La noche había caído sobre la pequeña casa en alquiler. Las paredes desconchadas y el piso algo desigual apenas dejaban adivinar el paso del tiempo, pero dentro se sentía cálida la vida que estaban construyendo, aunque fuera a paso lento. Las bolsas de comida chatarra todavía reposaban sobre la mesa, evidencia de la pequeña “victoria” de Bianca al lograr que Mateo disfrutara aunque fuera por esta noche de algo prohibido.
Mateo estaba completamente rendido. Sus ojitos se cerraban mientras se acurrucaba en la improvisada cama del salón, arrullado por el cansancio de un día extraño pero emocionante. Cada mordisco de comida que había probado esa noche parecía pesar ahora en su cuerpo dormido, y un suspiro profundo escapó de su pecho mientras se acomodaba entre las mantas.
Luciano lo observaba desde la esquina, apoyado contra la pared desconchada, con una expresión que mezclaba orgullo y preocupación. Nunca había visto a su hijo tan relajado, tan feliz por algo tan simple, y no pudo evitar