Mundo ficciónIniciar sesiónAmelia soltó un gemido al darle un mordisco al cupcake de chocolate y cerró los ojos. No había nada mejor que un poco de dulce para arreglarle la mañana.
Cuando los abrió de nuevo, notó que Sophie tenía esa expresión que solía poner cuando estaba tramando algo. A veces se preguntaba cómo lograba mantener una máscara inexpresiva en el juzgado, pero se delataba con tanta facilidad fuera de él.
Frunció el ceño y dejó el cupcake dentro de la pequeña caja, junto a las perfectas filas del resto. Tenía ganas de terminar al menos el que ya había empezado, pero antes iba a averiguar qué se traía entre manos su mejor amiga.
—Dime que no me organizaste otra cita a ciegas —dijo, asumiendo lo peor—. ¿Por qué nada de lo que me digas va a convencerme esta vez?
Habían pasado tres semanas desde aquella desastrosa cita con el conocido de Sophie, y Amelia no tenía planeado volver a salir en una cita a ciegas por un buen tiempo.
Al menos su mala experiencia había servido para que su amiga dejara de intentar emparejarla con alguien.
—Si lo piensas detenidamente, no te fue tan mal la última vez —replicó Sophie, subiendo y bajando las cejas con picardía—. Ethan resultó ser un completo idiota, pero tu salvador…
Amelia rodó los ojos, aunque podía sentir cómo sus mejillas se calentaban.
No había podido evitar contarle lo sucedido a su amiga, incluyendo que el desconocido que la había salvado le dio dado el mejor sexo de su vida. Claro que se había guardado algunos detalles; esos eran solo para su mente… y para aquellas noches en las que estaba sola en su cama.
—Sophie —dijo en tono de advertencia.
—Tranquila, nada de citas a ciegas. Aunque está este tipo…
—No.
Sophie soltó un resoplido.
—Está bien, está bien.
—Si no se trata de una cita, ¿por qué estás sonriendo como el ratón que se comió el queso?
—Ayer uno de los clientes del bufete nos visitó y vino acompañada de su hija. Empezamos a hablar y, para resumir, le propusieron matrimonio hace poco. Así que mencioné que mi mejor amiga es organizadora de bodas… y también dejé caer que tú fuiste quien organizó la boda de Marleen King. —Sophie sonrió con orgullo—. Resulta que ella es fan de Marleen y siguió todo el proceso de su boda por redes sociales. Estaba encantada con tu trabajo, así que te conseguí una entrevista.
Amelia la miró, insegura.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no estás saltando en un pie de felicidad?
—No lo sé, Sophie. —Dudó un momento antes de continuar. ¿Por qué simplemente no le agradecía y tomaba el trabajo?—. En serio, te agradezco por todo lo que haces por mí, no quiero que pienses que soy una malagradecida. Y claro que quiero que mi negocio crezca… pero al bufete va gente… ¿millonaria?
Sophie trabajaba en un bufete que solo atendía a personas capaces de pagar abogados con honorarios exorbitantes. Su amiga misma provenía de una familia de dinero, aunque eso no significaba que no se hubiera ganado su lugar. Había trabajado duro para llegar a donde estaba; el apellido de sus padres solo le había dado el último impulso.
Su amiga la miró como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
—No es el tipo de personas con las que quiero trabajar —continuó Amelia, consciente de que sonaba bastante tonta. Después de todo, la mayoría de organizadoras de bodas quería clientes con dinero, con presupuestos ilimitados. Pero ese nunca había sido su primer requisito al planificar una boda.
Su verdadero sueño era ayudar a parejas enamoradas a tener una boda hermosa, digna de su propio cuento de hadas, incluso si no contaban con recursos ilimitados para hacerlo realidad. Disfrutaba de conocer las historias de las parejas y hacer bodas a su medida.
—Y luego está el hecho de que probablemente se trate de una boda de dimensiones astronómicas —continuó—. No creo estar preparada para eso… ni para todo lo que implica. Mi negocio apenas está comenzando. ¿Qué pasará si no logro estar a la altura?
—Cariño, eres capaz de mucho más de lo que crees. El vivo ejemplo es la boda de Marleen. Tuviste que lidiar con mucho para organizarla y, aun así, todo salió perfecto.
Amelia sonrió con orgullo. Era cierto; organizar la boda de Marleen no había sido nada fácil, y seguro le había costado un par de canas prematuras, pero lo había logrado con éxito. Además, le había dado cierto reconocimiento y algo de lo que presumir.
—Y, seamos honestas —continuó Sophie con tono firme—, ahora mismo no tienes demasiadas opciones. Necesitas el dinero para pagar las cuentas y mantener tu negocio a flote. Hay gente que depende de ti. Míralo por el lado bueno: si ella decide contratarte, podrás cobrar lo que consideres justo. Nada de descuentos a cambio de “promoción en redes”.
Amelia suspiró. Su amiga tenía razón. No estaba en posición de ponerse exigente, no con otras personas dependiendo de ella.
Por supuesto, había tenido otras bodas que organizar después de la de Marleen, pero, como todo negocio naciente, los pagos apenas habían alcanzado para cubrir lo básico.
—En una escala de Marleen, ¿qué tanto sufriré con esta potencial cliente?
Marleen era una diva y había estado cerca de perder la paciencia con ella en más de una ocasión.
Sophie hizo una mueca.
—¿Un ocho?
Amelia soltó un largo suspiro.
—Supongo que puedo hacerlo.
Su amiga chilló de emoción, y Amelia no pudo evitar reír también. Si conseguía ese trabajo, al menos podría respirar tranquila unos meses. En el futuro, cuando todo fuera mejor, podría darse el lujo de escoger a sus clientes.
—Esta es su tarjeta —dijo Sophie, sacando un pequeño papel de su bolso y dejándolo sobre la mesa—. Me pidió que la llames para que coordinen una cita.
—La contactaré más tarde. —Recuperó su cupcake y le dio otro mordisco.
Iba a necesitar azúcar, mucha azúcar, para sobrevivir a aquella boda… si es que la contrataban. Y sus caderas, sin duda, pagarían el precio.







