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Capítulo 2: Una decisión

Dimitri esperó a que Amelia se sentara en el taburete antes de acomodarse a su lado.

—¿Qué te gustaría tomar? —preguntó.

—Una mimosa de frambuesa.

Dimitri sonrió levemente. Dulce, pensó; algo que combinaba con la suavidad que percibía en ella. Hizo un gesto al barman, que se acercó de inmediato.

—Un vodka para mí y una mimosa de frambuesa para la señorita.

Amelia lo observaba de reojo, incapaz de despegar la mirada de su rostro. 

El silencio se extendió entre ellos y Amelia empezó a sentirse incómoda. Por lo general no era alguien callada ni le costaba relacionarse con los demás, pero en ese momento no se le ocurría nada bueno que decir, y un hormigueo extraño le revolvía la boca del estómago.

Clavó la mirada en las bebidas del estante del bar, sin realmente verlas. Cada segundo se alargaba, pesado y tenso, hasta que el barman finalmente le entregó su copa. Amelia le dio una sonrisa agradecida y tomó un sorbo, esperando que el licor la ayudara a calmar los nervios.

Soltó un pequeño gemido de satisfacción al probar la bebida. Había tomado aquella mimosa antes, pero nunca una tan deliciosa.

De repente, escuchó que Dimitri decía algo en voz baja. Giró el rostro, dejando la copa sobre la barra, y sus ojos se encontraron con los de él. Sus mejillas se encendieron al sentir la intensidad de su mirada. Sin apartarla, Dimitri dio un sorbo a su vodka.

Un calor inesperado recorrió el cuerpo de Amelia y se instaló entre sus piernas. Su propia reacción la tomó por sorpresa, aunque intentó ignorarla. 

—¿A qué te dedicas? —preguntó Dimitri con la voz ronca.

Amelia dio un respingo, saliendo de su trance. Una sonrisa se dibujó en su rostro al procesar las palabras de Dimitri. Era inevitable: cuando pensaba en su negocio, no podía evitar entusiasmarse.

—Soy organizadora de bodas —dijo con orgullo—. Tengo mi propio negocio; es pequeño, pero espero que con los años crezca más. Trabajo mucho y no suelo salir tanto. Esta es la primera cita que acepto en años, y me pasa esto —sonrió para aliviar la tensión que la recorrió al recordar a Ethan—. Como sea, estudié Gestión de Eventos, terminé hace más de un año y abrí mi propio negocio. He tenido un par de buenos clientes en los últimos meses. ¿Has oído hablar de Marleen King? Es una influencer de moda; organicé su boda y fue todo un éxito.

Las palabras se derramaron de su boca como un torrente verbal. Al parecer, su mutismo momentáneo había quedado atrás. Se quedó en silencio y su rostro se calentó al notar que Dimitri la miraba fijamente, con una expresión difícil de leer, probablemente comenzaba a arrepentirse de haberla invitado a beber.

—¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó él.

—Soy director ejecutivo de una compañía —respondió Dimitri, sin dar más detalles.

Por lo general, estaba rodeado de personas que conocían muy bien quién era; no necesitaba presentaciones. Y las mujeres no perdían oportunidad de coquetear con él, con la esperanza de convertirse en la próxima señora Smirnov. Eso, por supuesto, nunca sucedería.

Amelia, en cambio, no sabía nada de él, y eso le resultaba refrescante. Tampoco le interesaba averiguar si era de esas mujeres que solo podían ver su fortuna en cuanto descubriera quien era. Así que prefería mantener el misterio y disfrutar de la situación a su manera.

—Debí suponerlo —dijo Amelia, mirándolo de pies a cabeza—. Tienes la apariencia de un hombre de negocios.

Dimitri no pudo apartar la mirada mientras ella llevaba la copa a los labios otra vez. Casi esperaba que volviera a soltar aquel gemido, el mismo que antes le había arrancado una maldición y que había creado una presión incómoda en su pantalón.

Amelia parecía no ser consciente de su atractivo, y eso la hacía aún más irresistible. 

Sus ojos la observaron, ávidos. Era una mujer hermosa. Su cabello castaño caía en ondas suaves, enmarcando su rostro de facciones delicadas. Sus ojos eran una ventana abierta  a sus emociones, como cuando ella lo miró con evidente deseo. Tenía el labio superior delgado y el inferior ligeramente más lleno, lo suficiente para tentarle a darle una mordida.

El vestido se ceñía a su figura, resaltando cada curva de manera sutil pero provocativa, y la pequeña abertura lateral que subía hasta la mitad de su muslo dejaba al descubierto parte de sus piernas. Y luego estaba esa energía que desprendía, algo indefinible pero magnético, que lo atraía más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Durante la siguiente hora, Amelia le habló de su vida entre risas y gestos animados. Era parlanchina, pero lejos de molestarle, Dimitri descubrió que disfrutaba escuchándola. Había algo genuino en su forma de hablar, algo que lo mantenía atento.

A medida que el tiempo transcurría, la tensión entre ambos se volvió más palpable. Aunque Amelia intentaba mostrarse relajada, él podía ver el brillo de deseo en sus ojos, el mismo que lo impulsaba a desviar la mirada hacia sus labios una y otra vez.

Finalmente, cansado de imaginar su sabor, Dimitri alzó una mano y le acarició la mejilla con suavidad antes de inclinarse hacia ella.

—¿Puedo? —susurró, cerca de sus labios.

Amelia contuvo el aliento, y antes de entender lo que estaba haciendo, asintió. Una mezcla de nervios y deseo la dominaba.

Dimitri acortó la distancia entre ellos y la besó. Los labios de Amelia eran suaves y tenían el sabor de frambuesas impregnado en ellos. Deliciosos. Él no tuvo prisa; exploró con calma, disfrutando del momento. 

Se apartó apenas un instante, lo suficiente para mirarla a los ojos, y luego volvió a besarla. Esta vez con más fuerza, con hambre. Fue un beso que reclamaba, que la hacía suya.

Ella soltó un gemido, y él aprovechó para profundizar el beso, invadiendo su boca con la lengua. Un gruñido escapó de su garganta mientras sus lenguas se entrelazaban en un juego intenso, exigente.

Amelia se aferró a su chaqueta, buscando eliminar la distancia que aún los separaba. El calor entre ellos creció con rapidez, hasta volverse casi insoportable.

Dimitri tuvo que recordarse dónde estaban. Se obligó a apartarse, respirando con dificultad. El murmullo del restaurante volvió a hacerse audible, trayéndolo de regreso a la realidad. No recordaba la última vez que había perdido el control de aquella manera, pero en ese momento se había olvidado por completo de que no estaban solos. Había estado peligrosamente cerca de tumbar a Amelia sobre la barra.

Tal vez debería dejarla marcharse y seguir con su vida. Pero sabía que no lo haría. No era bueno el efecto que ella tenía sobre él, y aun así no era lo suficientemente fuerte para resistirse.

—Ven conmigo a mi casa —dijo él, casi ordenó, con la voz baja, ronca.

Ella se tensó, sus labios entreabiertos y el corazón golpeándole con fuerza en el pecho. Por un instante pensó en negarse. Aquello era una mala idea, apenas lo conocía. Pero cuando sus miradas se cruzaron, supo que quería saber lo que sentiría al estar entre sus brazos.

—Está bien —susurró al fin, casi sin aliento.

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