Luciano apagó el motor del auto y volteó a ver a Bianca, que seguía revisando su teléfono sin sospechar nada.
–Bueno –dijo él con voz seria–… ahora es hora de ir a casa.
Bianca levantó la mirada lentamente.
–¿A casa? –preguntó, frunciendo el ceño–. ¿Qué casa?
–La nuestra –respondió Luciano, como si fuera lo más obvio del mundo–. Ya estás casada conmigo. Es normal que vivamos juntos, ¿no?
El corazón de Bianca dio un brinco.
No estaba preparada para eso.
No tan rápido.
No así.
–Pero–balbuceó–… yo pensé que…
–No pienses tanto –la interrumpió Luciano con una sonrisa que pretendía ser confiada, pero tenía un toque de nervios–. Vamos.
El carro avanzó un par de calles más, alejándose del centro. Bianca miró por las ventanas: locales cerrados, postes viejos, una que otra casa con pintura descascarada. Después de diez minutos, pararon frente a una pequeña vivienda de una planta, con techo de tejas y una reja oxidada.
Mateo pegó la cara contra el vidrio.
–Papá… –dijo con voz bajita–. ¿Qué es es