La claridad de la mañana se filtró por las rendijas del techo, iluminando el cuarto con una luz tímida. Luciano abrió los ojos y enseguida sintió el tirón en la espalda. No tenía nada que ver con su herida: era el colchón. Ese pedazo de espuma aplastada había sido una tortura silenciosa durante toda la noche.
Se incorporó lentamente, apretando la mandíbula para evitar quejarse. A su lado, Mateo empezó a moverse, estirando los brazos con la calma y la madurez de alguien que cargaba más responsab