Capítulo 8.

Maleya.

Muevo los pies queriendo ir con Kayce o gritar para avisar que es una trampa, pero una mordaza me cubre la boca antes de que siquiera mi nombre salga de su boca.

La risa en mi oreja me recuerda quien me sujeta como una constructora, que está a punto de romperme los huesos.

—Mi cuñado se da mucho a desear —murmura en lo que grito maldiciones que amortiguan en la tela que muerdo. —Pero está listo su banquete.

Me libera en cuanto me limitan los brazos con una cuerda, indicando a Gareth
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