Bianca entró cargando tres bolsas enormes, con el cabello un poco despeinado y el rostro encendido por el esfuerzo. En cuanto puso un pie dentro de la pequeña casa, el olor a comida recién hecha se esparció como un abrazo cálido.
–¡Ya llegué! –exclamó, dejando las bolsas sobre la mesa improvisada–. Lo siento por traer comida de afuera, pero cuando estemos organizados vamos a comer mucho mejor. Esto es solo por hoy, ¿sí?
Mateo sintió que el alma se le escapaba del cuerpo.
Se quedó mirando las bo