Capítulo 4.

Maleya.

No tengo tiempo de asimilar absolutamente nada cuando me alzan, lastimando mis brazos en el acto.

Tiemblo. No por miedo. Lo que me recorre es algo peor que eso.

Tengo ante mí a descendientes de los…

—Buenas noches, señor Van Moordrecht —no puedo tragarme el apellido que al ser pronunciado por quien entra, me hace buscarlo por instinto.

El tipo que trae un maletín, custodiado por otros sujetos, mira hacia la chimenea.

—Señor juez, llegó en el momento justo— lo recibe el anciano que lo hace cambiar los ojos en su dirección.

—Creí que quién…

—Detalles— le resta importancia yendo con él saludando y diciendo algo que no logro captar, pero que logra que la palidez facial del juez sea notable. —Quiero presentarle a mi futura esposa.

Lo hace caminar hacia mí. Recupera el tono natural y carraspea, tomando todo con mejor actitud.

—Es muy hermosa, señor Van Moordrecht —el sujeto de cabello con gel me mira como si todo esto fuera algo frecuente para él. —Usted me indica cuando podemos iniciar.

—En este momento— da la orden el tipo a quien no le sé el nombre. Aunque con su apellido basta para que cuando me liberan las muñecas, no sienta la libertad que recordaba.

El juez abre el maletín sin importar cuanto proteste. Repito que estoy aquí contra mi voluntad, pero él solo acomoda unos documentos sobre la mesa, pidiendo documentación. Veo dos y logro reconocer la mía entre ellas calcinando mi nula paz.

—No —retrocedo un paso—. No voy a participar en esto.

Todos saben que las esposas de los Van Moordrecht mueren al poco tiempo de la boda. Específicamente luego de dar a luz a un heredero que queda a cargo de las esclavas del padre.

Aunque no es una tradición, se ha repetido lo suficiente para que mi instinto de supervivencia me grite que lo evite a toda costa.

Uno de los hombres me toma del brazo antes de que consiga alejarme.

—Suélteme.

Forcejeo, sin servir de nada.

—Esto no tiene ninguna validez —me empujo de todos, porque cada uno me dirige a donde no quiero.

El hombre de canas es quien me recibe al final, frente a la mesa que sigue salpicada de sangre.

—La tendrá —responde el anciano tomándome por los brazos.

—¿Quién demonios cree que es?

La mano me queda ardiendo cuando estampo el golpe que le voltea la cara. Siento que cometí un error cuando no se mueve, y por instinto doy dos pasos hacia atrás.

Intento mantenerme estable, pero no tardo mucho en tocar el suelo cuando el brutal manotazo me hace aterrizar con la otra mejilla en el suelo pegajoso.

—Alguien que ya no necesita pedir permiso— la voz del tipo rebota en mi sien cuando soy obligada a estar de pie nuevamente. —No me creo. Eso soy.

La habitación se cierra sobre mí cuando me toman del pelo para acercarme frente al juez.

Busco una salida con los ojos en cuanto me sueltan.

Una cara razonable.

Cualquier persona que conserve una pizca de humanidad.

Y mis ojos terminan encontrando al único hombre que todavía no ha dicho una sola palabra.

Permanece junto a la chimenea.

Inmóvil con la mirada sobre nosotros.

La venda cubre parte de su mano.

Las llamas iluminan parcialmente los relieves irregulares que asoman por su clavícula antes de perderse bajo el cuello de la camisa.

Es la primera vez que puedo observarlo con atención.

Y hay algo en él que me obliga a apartar la vista para volver a mirarlo.

Algo incorrecto me avasalla.

Algo que no consigo nombrar.

—Dígales que esto es una locura— mi voz sale más débil de lo que pretendía.

Aun así, sé que me escucha. Lo confirmo porque finalmente gira la cabeza, haciendo que sus ojos se encuentren con los míos.

El contacto me atraviesa.

No encuentro rabia.

No encuentro compasión.

No encuentro nada en ellos.

—Por favor— no sé por qué suplico. Pero sí sé que no quiero estar aquí. No con ese clan reiterando que sigue existiendo.

Nadie quiere estar cerca de ellos.

Durante un segundo creo que simplemente me ignorará.

—Lo mejor que le queda es aceptar su destino, señorita Becerfom —la comisura de su boca apenas se mueve.

No llega a ser una sonrisa.

Ni siquiera parece burla.

—Que se joda mi destino— escupo.

Camina rodeando la mesa para posarse junto al resto de hombres que le abren espacio, haciéndose hacia atrás.

Permanece a la vista. Dos pasos adelante de todos.

Mi cuerpo me avisa que no debo darle la espalda a nada, sobre todo a él.

—Procedamos —anuncia el juez.

—No— me doy la vuelta hacia él. —No acepto.

El anciano ni siquiera se molesta en mirarme.

—Señorita Becerfom, ¿acepta usted tomar por esposo al señor Cornelio Van Moordrecht? —pregunta el juez.

—No.

—Anote que la novia se encuentra alterada por las circunstancias —ordena el anciano a quien le escucho el nombre por primera vez.

Nadie parece impresionarse por mi estado.

—Señor Cornelius Van Moordrecht —continúa el juez después de revisar los documentos—. ¿Acepta usted tomar por esposa a la señorita Maleya Becerfom?

La sonrisa del anciano reaparece como la de alguien que acaba de recibir exactamente lo que llevaba tiempo esperando.

—Acepto.

La respuesta llega sin vacilación alguna.

El juez realiza una anotación antes de volver a pasar las hojas.

—Queda registrado.

Mi estómago se revuelve.

El juez continúa leyendo la fecha, los nombres, cláusulas y condiciones, en vano porque no se están cumpliendo ninguna, ya que son palabras que deberían tener importancia y que ahora son pronunciadas con la misma emoción que tendría una lectura de inventario.

—No acepto —repito.

Una mano cae sobre mi hombro.

Otra atrapa mi muñeca.

El pánico amenaza con abrirse paso cuando me obligan a acercarme a la mesa.

—Suéltenme.

—Continúe —dice el anciano.

El juez ni siquiera levanta la vista.

Como si ya hubiera ocurrido demasiadas veces.

Un hombre deja frente a mí un documento.

Otro abre un pequeño recipiente con tinta. En automático intento apartar la mano y no me dejan.

—No.

Mis uñas arañan la superficie de la mesa.

—No —me sujetan los dedos con más fuerza. —No.

La fuerza con la que intento resistirme resulta inútil cuando presionan mi pulgar contra la tinta y después contra el papel.

Mi respiración se rompe al ver la huella estampada sobre el documento.

—Queda registrada la conformidad de la novia.

El juez pasa la página. Después otra. Y otra más.

Cada una recibe la misma huella arrancada por la fuerza.

Cada una convierte mi negativa en algo cada vez más insignificante.

Cuando terminan conmigo, deslizan los documentos hacia el otro extremo de la mesa.

Mi mirada se mueve sola.

—Me dicen que usted será testigo, señor Gareth Bowman— mi corazón se detiene y mi cuerpo se vuelve piedra al escuchar el nombre.

Cuando escucho una afirmación de la misma voz, mis ojos se disparan hacia él.

El hombre de la camisa blanca y arnés que pasa entre Cornelio Van Moordrecht y yo.

Su rostro de perfil me permite verlo por primera vez, descubriendo que es tal como lo han descrito; paralizante.

Toma la pluma y se debe inclinar casi por completo cuando firma sin apresurarse en cada hoja.

Sin vacilar devuelve la pluma al juez que revisa los documentos, asiente y cierra la carpeta.

—Queda formalizada la unión— afirma el tipo ante nosotros cuando un irónico aplauso inicia por el testigo, quien da paso al resto que forman una ola del ruido que me hunde entre ellos.

Aunque mi cabeza ya no piensa en la boda, sino en el hombre que ni siquiera me repara. Y que no tiene el rostro que recuerdo.

Luce completamente diferente. Incluso sus ojos que ahora no sólo son diferentes por los lentes de contacto que ha de usar, sino porque a diferencia de hace años, este no tiene piedad en ellos.

Porque la última vez que lo vi… estaba muerto.

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Deyanira Esther CaYo espero que el viejo solo sea una pantalla, porque no vi que firmará solo Gareth disque testigo, hay ya quiero saber jajsjsj
Adilene PadillaOoooo!! yo pensé que la casarían con Gareth
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