Mundo ficciónIniciar sesiónDesde niños compartieron un vínculo irrompible. Su amor floreció con la inocencia de la infancia y creció hasta convertirse en una promesa eterna. El día de su boda debía ser el inicio de su “para siempre”, pero un accidente lo destruyó todo. Él, devastado y creyendo que la había perdido para siempre, enterró sus sentimientos en lo más profundo de su corazón. El dolor lo convirtió en un hombre frío, distante… un poderoso CEO temido por todos, pero vacío por dentro. Entre silencios, heridas y secretos del ayer, deberá enfrentar la prueba más grande de su vida: demostrar que el amor verdadero nunca muere. ✨ ¿Podrán los susurros del corazón vencer al tiempo y al olvido?
Leer másLas cosas para Sol habían encontrado un ritmo, por fin. Los problemas no habían desaparecido, pero respiraban, como un animal agotado. La noticia de Alicia, vibrante y nueva, no dejaba espacio para nada más en su cabeza.Terminó su turno con la mente en otra parte. Firmó el parte, guardó su estetoscopio y cruzó las puertas del hospital. La noche la recibió, fresca. En lugar de ir directo a casa, desvió sus pasos hacia el pequeño parque cercano. Necesitaba pensar, o mejor, dejar que la esperanza, esa cosa ligera y peligrosa, se acomodara dentro de ella.Se sentó en un banco. - Enfermera militar. Las palabras tenían un sonido firme. Cerraba los ojos y podía casi sentir la tela diferente del uniforme. Era la salida que no se había atrevido a esperar.Su teléfono vibró. Un mensaje de Maggie: «¿Llegas? Hay pasta.» Sol sonrió. La realidad buena y sólida.Al entrar, el olor a ajo y tomate era un abrazo. Maggie estaba en la cocina. Sol se acerca y toma un tenedor para probar la pasta.Maggi
Para Alicia, el mundo se había vuelto un lienzo de amenazas sutiles. La sola idea de Sol tan cerca de Michael, entrelazándose sin querer con los hilos del destino de los Drucker, la corroía por dentro. La tranquilidad era una ficción; cada respiro estaba teñido de una paranoia creciente. No podía permitirlo. Así que, en los últimos días, había dedicado cada momento de lucidez a una sola obsesión: encontrar la forma de apartar a esa intrusa de una vez por todas.Y entonces, un recuerdo vago emergió como un salvavidas envenenado. El ejército. Sol había mencionado su deseo de ser enfermera militar. Una idea comenzó a tomar forma en la mente de Alicia, fría y calculadora. Alejarla. Enviarla lejos, a un lugar rígido, aislado, donde los muros de una base militar fueran una jaula dorada que la mantuviera fuera de su camino.Con determinación aceitada por el resentimiento, se dirigió a la oficina de su padre. No llamó. Abrió la puerta de golpe, interrumpiendo la concentración del General Abra
Después de una tarde entera de compras y risas con Matías en el malecón, regresaron a la villa cargados de bolsas. El aire fresco de la noche comenzaba a caer sobre la casa.—Voy a guardar esto en mi habitación —anunció Matías, tomando sus paquetes. Antes de desaparecer por las escaleras, se volvió—. Y tú, no lo olvides: ve a la habitación que te dijo mi tío.Sus palabras actuaron como un recordatorio instantáneo. Michael asintió en silencio. Con un nudo de anticipación en el estómago, subió los peldaños de madera que crujían suavemente. Se detuvo frente a la puerta indicada, la tercera después de la suya. Su mano se cerró sobre la fría perilla de porcelana, dudando por un largo momento, como si al abrirla liberara algo que ya no podría contener. Finalmente, giró.Al ingresar, el aire le fue arrebatado.No era una habitación. Era un santuario. Las paredes estaban cubiertas de fotografías enmarcadas de todos los tamaños. Estantes rebosaban de objetos cotidianos convertidos en reliquia
Horas más tardeTras la conversación en la playa, Michael y Matías recorrieron el pueblo costero. Compartían historias de sus vidas. El sol de la tarde pintaba el cielo de tonos dorados cuando, paseando por el malecón, Matías se detuvo frente a una tienda de artículos deportivos. Su mirada se clavó en una fila de tablas de surf, y sus ojos brillaron con un entusiasmo adolescente e irrefrenable.—¿Quieres entrar? —preguntó Michael, siguiendo su mirada. La respuesta fue un gesto entusiasta, y ambos cruzaron la puerta.El interior una joven, de pelo revuelto y piel bronceada, los recibió. Al verlos, su expresión cambió por un instante; no era común que hombres de esa presencia, uno con el porte serio y autoritario de Michael, el otro con la energía juvenil de Matías, entraran en su pequeña tienda.—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarles? —preguntó, arreglándose inconscientemente una mecha de cabello.Matías la miró, súbitamente tímido y embelesado. Michael, percibiendo el ambiente al ins
Ricardo, al ver a Michael allí, en medio de sus manzanos, tomó una decisión instantánea. Había demasiada oscuridad en el mundo de ese joven al que consideraba un hijo, demasiadas sombras en los temas que seguramente lo traían hasta allí. Después de tanto tiempo sin verlo, después de todo el dolor que compartieron en silencio, se negó a manchar ese primer reencuentro con asuntos negativos. Guardaría las conversaciones difíciles para el último día. Por ahora, solo quería recordar cómo era tenerlo cerca.Michael, al comprender la intención de Ricardo, sintió una mezcla de confusión y ansiedad. La situación en la Ciudad A era una tormenta a punto de desatarse, y cada hora de inacción le pesaba. Pero al mirar a ese hombre frente a él, el mismo que lo crió junto a ella, cuyas manos ahora estaban marcadas por la tierra y no por documentos, pudo entenderlo.Ricardo les había ofrecido dos habitaciones en la villa para que se quedaran el fin de semana. Michael, buscando precisamente este respi
En una cafetería frente al hospitalEl aroma a café recién hecho y pan dulce no lograba distraer a Sol. Sentada en una mesa junto a la ventana, aún con su uniforme de enfermera, acariciaba la taza con las manos. Su mirada se perdía hacia la entrada, esperando. El mensaje de Alicia la había tomado por sorpresa; después de días de silencio absoluto, de mensajes enviados al vacío, aquella repentina solicitud de verse le produjo una sensación extraña, un nudo entre el corazón y el estómago.Mientras repasaba mentalmente sus últimas interacciones, una figura esbelta y elegantemente vestida cruzó el umbral. Era Alicia. Desde el instante en que sus ojos localizaron a Sol, una ola de ira y resentimiento tan viejo como profundo se incrustó en su pecho. Allí estaba. Aysel. Con un esfuerzo sobrehumano, Alicia apretó los dientes y transformó la tensión de sus hombros en una postura relajada, el brillo frío de sus ojos en una calidez estudiada. Se dirigió a la mesa y se sentó con gracia, haciendo





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