Mundo de ficçãoIniciar sessão—¡Esto es una estupidez! ¡¿Cómo se atreve a deshonrar la presencia del príncipe de Oeste?! —Sí el príncipe de Oeste no está de acuerdo, puedo sustituirlo, y arreglar las cosas con el Alfa... Ahora, como tercer Consorte, quiero al Duque Horus. El nombre mencionado hizo estremecer a su instructor. «¡¿El hijo menor de su esposo?!» Ella, una princesa ilegítima, y casada con un hombre mayor juró destruir a hermano y tomar el trono. Una vez Reina dio una declaración, desde ese momento dos lobos de alto rango juraron a muerte ser el mejor para que ella no los dejará. Pero, ¿cómo podrían hacerlo? Cuando… Ella sigue casada, está comprometida, su vida corre peligro por su sangre, está embarazada de su enemigo y uno de sus cachorros está destinado a la ruina.
Ler mais—Pero miren quien es —en frente de una celda, Nysa observa a su hermano mayor con desprecio
Se agacho a la altura del hombre sin brazos y vendaje podrido.
—Amo ver a mis víctimas caer —sonrió
Tenía los ojos desorbitados, el cabello desordenado cubriendo parte de su rostro, la oscura cabellera de los Lunnette al igual que los ojos plateados es una característica que representa a la Familia Real
Aunque el cabello de su víctima ahora era tan oscuro como su sombra y estuviera muriendo lentamente, ella no sintió una pizca de lástima, sonreía con admiración al ver cómo su hermano padecía.
—Veo que te puedes mantener, ¿listo para morir mañana?
—No… no… voy a morir —declaró —mi alma te seguirá —su voz era tan débil, que le causó gracia verlo como un día había estado
—No, mi madre no te soltará…
Observó a uno de sus guardias de reojo.
—Avisa a la manada que mañana, el Alfa será ejecutado en la plaza principal.
—Sí, su majestad —se llevó la mano al pecho mostrando su lealtad —nos vemos mañana hermanito
Nysa se levantó del suelo, caminó hasta la salida de su mazmorra atravesando varios pasillos de piedra, su consejero la seguía por la espalda.
Su mirada se mantenía fija en la alfombra roja que pisaba, quien la veía caminar se inclinaba.
Su mirada fuerte traía a sus espectadores ilusión.
Nysa no se dejaría caer nuevamente, si estaba ahí, en la cima, era por ella.
Una vez abandonada, jamás volvería a ser rechazada.
—Eros —nombró —quiero que organice el harén del alfa, hágalo adecuado para mí.
Él la observó sorprendido
—¿Quiere deshacerse del harén?
—No seas tonto, lo quiero para mis concubinos, tú incluido —sonrió
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—¡Mocosa embustera! —gritó una mujer golpeando a una niña de cabello rubio —¿cómo te atreves a acercarte a su majestad la reina?
—Déjala, es la hija de una mucama no esperaría más de ella —la reina de la manada observó a su hijastra con desprecio
Le sorprendió que su marido se haya arrastrado tanto para meterse con una mucama de cuarta categoría.
Era un infierno estar con ella en la misma casa, siempre llamando la atención.
—Nysa lárgate, tus imperfecciones me causan náuseas.
Ella se levantó con lágrimas en los ojos, el golpe le dejó la mejilla roja y sus rodillas con raspones.
—Pero…
Bastó con una mirada para cambiar la reacción de la pequeña.
Se inclinó bajando la cabeza dirigiéndose al palacio, muchos la tratan con respeto, otros la ignoraban por ser la hija de una mucama.
Su madre falleció durante el parto, quedando al cuidado de su padre, hermanastro y madrastra.
A su parecer era mejor ser comida por los lobos que criaba, que vivir con ellos, nunca le permitieron hacer gran cosa solo por ser ilegítima.
Un putrefacto error que jamás debió conocer la luz de la luna.
Estaba destinada a la ruina tanto como su madre, aunque fuera pequeña se había planteado una meta, si no encontraba a su mate, estudiaría tanto para ser una buena esposa, al menos la esposa del líder de una buena corte.
No abandonaría su promesa.
Nysa se dirigió a su estudio, esperó a su tutor hasta que esté apareció cinco minutos tarde.
El joven maestro de la princesa no evitó ver su rostro golpeado llamando su atención de inmediato.
—Buen día su alteza, ¿cómo se encuentra el día de hoy? —se apoyó en su escritorio organizando los útiles de la lección
—Muy bien y con gran emoción por aprender —confesó
—Me alegra mucho que lo mencione, pero… —señalo su mejilla haciendo referencia a la suya —parece que tuvo un pequeño accidente
—No es para tanto, estoy bien. ¿Podemos continuar? —inquirió
El maestro asiente con la cabeza, toma un papel enrollado y extiende a la mesa señalando cada punto de la manada.
—Su primera lección es sencilla, ya debió haberlo aprendido con el libro de texto que le dejé, por lo tanto quiero que me señale cada punto de la manada con su debido nombre —indicó alejando su mano del papel
Nysa los marca, teniendo un pequeño error al momento de nombrarlos, un error que su maestro no dejó pasar.
—Brazo —dijo
Ella cerró los ojos, extendió su brazo recogiendo la manga de su vestido dejando a la vista varias cicatrices hechas por una regla de metal.
A los hijos de los nobles no los podían reprender de esa manera, pero ella no correspondía esa norma, solo era la hija del Alfa, más no de la reina.
No pensó si el golpe le dolería, solo lo efectuó.
Nysa cerró los ojos, y se ganó un segundo golpe.
—Una princesa jamás cierra los ojos, la pueden atacar por la espalda.
—Pero me dolió…
—El dolor es parte de la vida, su alteza. Aprenda a vivir con él —recomendó su maestro
Sus ojos ardieron, tenía ganas de llorar, pero si lo demostraba el castigo sería peor.
—Continuemos, y espero que está vez no se equivoque —tomó del escritorio un enorme libro de texto —ábralo en la página ciento cuarenta y lea el primer párrafo en lenguaje antiguo
Busco la página indicada, elevó una mano al cielo recitando el primer párrafo de su libro como se lo había indicado su maestro, su brazo temblaba por los golpes, pero debía soportarlos.
Al final se equivocó, y los errores deben ser corregidos. De lo contrario jamás aprendería de ellos.
Sus clases terminaron tan pronto se asomó el medio día, la familia Real estaba reunida en el comedor principal degustando de una comida encantadora.
El alfa Carter II bebía una copa de vino sin dejar de ver a su bastardo.
Entre todos, el cabello de Nysa resalta con el sol, la veía como un error del cual no se pudo deshacer, aunque si podía arreglar.
No es un buen gesto hablar en la mesa, pero él rompió esa ley.
—Sabes que era una princesa bastarda, ¿verdad Nysa?
Ella se detuvo en seco.
—Encontrarte marido será complicado, pero no imposible —con cuchillo y tenedor partió el filete que tenía en frente
La reina interrumpe.
—Pensé en unos candidatos que podrían ser útiles.
Carter levantó la mirada a su esposa con una sonrisa.
—Ves, tu madrastra te quiere —la ironía en su voz ya la distinguía
—Por supuesto, te quiero… lejos de mi vista
Todos en la mesa ríen menos Nysa quien oculta su rostro.
—Tu humor está tan muerto como tu madre —declara su hermanastro
Su mal comentario no le permitió levantar la cabeza, estaba aburrida, cansada de todos ellos por sus comentarios de mal gusto.
Las comidas prefería que fueran a solas, en su preferencia en su habitación;sin embargo, se puede considerar un acto de mal gusto, una falta invaluable de respeto.
Su padre se había encargado de recalcar gran parte de su existencia.
Siempre que podía lo hacía, le recordaba su maldita vida, y su nacimiento como el error que era.
Con ellos y una madre muerta, la palabra amor se despoja como las posibilidades de conocer ese sentimiento.
—Su majestad, no es mejor enviarla al viejo palacio con las criadas —la reina levantó la mirada a su esposo
—Podría ser una solución, pero no ahora. Aunque sea un estorbo no podemos casarla con cualquier cosa.
—Dudo que alguien acepte casarse con ella, después de todo tiene la sangre de un plebeyo.
Carter observó a su hijo con el ceño fruncido.
—¿Te pedí que hablaras? —inquirió
—No señor.
—Perfecto, no lo hagas —su mirada se posó en su hija —Nysa come —ordenó
—Sí, su majestad
Volvieron a retomar la cena, encargándose de que el silencio fuera interrumpido por el movimiento de los cubiertos.
Solo así ella se concentró en otra cosa que no fuera su maldita familia.
Mantuvo la compostura durante la cena, quería seguir así, mantenerse firme ante los malos comentarios.
Sabía que algún día saldría de esa casa, y así viviría los mejores años de su vida a partir de la mayoría de edad
Debía hacerlo por el bien de su felicidad.
Una vez terminada su comida, Nysa se dirigió a su habitación para esconderse allí hasta que la visita de unos favorables duques terminará.
Solo era conocida por el palacio, pero afuera la conocían como La princesa maldita.
Había sido vendida a los demás como una loba de exorbitante belleza, que quien la viera, caería rendido a sus pies.
Solo vería la luz, una vez fuera entregada a un alfa de poder, de dinero.
Había escuchado que también sería entregada a una subasta que las cortes más prestigiosas organizarían.
Aún duda si lo que le había dicho la reina era una broma o la más fina verdad, pero… una vez se desarrollará como mujer, sería entregada al mejor postor.
Un juego que solo la realeza se daba el lujo de hacer.
Los plebeyos lo tenían prohibido, más que nada por la pirámide social.
Escribía los pequeños detalles de su día en un diario que antes perteneció a su madre.
Sin golpear la puerta, la Nana de la princesa entró con confianza, dejando una pequeña abertura en la puerta.
—Su alteza, ¿aún está escribiendo?
Asintió con la cabeza.
La mujer se acercó a ella con las manos a la altura de la cintura, una sonrisa innovadora y los ojos envueltos en una amabilidad que solo ella logra despertar.
—¿Qué pasa cariño? —pregunto
—Nada, solo que…
—¿Aún estás recordando a tu madre?
Nysa no dijo nada, siempre pintaron a su madre por su belleza, que se parecía a ella, pero deseaba saber algo más sobre la mucama que la parió, no sabía su nombre, su edad, si de verdad fue concebida como dicen o si su madre sufrió algún abuso.
Podría creer a su padre de cualquier cosa, esa incluida.
No lo dudaba.
—Su alteza, le recomiendo guardar este diario, si su padre lo descubre, se enojará con usted. La podrá castigar severamente.
Nysa entendió, cerró el libro bajando la mirada.
—¿Cómo puedo recordarla si no es así? Nadie me dice nada acerca de ella ¿por qué? ¿Por qué su majestad me deja en este martirio? Su majestad la reina no me quiere, su alteza tampoco. Aun así se esmeran para que yo sea la mejor. ¿Por qué? —hizo las preguntas sin pausa
Su Nana no sabía qué contestar.
Su madre era un misterio el cual no debía ser descubierto, solo por el bien de la manada hacia sus agentes responsables, que en este caso sería su majestad el Alfa.
«Aunque sea cierto que el Alfa no deseaba tener ninguna relación aparte de la reina… El nacimiento de la princesa solo trae beneficios por su belleza. Esa es la única razón para que el Alfa no haya decidido deshacerse de ella»
—¿No vas a responder como los demás? —preguntó con ternura
Ella desvió su mirada, se apartó dirigiéndose a la biblioteca, tomó el libro más cercano entregándoselo.
—Práctica, debes hacerlo si quieres destacar entre la corte para tener un buen esposo —movió su dedo de un lado a otro con una profunda negación —. Sí quieres alejarte de este palacio, destaca más que el príncipe —acarició su mejilla bajando por su barbilla hasta subirla —por favor no te desanimes pequeña. Vendré más tarde para tomar el té contigo.
—Sí señora
***
La noche gobernó el palacio, y siempre era la primera en ir a la cama, se movía sobre ella con inconformidad, sin lograr encontrar esa posición donde la paz gobernará su cuerpo y sus ojos cayeran cansados.
No había forma de lograrlo o mantenerlos, pero si forma de soportarlo, solo debía pensar una persona que amara, acurrucarse y dormir hasta descansar.
Aunque, hasta el momento llevo más de dos horas tratando de dormir.
Se levantó inquieta dirigiéndose a la ventana con los pies desnudos.
Observó el jardín con curiosidad, arrodillada sobre un taburete con almohadas planas.
La luna su única amiga y consejera con su brillo le indica que no está sola.
—Ayúdame a ser más fuerte —pegó manos bajando su cabeza
Cerró los ojos con devoción mientras oraba.
Al levantar la cabeza regresó a la cama, esperando quedarse dormida, y con la fé envuelta en su religión, en su diosa.
Deseo una mejor vida, un regalo, respeto y fuerza para poder sobrellevar la pena. Un milagro divino que describiera con precisión lo que deseaba.
Como fue su rayo el que aniquiló aquellas malezas, el color azul de sus ojos desapareció, dejando en la orilla de aquel penetrante plateado un rojo intenso que se apoderó también de su pupila. Las marcas en su brazo resaltaron, dejando al vivo ambas sangres. A su vez, iluminó la mazmorra. Sobre sus cabezas nacieron lenguas de fuego; el alma de la mujer que la cuidó desapareció en un espiral, cayendo sobre la superficie rocosa como una perla vibrante. Horus se levantó de la espalda de la reina, apartándose de su cuerpo.Le extendió su mano, y al tomarla la elevó, ayudándola a levantarse; lo que más llamaba su atención en aquel fragante momento eran las marcas en su brazo, pecho y vientre. Había escuchado viejas leyendas de aquellos patrones; sin embargo, verlos era una maravilla.Ella se soltó cubriendo sus marcas y desviando la mirada a la perla.Se acercó a ella tomándola entre sus dedos; sobre su palma la apreció para luego cerrar la mano ocultando la perla.Horus la ve inquieto,
Como estaba previsto en el juego, la primera parte de la búsqueda de aquellas almas era en la mansión de Ivan. Antigua casa de Horus.En su interior, la luz acobijaba la oscuridad, relucía entre la belleza de su vigencia; la noche llamaba con su ambiente gélido, una que el duque recordaba a la perfección.—Su majestad, ¿puedo hacerle una pregunta? —apretó su mano sin apartar los ojos de los ventanales de la casa y su fachada. Una presión abrupta se apodera de su pecho, de su garganta.—Hazla —buscó su mirada. —¿Quién era su madre? —preguntó. —Una sirvienta que no conocí. Horus dio dos pasos hacia adelante, impulsando a la reina hacia la entrada de la mansión. Bajo la explicación de la muerte, las tres muertes se dieron en el mismo lugar, enterradas en el bosque, dejando que sus lamentos los gobiernen. Al tomar las almas, no solo la reina y el duque salieron del inframundo.Si no, también les daría el descanso eterno a sus hermanos y a la madre de la reina. Al entrar, el silencio
∆Horus∆No sé qué es lo que más me duele admitir, que en efecto me duele que esté embarazada de un hombre que no soy yo, o que estoy a punto de casarme con una mujer que no amo, solo para mantener mi sangre en vigencia. Nysa es esa mujer que me duele haber dejado sola; pasó por tanto que justificar ahora sus acciones solo me hace un traidor delante de los ojos de Egipto. Estoy pasmado en el suelo, en posición fetal, con el dolor más sofocante que ha sentido mi alma. Traté de fumar, pero ni siquiera fui capaz de encender la pipa. Para mis pesares, es agobiante sentir una soga atada a mi cuello que no hace nada más que ahogarme; sé que no es real, pero esta sensación me atormenta.—¡Horus!Esa voz…—¡Horus!Vuelve a llamarme con miedo; son las voces de mis hermanos, son infantiles, chillonas, están asustados en alguna parte; son sus lamentos los que me agobian. Los escucho decir mi nombre entre un abismo que llena mi corazón de tristeza al no saber dónde se encuentran. —¡Horus! ¡Levá
Eros se apoya en la puerta pegando su cabeza elevada al cielo, cerrando los ojos con fuerza, tratando de contener unas lágrimas imposibles de ocultar; se tapa la boca al momento que sus piernas bajan tocando el suelo del palacio, llorando en silencio.«No solo la dañe, si no también la perjudique, ¿cómo alguien que profetiza dar amor puede causarle tanto daño a la persona que ama?»En aquel momento. Nysa era la reliquia de Oeste, lo que desconocía la reina, pero sí su mano derecha; es que aquel príncipe estaba preparando una ceremonia de compromiso tan pronto se diera su llegada.Ellos dos se amarían, se casarían, tendrían hijos, como había de ser desde el principio. Antes de que ella aceptara el harén, la vida de la reina ya estaba planeada incluso antes del viaje. Como si aquel príncipe de sangre fría conocíera y supiera como serían las cosas más adelante.Como si él estuviera escribiendo los capítulos de su vida.Antes de ser visto se levantó dirigiéndose a sus aposentos con las ma
Último capítulo