Mundo ficciónIniciar sesiónEmma Raves buscaba una residencia tranquila; en su lugar, encontró a Noah Brook, el cirujano cardiotorácico que se convirtió en su peor pesadilla y en su deseo más oscuro. Tras una noche de debilidad que marcó el fin de su inocencia, Emma despierta en un mundo de sospechas. Él reclama la custodia de lo que aún no nace. Él exige un matrimonio que ella no desea. Pero mientras las sombras del pasado y las intrigas de la familia Brook acechan, Emma descubrirá que, detrás de los términos de un contrato frío, se esconde una obsesión que Noah no está dispuesto a dejar ir. ¿Podrá el amor sobrevivir cuando la confianza se rompe en una habitación de hospital?
Leer más—Llegas tarde, Raves. El St. Thomas no espera a las princesas —se dijo a sí misma, bajando del coche y corriendo hacia la imponente entrada del hospital.
Al cruzar las puertas automáticas, el olor a antiséptico y el sonido de los monitores la recibieron como un bofetón.
—¡Emma! ¡Por aquí, antes de que nos maten! —gritó una voz familiar.
Era Mia Thorne, que agitaba un café como si fuera una bandera de auxilio. A su lado, Cloe Sterling revisaba su tableta con una calma envidiable, mientras Samantha Beckett murmuraba nombres de nervios craneales y Fabricio Conti se retocaba el cabello frente al reflejo de una vitrina.
—Dime que no nos asignaron a la "Zona de Guerra" el primer día —jadeó Emma, uniéndose al grupo.
—Peor —dijo Cloe, levantando la vista—. Nos asignaron a él. El Glaciar. El rompe-corazones-y-carreras.
—¿El Dr. Brook? —preguntó Emma, sintiendo un escalofrío.
—El mismo —confirmó Fabricio con un suspiro dramático—. Dicen que desayuna residentes de primer año y que si pestañeas mal durante una sutura, te manda a esterilizar botes de orina por un mes.
—Chicos, no puede ser tan malo —intentó decir Emma, acomodándose la bata que le quedaba un poco larga—. Es solo un cirujano. Un ser humano que sangra igual que...
—¡R1! ¡A FORMACIÓN! —Un grito estalló desde el pasillo central, cortando las palabras de Emma.
Un hombre caminaba hacia ellos. No, no caminaba, reclamaba el suelo que pisaba. Era altísimo, una torre de autoridad envuelta en una bata blanca impecable. El Dr. Noah Brook se detuvo frente a ellos, y el aire pareció succionarse de la habitación. Sus ojos azul hielo barrieron al grupo con un desprecio clínico.
—Cinco minutos tarde —dijo Noah. Su voz era un barítono profundo que vibraba en el pecho de Emma—. En cirugía, cinco minutos es la diferencia entre una vida y un cadáver para la morgue. ¿Quién es la responsable de este grupo?
Nadie habló. Mia miró al techo, Fabricio a sus zapatos. Emma, sintiendo la presión, dio un paso al frente.
—Fui yo, Dr. Brook. El tráfico en el Puente de Londres estaba...
—No me interesa el clima, Dra... —Noah bajó la vista a la identificación de Emma, entrecerrando los ojos—. Raves. ¿Es usted de cristal, Dra. Raves? ¿O es que el peso de ese diamante en su mano le impide caminar más rápido?
Emma sintió que la sangre le subía a las mejillas. Escuchó a Samantha ahogar un jadeo.
—Mi vida personal no afecta mi velocidad, doctor. Fue un contratiempo logístico.
—En este hospital, su vida personal ha muerto —sentenció Noah, acercándose tanto que Emma pudo oler su perfume: sándalo y algo metálico, como el acero—. Aquí no es la "prometida de alguien". Aquí es un par de manos que no saben sujetar un bisturí. Si vuelve a llegar tarde, no se moleste en entrar. Se irá a casa a jugar a las tacitas con su prometido.
—¡Eso es injusto! —saltó Emma, olvidando su plan de pasar desapercibida—. Mis notas en la facultad fueron...
—Sus notas me sirven para limpiar el suelo de mi quirófano —la cortó él con una frialdad cortante—. Sígame. Ahora. Tenemos un accidente múltiple entrando por Urgencias. Si alguno de ustedes vomita sobre un paciente, está fuera.
Noah dio media vuelta, sus hombros anchos bloqueando la vista del pasillo.
—Vaya bienvenida —susurró Mia al oído de Emma mientras empezaban a trotar para seguirle el paso—. Te tiene en la mira, amiga.
—Es un imbécil —masculló Emma, apretando los puños—. Un ogro con complejo de Dios.
—Sí —añadió Fabricio, alcanzándolas—, pero admite que el imbécil camina como si fuera el dueño del universo. ¡Miren esos hombros!
—Cállate, Fabricio —dijeron Emma y Cloe al unísono.
Emma miró la espalda de Noah Brook mientras entraban al área de urgencias. El caos estalló: sirenas, camillas volando y gritos de enfermeros. Noah se movía en el centro de todo con una calma aterradora, dando órdenes sin levantar la voz.
Por un segundo, Noah se giró y su mirada chocó con la de Emma. No hubo odio, hubo un desafío eléctrico que la dejó sin aliento.
"Pásame el separador, Raves", ordenó él, señalando una herida abierta en una camilla que acababa de entrar. "Y trate de no desmayarse. No tengo camas libres para residentes inútiles".
Emma tragó saliva, se puso los guantes y se acercó. La guerra en el St. Thomas acababa de empezar.
La primera mañana en el ático de South Kensington no comenzó con el lujo que las revistas de diseño prometían. Para Emma, comenzó a las 5:30 AM con una violenta sacudida de su estómago que la obligó a correr al baño de la habitación de invitados.El eco de las náuseas matutinas era implacable. Emma se aferraba al mármol frío del lavabo, sintiendo que su cuerpo la traicionaba una vez más. El agotamiento de los días anteriores, la bofetada de Helena y la tensión del contrato habían convergido en una tormenta física que no podía controlar con su voluntad de hierro.—Maldita sea... —susurró, limpiándose el rostro con agua helada.Intentó respirar hondo, pero el olor a jabón neutro de la habitación le resultaba extrañamente estéril, casi irritante. Necesitaba salir de esas cuatro paredes que empezaban a asfixiarla. Con pasos vacilantes y envuelta en una bata de seda que le quedaba ligeramente grande, abrió la puerta y caminó hacia el salón principal.El ático estaba en penumbra, bañado ape
El trayecto hacia el ático de Noah en South Kensington fue un ejercicio de asfixia controlada. El Audi negro se deslizaba por las calles de Londres mientras la lluvia volvía a golpear los cristales, un recordatorio constante de la noche en que todo este caos comenzó. Noah conducía con una mano en el volante y la otra tensa sobre la palanca de cambios, mirando de reojo a Emma.Ella estaba apoyada contra la ventanilla, con la mejilla todavía ligeramente inflamada por el golpe de Helena y la mirada perdida en las luces borrosas de la ciudad. No había dicho una palabra desde que salieron del hospital.Cuando el ascensor privado los dejó directamente en el recibidor del ático, el lujo minimalista del lugar pareció encoger a Emma. Era un espacio de mármol, acero y ventanales inmensos; frío, impecable y carente de cualquier rastro de calidez humana. Exactamente como Noah.—Tu equipaje ya está en la suite principal —dijo Noah, dejando las llaves sobre una mesa de cristal—. He pedido que traig
El despacho de Noah Brook nunca se había sentido tan asfixiante. Sobre el escritorio de caoba, el documento de unión civil aguardaba con la frialdad de una sentencia. El juez de paz, un hombre canoso que parecía haberlo visto todo, observaba con discreción cómo la Dra. Emma Raves tomaba la pluma con una mano que, a pesar de todo, no temblaba.Emma firmó. El trazo de su nombre fue firme, definitivo. Al terminar, dejó la pluma sobre la mesa y se puso de pie antes de que el juez terminara de recoger sus sellos.—Felicidades, Sr. Brook. Dra. Raves —dijo el juez con una sonrisa protocolaria—. Los documentos serán procesados hoy mismo.En cuanto la puerta se cerró tras el juez, Noah dio un paso hacia ella. La tensión en sus hombros parecía haber cedido un milímetro, pero sus ojos buscaban desesperadamente una reacción en Emma que no fuera esa indiferencia gélida.—Emma… ya está. Estás protegida. Nadie podrá cuestionar la legitimidad del niño ahora —dijo Noah, intentando suavizar su voz—. Te
Daniel Laner entró en la habitación con el paso de quien es dueño de la mitad del código postal. Sin embargo, al ver a Emma sentada en la cama, tan pequeña y pálida bajo las luces fluorescentes, su arrogancia se desinfló. Noah ya no estaba en la habitación, pero su presencia seguía allí, impregnada en el aire y en la carpeta de documentos que Emma había escondido bajo la almohada.—Emma, gracias a Dios. Me dijeron que podías irte hoy —Daniel se acercó y le tomó la mano. Sus dedos estaban calientes, demasiado seguros—. He organizado todo. Una enfermera privada en casa, el mejor catering para que no tengas que mover un dedo...Emma lo miró. Daniel era un hombre bueno, a su manera. Un hombre que amaba la idea de ella, la imagen de la cirujana brillante que lucía perfecta del brazo de un CEO. Pero no era el hombre que la había sostenido bajo la lluvia, ni el que la hacía temblar de rabia y deseo al mismo tiempo.—Daniel, escucha —Emma le apretó la mano, sintiendo que el nudo en su gargant
Último capítulo