Bianca entró cargando tres bolsas enormes, con el cabello un poco despeinado y el rostro encendido por el esfuerzo. En cuanto puso un pie dentro de la pequeña casa, el olor a comida recién hecha se esparció como un abrazo cálido.
–¡Ya llegué! –exclamó, dejando las bolsas sobre la mesa improvisada–. Lo siento por traer comida de afuera, pero cuando estemos organizados vamos a comer mucho mejor. Esto es solo por hoy, ¿sí?
Mateo sintió que el alma se le escapaba del cuerpo.
Se quedó mirando las bolsas… como si ahí dentro estuviera la felicidad eterna.
Había visto comida chatarra muchas veces en la televisión, en la calle, en parques… pero jamás la había probado.
Su papá siempre decía que era mala para la salud.
Que no, que jamás, que ni en sueños.
Pero ahora… ahí estaba.
A solo unos pasos.
Mateo tragó saliva.
Podía oler las papitas incluso desde lejos.
Su estómago rugió traicionándolo.
Luciano le lanzó una mirada que decía claramente:
Ni lo intentes.
Mateo bajó la cabeza, pero por dentro