Mundo ficciónIniciar sesiónEl departamento de Dimitri estaba en uno de los edificios más lujosos de Nueva York. El vestíbulo tenía seguridad privada, cámaras en cada esquina y un silencio elegante que imponía respeto.
Amelia observó su reflejo en las puertas de acero del ascensor mientras esperaban. Había comenzado a tensarse desde el trayecto en el auto, pero ahora sentía que su incomodidad crecía aún más. Si se había sentido fuera de lugar en el gastrobar, aquello era mucho peor.
Ni en sus mejores sueños podía imaginar vivir en un lugar así. Ya había notado que Dimitri era un hombre de dinero: se veía en la calidad de su traje, probablemente hecho a medida, y la seguridad con la que se movía. Pero no había comprendido la magnitud de cuan rico era hasta que vio un chofer esperándolos a la salida del restaurante y luego al entrar en aquel edificio.
—¿Está todo bien?
Giró la cabeza para decirle a dimitri que había cambiado de opinión, pero las puertas se abrieron justo en ese momento y las palabras murieron en su boca.
Dimitri colocó una mano firme en la parte baja de su espalda para guiarla dentro del ascensor. El contacto le provocó una descarga eléctrica que la recorrió de pies a cabeza. Antes de que el sentido común se antepusiera, empezó a avanzar.
Dimitri digitó una clave en la pantalla táctil, y el ascensor comenzó a moverse.
El espacio cerrado parecía empequeñecerse con cada segundo que pasaba y el aire en el interior se volvió denso. Amelia apenas podía respirar y su corazón latía descontrolado.
El sonido del ascensor deteniéndose la hizo sobresaltarse. Las puertas se abrieron directamente hacia un departamento sumido en la oscuridad. Apenas cruzaron el umbral, las luces se encendieron automáticamente, revelando un espacio elegante.
Un aroma a limpio, mezclado con cuero y una fragancia masculina que Amelia ya había identificado en Dimitri —refinada, cálida y fresca—, impregnaba el aire.
—Nos prepararé algo de beber —dijo Dimitri con su voz grave mientras avanzaba hacia la barra, situada junto a la sala de estar—. Ponte cómoda.
Amelia asintió. Dio unos pasos vacilantes y dejó que su mirada recorriera el lugar. Cada detalle gritaba que aquel era el departamento de un hombre de negocios. El mobiliario era moderno y elegante, con predominio de la madera oscura; los sofás de cuero negro parecían tan caros como incómodamente perfectos. En las paredes colgaban un par de cuadros abstractos. Pero no había ni una sola fotografía familiar o algún objeto que revelara algún detalle personal.
Entonces, sus ojos se posaron en los ventanales que daban al exterior y se olvidó de lo demás. Sus pies la acercaron hasta allí antes de que siquiera lo pensara. Iban desde el suelo hasta el techo, y detrás de ellos se extendía una vista impresionante de Nueva York, con miles de luces titilando.
—Es increíble —comentó, admirando la ciudad—. No recuerdo si alguna vez he estado tan arriba. Todo se ve diferente desde aquí.
Dimitri se acercó a ella por detrás, deslizando sus manos suavemente sobre sus caderas.
—En este momento no me interesa ver el paisaje —murmuró, depositando un beso tierno en su mejilla y deslizando un vaso hacia adelante.
Amelia lo tomó. Un leve temblor la sacudió producto del roce de los dedos de Dimitri contra los suyos. Se dio la vuelta para verlo y, sosteniendo su mirada, dio un pequeño sorbo a la bebida. El líquido dulce y fresco se sintió como un bálsamo momentáneo para el calor que comenzaba a consumirla.
El silencio se prolongó, cargado de una tensión que podía sentirse en el aire. Ninguno apartaba la mirada. Las inseguridades que la habían atormentado durante el trayecto parecían desvanecerse, y todo lo que quedaba era esa necesidad entre sus piernas.
Dimitri tomó el vaso de Amelia cuando ella vació el contenido, aprovechó el momento para inclinarse y robarle un beso. Ella suspiró contra su boca, y el sonido bastó para que él perdiera el control.
—Maldición, eres adictiva —murmuró contra sus labios, la voz baja, ronca, antes de separarse con esfuerzo.
Caminó hacia la barra y dejó los vasos encima. Se quedó de pie allí, respiró profundo en un intento por domar el impulso que lo consumía. Su miembro se sentía enjaulado y cada movimiento era una tortura.
Aun así, no quería precipitarse. Antes de sumergirse en Amelia, quería tomarse su tiempo para saborearla, sentir cada estremecimiento de su cuerpo, arrancarle gemidos hasta que su voz se quebrara.
Regresó junto a ella, que una vez más se encontraba absorta frente a los ventanales. Con delicadeza, le apartó un mechón de cabello detrás de la oreja. Sintió cómo su cuerpo se tensaba y por un instante esperó que lo rechazara. No tenía intención de forzarla a hacer nada que no deseara.
Pero Amelia permaneció inmóvil, en silencio, sin mostrar resistencia.
Dimitri dejó un beso suave sobre la curva de su cuello y sonrió contra su piel al notar que ella inclinaba la cabeza hacia el lado contrario. Tomando eso como permiso, continuó. Sus labios descendieron en un rastro de besos desde el cuello hasta los hombros.
Mientras tanto, su mano izquierda descendió hacia la abertura lateral del vestido. Al tocarla, apretó suavemente su muslo antes de deslizar la mano hacia arriba por debajo de la tela. Su mano se coló entre sus piernas, rozando sus bragas húmedas, y la acarició por encima.
—Dimitri —jadeó ella, echando la cabeza hacia atrás.
Él tomó el lóbulo de su oreja entre los dientes y le dio una suave mordida.
—Alguien está excitada —murmuró, luego, con la voz ronca junto a su oído—. ¿Estuviste así de mojada mientras estabas sentada en aquel taburete? —Hizo un lado las bragas de Amelia y deslizó un dedo en su interior.
Ella soltó un gemido.
—Me preguntó si me habrías dejado deslizar mi mano entre tus piernas, allí, delante de todo el mundo —susurró, mientras deslizaba su dedo dentro y fuera de ella.
Su sexo estaba apretado y cálido. Se iba a sentir condenadamente fenomenal cuando la tuviera envuelta alrededor de su miembro.
Deslizó otro dedo en su interior y los gemidos de Amelia subieron de volumen. Podía sentir que ella estaba cerca, cada vez más apretada, así que se detuvo.
—Dimitri, por favor… —prácticamente lloró.
—Pronto, krasivaya.
Amelia no entendió la palabra que él acaba de decir, pero su voz ronca y más profunda, en ese idioma que dedujo era ruso, le erizó la piel.
Dimitri retiró la mano con cuidado, la tomó por la cintura y, con un giro ágil, la puso frente a él. Antes de que pudiera reaccionar, estaba de rodillas frente a ella y sus manos deslizaban sus bragas hacia abajo. Luego levantó una de sus piernas y la apoyó sobre su hombro. Amelia apoyó la espalda en la ventana.







