La claridad de la mañana se filtró por las rendijas del techo, iluminando el cuarto con una luz tímida. Luciano abrió los ojos y enseguida sintió el tirón en la espalda. No tenía nada que ver con su herida: era el colchón. Ese pedazo de espuma aplastada había sido una tortura silenciosa durante toda la noche.
Se incorporó lentamente, apretando la mandíbula para evitar quejarse. A su lado, Mateo empezó a moverse, estirando los brazos con la calma y la madurez de alguien que cargaba más responsabilidades de las que un niño debería.
—¿Papá? —murmuró adormilado—. ¿Mamá ya volvió?
—Salió temprano —respondió Luciano, aún medio doblado mientras se sobaba la espalda—. Dijo que tenía que hacer unas vueltas.
Mateo se sentó por completo, hizo un gesto de dolor muy sutil y luego señaló el colchón con una expresión seria.
—Papá… mi columna no nació para esto —dijo como si fuera un adulto evaluando un desastre estructural—. No entiendo cómo Bianca no nos escuchó gritar anoche… parecía que dormimos