La mañana siguiente amaneció con una luz dorada que se filtraba por las ventanas de la mansión, bañando los pasillos en tonos cálidos y engañosamente pacíficos. Bianca despertó antes que Luciano, como solía ocurrir en las mañanas en que su mente no lograba desconectar del todo. Se quedó observándolo dormir: la línea fuerte de su mandíbula, las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos que el estrés de los últimos meses había acentuado, la mano que incluso en sueños buscaba instintivamente la suya.