Aquel castigo de palabra quedó estipulado por la reina; se marcó un límite y para aumentar la tensión qué se sentía, para demostrar su enojo, no lo dejó entrar al carruaje.
Lo mandó a cabalgar con la tropa afuera mientras qué adentro, las cortinas permanecían cerradas, sin una pizca de luz que pudiera traspasarlas y así aumentar el misterio.
Reed trataba de ver a través de ella, buscando con su mirada la sombra de la reina, sin hallar la silueta de su rostro.
Dentro, no había más gracia que la