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Capítulo 6: El prometido

—¡Qué bueno que ya llegaste! —dijo Lilly con una sonrisa, aunque su voz tenía un filo de impaciencia cuidadosamente disimulado.

—Espero no haberte hecho esperar demasiado —respondió con amabilidad. 

Sin ver la hora, era consciente de que llegaba cinco minutos antes de la hora acordada, así que no pensaba disculparse. Pero señalar lo obvio solo volvería la reunión innecesariamente tensa. Sabía muy bien qué batallas pelear y cuáles dejar pasar.

Su primera reunión con Lilly había sido tensa desde el inicio. Bajo una sonrisa educada, la mujer la había examinado con un desdén apenas disimulado e incluso había insinuado que quizá Amelia no era lo suficientemente buena para encargarse de su boda. Solo por eso había decidido demostrarle que se equivocaba, aun cuando había estado a punto de rechazar el trabajo.

—Está bien —concedió Lilly—. He estado pensando en algunas cosas nuevas para la boda y me gustaría cambiar algunas de las ideas que te di antes.

A Amelia no le sorprendió en lo absoluto. Era común que las novias cambiaran de opinión. A veces lo hacían movidas por la emoción del momento, deseando cada cosa nueva que veían en fotografías; y otras, simplemente, porque al enfrentarse a los detalles descubrían que no tenían tan claro lo que querían y terminaban confundidas o queriéndolo todo.

Su trabajo consistía en guiarlas, ayudarlas a tomar decisiones coherentes y asegurarse de que cada cambio tuviera sentido con el resto de detalles.

Amelia solo esperaba que esos “ajustes” no llegaran cuando algo ya estuviera definido o, peor aún, a última hora.

—Perfecto —dijo con una sonrisa profesional—. Podemos hablar de eso en cuanto tengamos el contrato listo. Así podremos olvidarnos de los detalles formales y concentrarnos en los creativos.

Había aprendido que con clientas como Lilly —mujeres acostumbradas a tener la última palabra—, lo mejor era darles la razón sin perder el control del proceso. La clave estaba en hacerlas sentir escuchadas, sin ceder el mando, y tener un contrato que pudiera respaldarla. 

—A menos que, por supuesto, usted o su prometido tengan alguna pregunta adicional sobre la propuesta inicial que les envié o quizás prefieran pensarlo un poco más. Estoy aquí para aliviar sus dudas. 

Preparar la propuesta le había tomado a Amelia un poco más de una semana. El tipo de boda que Lilly esperaba requeriría de muchas cosas. El resultado había sido un documento minucioso, cuidadosamente estructurado que esperaba que ella y su prometido hubieran revisado con detenimiento.

—Por cierto —añadió—, creí que su prometido estaría aquí hoy. Es importante que esté presente. Necesito explicarles cómo suelo trabajar, para dejar todo claro antes de que firmen el contrato. 

—Salió un momento a atender una llamada, pero ya debería regresar —respondió Lilly con una sonrisa que, de pronto, se ensanchó al mirar hacia un punto detrás de Amelia—. Oh, de hecho, allí viene.

Amelia se giró para seguir su mirada. Sus ojos se posaron en un hombre alto, de porte imponente, que vestía un traje hecho a la medida. Lo reconoció de inmediato, y el aire pareció comprimirse a su alrededor. 

Dimitri.

Nunca podría olvidar ese rostro; todavía lo veía, algunas noches, en sueños en los que no era una buena idea pensar en ese momento. 

—Mierda —susurró entre dientes, dándose la vuelta con rapidez.

El pulso le retumbaba tan fuerte que le sorprendió que Lilly no lo escuchara. Inspiró hondo, intentando calmarse. 

Aquello no podía ser real. Tal vez se equivocaba. Tal vez el prometido de Lilly venía detrás de Dimitri.

Pero no se atrevió a mirar otra vez para comprobarlo. Si no era él, se arriesgaría a que la viera sin motivo. 

Mientras tanto, Dimitri observaba a la mujer sentada frente a Lilly con cierta curiosidad. Desde donde estaba, apenas alcanzaba a distinguir su rostro, pero el brillo oscuro de su cabello cayendo sobre el hombro le resultó vagamente familiar.

Por un instante pensó que se trataba de Amelia, aunque desechó la idea enseguida. No sería la primera vez que confundía a alguien con ella.

Los recuerdos de aquella noche todavía encontraban la forma de colarse en su mente, aun cuando ya debería de haberlo olvidado. 

Pero, aunque sabía que aquella mujer no podía ser Amelia, se descubrió intentando verle el rostro.

—Cariño —intervino Lilly con su tono meloso.

Dimitri desvió la mirada hacia su prometida justo cuando ella se ponía de pie. Lilly lo tomó del brazo y le dio un beso en la mejilla.

—Te presento a Amelia Wilson, la organizadora de bodas de la que te hable.

¿Qué tan probable era que fuera solo una coincidencia que la organizadora de bodas y la mujer con la que había pasado aquella noche compartieran el mismo nombre?

Se giró hacia la mujer… y descubrió que no se trataba de ninguna coincidencia. 

Amelia se levantó despacio. El bullicio del lugar pareció desvanecerse hasta volverse un eco lejano; lo único que existía en ese momento era el hombre frente a ella. El mismo hombre que jamás había mencionado estar comprometido o estar saliendo con alguien. Aunque, en realidad, no había dicho mucho sobre él

Sus miradas se cruzaron, y el aire pareció estancarse entre ambos. Amelia sintió cómo su respiración se le atoraba en la garganta, incapaz de apartar la vista de esos ojos que había intentado olvidar.

Era tan atractivo como lo recordaba.

—Amelia —continuó Lilly, ajena a la tensión—, mi prometido, Dimitri Smirnov.

Dimitri la miró fijamente. Durante un par de segundos, el tiempo pareció no avanzar. 

Se dio cuenta de que si no reaccionaba pronto, Lilly notaría que algo no iba bien. Así que compuso una sonrisa impecable y extendió la mano con una calma que no sentía.

—Señor Smirnov, un gusto conocerlo.

El tono fue cortés, profesional, pero cada sílaba destilaba un veneno contenido. En su interior, Amelia sentía cómo la rabia comenzaba a hervirle bajo la piel. Apenas comenzaba a asimilar la magnitud de lo ocurrido.

El maldito imbécil estaba comprometido y se había acostado con ella. 

Si lo hubiera sabido, ni en un millón de años habría terminado en su cama. Habría salido de aquel bar sin mirar atrás, sin importar cuán atractivo le había resultado.

Por un instante pensó en desenmascararlo frente a Lilly, en decirle la verdad allí mismo, pero el instinto la detuvo. No valía la pena. No conocía muy bien a Lilly, pero tenía el presentimiento de que era el tipo de mujer que no soportaba ser humillada. Si descubría algo así, lo más probable era que la culpara a ella, no a Dimitri.

Y Amelia no estaba dispuesta a perder su reputación ni su negocio.

Solo tenía que soportar la reunión, salir de allí con la mayor dignidad posible y luego inventar una excusa para no firmar el contrato.

No había manera de que continuara con aquel trabajo. 

—El gusto es mío, señorita Wilson —dijo él al fin, estrechándole la mano.

Sus palabras solo la hicieron enojar más. Actuaba como si no la conociera. 

El sonido de su voz le recordó aquellos susurros pronunciados entre jadeos y caricias. Y el contacto de su mano le provocó un estremecimiento que apenas fue capaz de ocultar. 

Amelia retiró su mano y desvió la mirada, temía que él pudiera leer en sus ojos lo que estaba pensando.

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