Luciano apagó el motor del auto y volteó a ver a Bianca, que seguía revisando su teléfono sin sospechar nada.
–Bueno –dijo él con voz seria–… ahora es hora de ir a casa.
Bianca levantó la mirada lentamente.
–¿A casa? –preguntó, frunciendo el ceño–. ¿Qué casa?
–La nuestra –respondió Luciano, como si fuera lo más obvio del mundo–. Ya estás casada conmigo. Es normal que vivamos juntos, ¿no?
El corazón de Bianca dio un brinco.
No estaba preparada para eso.
No tan rápido.
No así.
–Pero–balbuceó–… yo