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Capítulo 7: Un hombre infiel

Dimitri observaba a Amelia con atención. Ella estaba concentrada —o al menos fingía estarlo— en explicar su método de trabajo y responder a las preguntas de Lilly. 

Sin embargo, por mucho que fingiera profesionalismo, sabía que estaba nerviosa. Durante la última media hora, ella apenas lo había mirado un par de veces y en ambas ocasiones, cuando sus ojos se habían encontrado con los de él, había desviado rápido la mirada. 

No podía negar que era buena en lo que hacía. No solo complacía a Lilly con facilidad, sino que también sabía ponerla en su lugar cuando la situación lo exigía, sin ser grosera. Habría sido una negociadora formidable si se hubiera dedicado a los negocios. 

En esa ocasión, su maquillaje era más sutil y no llevaba un vestido largo y provocador, pero aun así emanaba la misma sensualidad y belleza que recordaba de aquella primera vez. Aun así, no debía dejarse engañar por la atracción. 

Cuanto más lo pensaba, menos creía que aquello fuera una casualidad. No sería la primera vez que una mujer intentaba sacar algún provecho de él.

Quizás estaba pensando en un chantaje. 

Tenía que encontrar la manera de librarse de ella. Había otras planificadoras de bodas; seguro podría convencer a Lilly de que contrataran a alguien más.

—Eso sería todo —dijo Amelia—. Si les surgen otras preguntas, puedo resolverlas en el futuro.

Dimitri no estaba seguro de por qué, pero tuvo el presentimiento de que ella no estaba siendo del todo sincera. 

—Estupendo, entonces creo que ya podemos firmar los contratos —intervino Lilly.

—De hecho, me gustaría revisarlo antes de eso —interrumpió Dimitri, y creyó ver un destello de alivio en la mirada de Amelia.

—Mi prometido se toma muy en serio los contratos.

—Como debería ser —expresó con tono cortante—. No quiero problemas futuros.  

—Aquí tiene —dijo Amelia, extendiéndole una carpeta con los documentos—. Allí está todo lo que les expliqué antes. Tómense el tiempo que necesiten para revisarlo.

Dimitri no pudo evitar esbozar una sonrisa divertida. Le resultaba curioso —y un poco irritante— que hablara con tanta formalidad, cuando la había tenido debajo de él, temblando de deseo y rogándole por más, con las uñas marcando su espalda. Entonces, no había dudado en llamarlo por su nombre. 

—No demasiado —musitó Lilly, claramente contrariada—. No tenemos tanto tiempo y hay mucho que hacer.

—Es mejor ser precavidos —respondió Dimitri con calma—. Haré las investigaciones necesarias antes de firmar cualquier contrato. 

—Le aseguro que mi negocio está en orden y que soy una persona confiable —replicó Amelia, sin perder la compostura—. No se puede lo mismo de todo el mundo, ¿verdad, señor Smirkov?

Dimitri percibió el fuego contenido en su mirada; casi parecía capaz de abalanzarse sobre él y clavarle un tenedor de la mesa.

—Ahora, si me disculpan, tengo que retirarme —continuó Amelia sin esperar respuesta y tomó su bolso. No podía permanecer allí más tiempo o haría alguna estupidez de la que se arrepentiría.  

—Déjeme llevarla —ofreció Dimitri, aunque su tono sonó más a orden que a sugerencia.

Amelia soltó una pequeña risita; la disimulo, de inmediato, detrás de una tos, y se cubrió la boca con la mano. Apostaba a que él esperaba que ella obedeciera sin rechistar; seguro estaba acostumbrado a que el mundo se doblegara a sus deseos… Ella lo había hecho en la cama. 

Lilly observaba a su prometido, con el ceño ligeramente fruncido, evidentemente sorprendida por su oferta inesperada.

—No es necesario —dijo Amelia, manteniendo su voz profesional—. Estoy segura de que, como hombre de negocios, tiene una agenda muy ocupada.

—Yo creo que sí lo es. Tengo algunas preguntas legales —replicó Dimitri, sin añadir más explicación. Necesitaba averiguar que demonios estaba tramando aquella mujer. 

—¿Cuáles son sus dudas? —preguntó Amelia, con un tono cordial pero desafiante—. Puedo responderlas en este momento, pero si es algo demasiado complejo le diré a mi abogada que se ponga en contacto con usted. 

—Mencionó otro compromiso. No quiero que llegue tarde —respondió él, fijando la mirada en ella con una intensidad que dejaba claro que no iba a ceder.

Se produjo un enfrentamiento silencioso por los siguientes minutos. 

«Imbécil», pensó Amelia. 

Esbozó una sonrisa contenida y asintió, mientras fantaseaba con cientos de escenarios en los que lo mataba lenta y dolorosamente. 

Una leve sonrisa curvó las comisuras de los labios de Dimitri, y un brillo de triunfo apareció en sus ojos, haciendo que la ira de Amelia se intensificara aún más.

Ella tomó un sorbo de su vaso de agua y desvió la mirada hacia un punto indistinto en algún lugar, tratando de recuperar la compostura.

—Lilly, vamos —dijo Dimitri, después de saldar la cuenta—. Te acompañaré a tomar un taxi. A menos que quieras viajar con nosotros. 

—Un taxi estará bien. Tengo otros compromisos y la verdad no me apetece discutir sobre temas tan aburridos. Es una suerte que tú tengas conocimiento al respecto.

Los tres salieron del restaurante. Subieron a Lilly a un taxi y luego se dirigieron al auto de Dimitri. Él abrió la puerta del copiloto y miró a Amelia.

—De nada va a servirte correr —dijo al ver que ella miraba alrededor.

—No estaba pensando en hacerlo.

Dimitri lo miró con incredulidad. 

Con una expresión de descontento, Amelia se subió al auto. Él entró justo detrás de ella. 

—¿A dónde? —preguntó.

—A mi oficina —dijo Amelia, indicándole al conductor la dirección de su pequeño local, y luego mirando por la ventana.

Se sentía incómoda, incluso avergonzada, en aquel auto. Probablemente, el conductor la había reconocido al verla. Aquel día parecía empeorar con cada minuto, y con cada instante sentía que se acercaba peligrosamente a perder el control.

Dimitri presionó un botón y se elevó un vidrio que los separaba de los asientos de en frente. Un silencio pesado llenó el vehículo mientras avanzaban hasta que Amelia finalmente decidió hablar. 

—¿Qué querías preguntarme? 

—Nada —respondió él—. Solo necesitaba hablar contigo en privado.

Amelia abrió y cerró la boca, atrapada entre mil pensamientos que clamaban salir, la mayoría eran insultos que pugnaban por salir. Finalmente, se rindió y se giró hacia él

—¡Eres un idiota!… y eso ni siquiera empieza a describirte. Maldito infiel, traicionero —soltó, con la voz cargada de rabia y decepción—. No puedo creer que vayas a casarte. ¿Tu prometida sabe que tienes por costumbre acostarte con otras mujeres?  

—No deberías insultar a quién podría pagar tus honorarios —respondió Dimitri, seco. 

—No he firmado el contrato, y tampoco pienso hacerlo. Así que puedes quedarte con tu dinero y buscar a alguien más para que se encargue de tu boda, esperemos que no sea otra mujer con la que también te acostaste. 

Dimitri soltó una risita carente de humor. 

—Actúas muy bien. ¿Cuánto dinero quieres?

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Natalia Pizzolattoesto se puso interesante
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