puro fuego.

—Díganme quién es mi padre —exigió Dalia, con la voz temblorosa pero firme.

Irina apagó el fuego de la cocina. Tessa bajó la cabeza.

—Tu padre se llama Otto Malinche —dijo la nana, con su voz de grava y siglos—. Y no es un hombre cualquiera. Seguro estudiaron su expediente en alguna de tus clases. Tu padre, pequeña, era el rey del inframundo. Y para que ustedes pudieran vivir, sacrificó todo. Todo, para que ustedes vivieran.

Ninguna de las tres mujeres habló más. No hizo falta.

Dalia lloró esa noche. No por miedo. Por rabia. Porque su hermana mayor, que tenía doce años cuando huyeron, lo sabía todo y se lo había ocultado. Porque su madre había muerto mucho tiempo antes, llevándose los secretos. Porque Irina, la única madre que recordaba, había jurado protegerlas mintiéndoles.

Al día siguiente, Dalia miró a su hermana y a su nana durante el desayuno. Era evidente que ninguna de las tres había dormido bien. Las palabras salieron sin que ella pudiera detenerlas.

—Nunca debieron ocultármelo —le espetó a Tessa, con la voz rota—. Tú tenías doce años, yo ocho. No importa la diferencia. Él es mi padre también.

Tessa intentó abrazarla. Dalia la rechazó.

—Dalia, por favor… —susurró Tessa.

—No. —Dalia cogió su chaqueta—. No ahora.

Salió por la puerta sin terminar el desayuno.

Se hizo abogada corporativa. Anónima. Segura. Dalia juró que jamás usaría las armas de su padre para abrirse camino.

---

Presente

Pero ahora, once años después, sentada frente a Maite en aquel reservado, Dalia sintió que el pasado no estaba enterrado. Solo esperaba.

Esperaba esto: la guerra por el poder.

Las preguntas se arremolinaban en su cabeza: ¿Qué desató este cambio? Pero no preguntó. Volvió a tomar la copa y bebió otro trago. Miró a su amiga.

—Está bien —dijo, alzando la mirada—. Cuéntame más de esa fuente.

Maite sonrió, victoriosa.

—Sabía que me entenderías.

Dalia apretó la copa. El vino tembló un instante.

No sabes lo que haces, Maite. No sabes que te estás sentando frente a una Malinche.

Pero ya era tarde. El mundo criminal que creía haber dejado atrás acababa de llamar a su puerta con el rostro de su mejor amiga.

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Capítulo 1: La abogada y la fiscal
Capítulo 2: La fuente y la sangre
Capítulos 3 : La llamada y la morgue
Capítulo 4: La fachada y el expediente
Capítulo 5: La fachada y el expediente 2
Capítulo 6: Sombras de una Verdad
Capitulo 7: El expediente y las sombras
Capítulo 8: La espera y la rutina.
Capitulo 9 Amigo, enemigo o aliado. Parte 1
Capitulo 10 Amigo, enemigo o aliado
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