Amelia siguió el largo y silencioso corredor; sus zapatos repiqueteando sobre el brillante suelo. Sus piernas habían comenzado a sentirse débiles y, a menudo, tenía que recordarse respirar. Se sentía tentada a dar la vuelta y lo único que lo había evitado era la idea de perder su negocio.
Se detuvo frente a una imponente puerta de madera y levantó la mano para tocar… pero se quedó congelada.
—Ya estás aquí —se dijo—. Necesitas el dinero o lo perderás todo. El hombre del otro lado es tu única