Mundo de ficçãoIniciar sessãoUna noche. Un desconocido. Una decisión que podría cambiarlo todo. Amelia Wilson lucha por mantener a flote su negocio y no puede permitirse rechazar a ningún cliente, ni siquiera cuando descubre que el prometido de la boda que podría cambiar su futuro es el mismo hombre con el que pasó una noche explosiva. Dimitri Smirnov, heredero de un imperio petrolero ruso, está a punto de casarse. Frío, calculador y poderoso, nunca mezcla el placer con los negocios… hasta que Amelia reaparece y lo obliga a enfrentarse a una verdad incómoda: ignorarla es imposible. Mientras la boda avanza, el deseo y el peligro se entrelazan. Entonces, una noticia lo cambiará todo… y nada volverá a ser igual.
Ler maisAmelia luchaba por no bostezar. Nunca había estado en una conversación tan aburrida como aquella.
¿En que momento había dejado que su mejor amiga la convenciera de aquella locura?
Durante la última media hora, Elias no había dejado de hablar. Podría haber sido divertido escuchar sobre los países que había visitado… si él se hubiera molestado en decir algo realmente importante sobre alguno de ellos. Pero todo lo que decía se reducían a críticas: lo que le faltaba a tal hotel, a determinado restaurante, o cómo se había aburrido de las playas de otro destino. Mientras, por supuesto, se aseguraba de dejarle claro cuán exitoso era y cuánto dinero poseía.
—¿Qué te parece si continuamos esta interesante conversación en mi departamento? —preguntó él.
Amelia apretó los labios para evitar soltar un bufido.
No había manera de que ella aceptara. Tenía que irse, pero no creía que Elias fuera a aceptar una negativa fácilmente.
—Tengo que ir al baño —se excusó, tomando su bolso.
—Por supuesto. Aquí te espero.
Amelia se dirigió al baño apresurada; necesitaba un respiro antes de enfrentarse a Elias otra vez.
***
Dimitri salió del baño, sumido en sus pensamientos. Había tenido un día largo y estaba agotado; deseaba regresar a casa, pero había acordado encontrarse con su mejor amigo, Blaze, en aquel lugar para tomar unas copas. Necesitaba unos tragos para lidiar con la cólera acumulada: un maldito imbécil había perdido unos documentos importantes y casi les costaba un contrato clave.
Su teléfono vibró con una notificación justo cuando la puerta se cerraba a sus espaldas. Lo sacó del bolsillo y soltó una maldición al leer el mensaje de Blaze: no iba a llegar. Guardó el celular y comenzó a caminar, pero se detuvo al ver que una pareja bloqueaba la mitad del pasadizo. El hombre tenía a la mujer contra la pared.
Dimitri no quería entrometerse, así que intentó rodearlos, pero entonces escuchó la voz desesperada de la mujer:
—Esto no me gusta. ¿Puedes hacerte para atrás?
—Oh, vamos, preciosa, no hace falta que te hagas de rogar —respondió el hombre con arrogancia.
Durante un segundo consideró continuar de largo. No tenía idea de lo que estaba ocurriendo allí y, sinceramente, tampoco le interesaba; bien podría tratarse de una pelea de amantes y su intervención quizá no sería bienvenida. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de la mujer, vio la mezcla de pánico y desesperación en ellos. Sin pensarlo más, colocó una mano firme sobre el hombro del hombre.
—¿Está todo bien? —preguntó, con voz firme.
—¿Qué demonios? —El hombre sacudió el hombro bruscamente para despegarlo, pero Dimitri mantuvo la presión sin ceder.
Amelia soltó un suspiro de alivio al darse cuenta de que ya no estaba sola. Apenas había salido del baño cuando Elias la había acorralado, intentando besarla a la fuerza. Su corazón todavía golpeaba con fuerza contra su pecho y su cuerpo permanecía paralizado por el miedo.
Elias se giró hacia el hombre que acababa de aparecer, irritado.
—¿Por qué no te metes en tus propios asuntos, amigo?
Él lo ignoró por completo. Con calma, extendió la mano hacia Amelia. Sin dudarlo, la tomó y se colocó a su lado. Alto, con pómulos marcados, mandíbula fuerte y hombros anchos, su salvador emanaba una amenaza silenciosa. No estaba segura si solo representaba un peligro para Elias o también para ella. Había una gran posibilidad de que fuera peor que su cita, pero en ese instante era su única oportunidad de escapar sin riesgo.
—¿Qué m****a? —maldijo Elias con cólera, mirándola—. ¿Quién diablos te crees? —Gritó esta vez al hombre junto a ella y lanzó un puñetazo.
Amelia soltó un ahogado grito de susto, pero pronto comprendió que su temor era infundado. Su salvador esquivó el golpe con agilidad, lo tomó del brazo, giró su muñeca hasta forzarla contra la espalda y, con un movimiento firme, lo estrelló contra la pared.
—El hombre que puede darte una paliza aquí mismo y no recibir ningún castigo.
—Está bien… lo siento —gimió Elias, adolorido.
Amelia rodó los ojos. Ya no era tan valiente ahora que estaba frente a alguien más fuerte que él.
Dimitri soltó al tipo, dio un paso atrás y le hizo un gesto a la mujer para que comenzara a caminar y la siguió de cerca.
—Gracias por eso —dijo ella—. Me llamo Amelia, por cierto.
—Dimitri.
—Bueno, gracias, Dimitri, y lamento mucho que tuvieras que verte involucrado en mis problemas.
—Deberías pensar en salir con tipos más decentes —comentó él, sin rastro de juicio en la voz, como si simplemente constatara un hecho.
—Oh, ni siquiera lo conocía hasta hoy. Mi amiga me arregló una cita con él y dijo que era un tipo decente. O es un buen actor o mi amiga tiene problemas para darse cuenta de cuándo alguien es un verdadero estúpido —intentó bromear.
En cuanto llegaron al salón principal, el sonido de la música y el bullicio de las conversaciones se sintieron sorprendentemente relajantes.
—Nuevamente, gracias. Espero algún día poder pagártelo. Creo que debería irme… —dijo Amelia, esbozando una sonrisa nerviosa y dando un paso adelante, pero se detuvo.
No quería volver a casa. Aún estaba afectada por lo ocurrido, y su padre se daría cuenta de que algo le sucedía en cuanto la viera; lo último que quería era preocuparlo. Tal vez podría quedarse un rato en la barra y distraerse… pero eso solo aumentaba la posibilidad de que Elias la abordara de nuevo. Solo pensarlo le recorrió un escalofrío por la espalda.
—¿Estás bien? —preguntó Dimitri.
Debería haberla dejado atrás; ya la había ayudado. Sin embargo, algo en ella despertó su curiosidad. Además, el rastro de miedo que aún se reflejaba en su rostro lo hizo decidir quedarse.
—Sí… solo que no sé a dónde ir ahora —respondió Amelia con un suspiro.
—Quizá tu casa sería el mejor lugar.
—Sí, pero cuando me haya calmado… Vivo con mi padre y no quiero que me vea así.
—Entonces, ¿por qué no me acompañas a tomar una copa?
Amelia dudó un instante. No parecía buena idea después de lo que acababa de pasar con Elias; nada le aseguraba que Dimitri no fuera otro imbécil pervertido. Era atractivo, del tipo rudo.
—O no —dijo él, como si estuviera a punto de marcharse.
—Está bien —aceptó ella impulsivamente. Después de todo, él la había salvado—. Pero la primera bebida va por mi cuenta. Un agradecimiento por ayudarme.
Alaric recorrió el lugar con la mirada, aún sosteniendo a Miles contra él y el arma apuntándole. Sus ojos se movían rápido por cada una de las personas de la habitación y las posibles vías de escape. Dimitri sabía que estaba midiendo sus opciones.Casi deseó que intentara alguna estupidez para dispararle. Aunque no planeaba matarlo. Sería demasiado fácil.—Deberías hacer lo que mi hermano dice —intervino Sergey con calma, avanzando desde uno de los flancos. Había llegado con uno de los otros grupos—, antes de que él decida dispararle a Miles para llegar a ti.Alaric soltó una maldición entre dientes y empujó a Miles con brusquedad. Miles trastabilló, perdiendo el equilibrio, pero uno de los hombres de Dimitri lo sujetó antes de que cayera al suelo y se lo llevó hacia un rincón, fuera de la línea directa.Dimitri no se movió. Mantuvo el arma en alto.—Tira el arma —ordenó, sin elevar la voz.Alaric esbozó una sonrisa tensa.—Sería un estúpido si lo hiciera. Es lo único que evita que m
A Dimitri no le sorprendió en absoluto el lugar que Alaric había elegido para reunirse con Miles. Eran unos almacenes abandonados en las afueras de la ciudad, rodeados de terreno vacío y caminos poco transitados. Lo que Alaric no sabía era que aquel sitio también era perfecto para lo que Dimitri tenía en mente o habría reconsiderado su decisión. Observó a lo lejos la estructura de concreto desgastado y las entradas laterales medio cubiertas por contenedores oxidados. Oliver ya había revisado los accesos y distribuido a los hombres en puntos estratégicos. Cuatro cubrían la salida trasera. Otros cuatro rodeaban el perímetro. Y tres hombres estaban con él. Dimitri permanecía en silencio, con la mandíbula tensa y la mirada fija al frente.En su oído, la voz de Miles llegó a través del transmisor oculto que le habían colocado antes de enviarlo allí. El equipo de Alaric no lo había detectado, aunque tampoco era de sorprender; su revisión había sido una jodida broma. —¿Dónde demonios has
Amelia negó con la cabeza mientras su esposo la sacaba de la habitación en una silla de ruedas. Había insistido en que no era necesario, pero Dimitri se había negado rotundamente a dejarla ir a cualquier lado si no se sentaba primero. Incluso había amenazado con cargarla él mismo y dejarla en la silla si seguía discutiendo. Así que se había rendido. Necesitaba escoger sus batallas. —Cuídese, señora Smirnova —dijo una de las enfermeras con una sonrisa amable. —Gracias… y gracias por todo.La enfermera asintió. Recorrieron los pasadizos hasta el ascensor y luego bajaron una planta. Dos guardaespaldas los acompañaban, y Amelia sabía que había otro par vigilando el piso donde estaba su hija. Su pequeña debía ser la bebé mejor custodiada de la ciudad. Aunque aquello parecía una exageración, le daba una sensación de tranquilidad y la había ayudado a dormir mejor por la noche.Llegaron al área de neonatología y una de las enfermeras les concedió el acceso.—Señores Smirnov —saludó, acerc
Dimitri presionó el arma un poco más contra la sien de Miles cuando este se mantuvo en silencio. Era un hombre paciente, pero los acontecimientos de los últimos días lo habían llevado al límite.—¡Está bien! ¡Está bien! —gruñó Miles, con la respiración agitada—. Te diré todo lo que sé, pero aleja esa maldita arma de mí.Dimitri lo observó sin moverse. A propósito tardó en apartarse; quería que el miedo terminara de instalarse en él, que entendiera perfectamente que aquello no era una amenaza vacía.Solo entonces se echó hacia atrás y guardó el arma de nuevo en el cinturón.Ocupó una de las sillas vacías y esperó a que Miles ocupara la otra.—Si intentas mentirme, no habrá más advertencias —advirtió, con frialdad—. A nadie aquí, ni probablemente fuera de esta habitación, le importa lo que te suceda.Miles tragó saliva antes de asentir. Tenía el rostro pálido y las manos le temblaban apenas, aunque intentaba disimularlo golpeando la mesa con los dedos. Su cara empezaba a inflamarse y lo
Último capítulo