El aire en la terraza se espesó de repente. El señor Drucker, con la respiración entrecortada, apenas logró articular.
- Sí - un monosílabo cargado de una tensión que parecía consumirlo por dentro.
Intentó dar un paso al frente, saliendo del trance que lo tenía paralizado. Pero al pasar junto a Sol, sus piernas flaquearon y, sin pensarlo, se apoyó en Sol, quien sintió el peso de su cuerpo y el calor anormal de su piel.
-¿Señor Drucker, está bien? - preguntó Sol, sosteniendo su brazo con fuerza.