El teléfono de Luciano vibró sobre la mesa de su despacho cuando el reloj marcaba las cuatro de la tarde. El nombre en la pantalla era el que había estado esperando durante semanas: Sotelo.
—Dime —respondió, su voz tensa por la anticipación.
—Señor Del Valle —la voz de Sotelo sonaba profesional como siempre, pero había un dejo de satisfacción en ella, esa que solo aparece cuando después de mucho esfuerzo se encuentra lo que se busca—. Lo tengo.
Luciano se enderezó en su silla, todos sus sentido