Mundo ficciónIniciar sesiónLucía Méndez lo tenía todo: era la abogada estrella de Tegucigalpa y la esposa del magnate Fernando Valladares. Pero su mundo se derrumbó cuando fue acusada de traicionar a la empresa familiar. Tras 18 meses en la cárcel de Támara, Lucía sale a la calle con una verdad que el mundo ignora: Alisson, su hija de seis meses, el fruto de una noche de desprecio antes de su arresto. Mientras Lucía barre las calles de la capital bajo la lluvia para sobrevivir, protegiendo a su bebé con un abrigo viejo, Fernando recorre la ciudad en su Bentley, convencido de que ella es una criminal que huyó con una fortuna. Junto a él está Nadine, la mujer que le robó el puesto a Lucía y que ahora sabotea cada uno de sus pasos. Sin embargo, cuando el coche de Fernando salpica de lodo a una humilde barrendera en el Bulevar Suyapa, él no sospecha que bajo esa bufanda descolorida se esconde la mujer que una vez amó... y la hija que no sabe que tiene. ¿Podrá Lucía proteger su secreto cuando su mayor enemigo, Max Hunt, empiece a atar cabos?
Leer másLucía Méndez cruzó el pesado portón de hierro de la sección femenina de Támara y el viento cortante de Francisco Morazán la recibió de golpe. El frío que bajaba de las montañas de Tegucigalpa calaba hasta los huesos, así que envolvió rápidamente sus brazos alrededor del pequeño bulto que cargaba, protegiéndolo de las ráfagas.
Cuando el viento finalmente cesó, ella retiró con cuidado la esquina de la manta amarilla, revelando una carita diminuta, suave y rosada. La bebé arrullaba, soplando pequeñas burbujas mientras parpadeaba con sus ojos redondos hacia Lucía.
—Alisson, mi dulce niña —susurró ella, meciéndola con una ternura que parecía de otro mundo.
A sus seis meses, Alisson Méndez casi nunca lloraba. Mientras estuviera en los brazos de su madre, el mundo era un lugar seguro y cálido, lejos de las celdas frías y los gritos de la prisión.
A lo lejos, el motor de un bus interurbano roncó mientras se detenía en la orilla de la carretera. Lucía apretó a su hija contra el pecho, caminó hacia la unidad, dejó caer un par de monedas en la caja y buscó un asiento al fondo, pegada a la ventana.
Mientras el bus se ponía en marcha, un elegante Bentley negro de edición limitada se detenía justo frente a la entrada principal del penal. En el asiento trasero, Fernando Valladares mantenía una postura rígida. Su perfil era afilado y sus ojos, entreabiertos por el cansancio de una noche de negocios, se veían más helados que el clima exterior.
Su mirada se posó en el cartel desgastado de la entrada: Centro Femenino de Adaptación Social. Fernando miró su reloj de pulsera con impaciencia.
—¿Por qué no ha salido todavía? —preguntó con un tono seco, carente de cualquier rastro de afecto.
Don Beto Zelaya, el chofer que lo acompañaba desde hacía años, se apresuró a responder mientras ajustaba el retrovisor. —Quizás haya un retraso con los trámites de liberación, señor Valladares. Pero no se preocupe, hoy la señora Méndez cumple su condena. Seguro le alegrará saber que usted vino a recogerla personalmente.
—¿Eso creés, Zelaya? —dijo Fernando suavemente, aunque sus ojos decían lo contrario.
Bajó la mirada, ocultando la rabia que aún le quemaba. Hace un año y medio, según las pruebas, ella se había aliado con los Canales para filtrar archivos confidenciales de su empresa. Lo había arruinado todo: su matrimonio, su futuro y la confianza que él le tenía. "Decidió jugar a ser espía en lugar de ser mi esposa. Fue su culpa", pensó él.
—A ver si tiene el valor de enfrentarse a mí ahora —añadió, y el aire dentro del Bentley se volvió sofocante.
Don Beto no se atrevió a decir ni una palabra más. Abrió un poco la ventana para dejar entrar aire y, en ese momento, vislumbró el bus que arrancaba a su lado.
—¿Eh? —el chofer parpadeó—. ¡Un momento! ¿No es esa la señora Méndez?
Fernando se frotó la frente; le dolía la cabeza después de tantas reuniones internacionales. Estaba agotado y ni siquiera abrió los ojos. —¿Qué? ¿Quién?
—Ah, me equivoqué, señor Valladares —murmuró el conductor, negando con la cabeza mientras veía al bus alejarse—. Creí que era ella, pero esa solo es una mujer con un niño.
No tenía sentido. Lucía solo tenía 22 años cuando entró a Támara. Su matrimonio con Fernando había sido frío y distante desde el primer día; nunca habían compartido la cama. ¿Cómo iba a ser ella esa mujer con un bebé?
Sin embargo, Fernando abrió los ojos de golpe. A través de la ventana abierta, vio fugazmente a una joven en el bus, acunando a una criatura. Unos mechones de cabello caían sobre su rostro, cubriéndole las mejillas, pero pudo ver la dulzura en sus ojos, como si protegiera lo más valioso del planeta.
De repente, la mente de Fernando lo traicionó, llevándolo a un recuerdo de hacía 18 meses. Había estado bebiendo esa noche después de una cena de negocios, harto de la insistencia de su abuela para que consumara el matrimonio y le diera un heredero a los Valladares.
Recordó a Lucía ayudándolo a quitarse los zapatos y la chaqueta. Le limpió la cara con una toalla húmeda y le acercó un vaso de agua. Cuando ella se inclinó para cubrirlo con la manta, él la agarró de la muñeca.
"¿No es esto lo que querés? Pusiste a mi abuela a presionarme para tener un hijo. Pues bien... esta noche se te cumple el deseo", le había dicho con veneno.
La atrajo hacia él. Ella se veía tan delicada, con las mejillas sonrojadas y un aroma a jazmines que le hizo perder la razón. En medio de la confusión del alcohol, la tomó. Creyó oírla llorar: "Así no, Fernando. No quiero esto".
Él se rió en su cara. "¡Ja! Ahora te hacés la difícil. Qué hipócrita".
A la mañana siguiente, mientras él se abotonaba la camisa con total frialdad, ella seguía acurrucada entre las sábanas, sollozando en silencio. Él ni siquiera la miró. "Vos te lo buscaste", sentenció antes de salir del cuarto.
Pero al bajar las escaleras, la policía ya lo esperaba. "Señor Valladares, su empleada y esposa, Lucía Méndez, es sospechosa de espionaje industrial. Tenemos que arrestarla".
Él no movió un dedo por ella. "Pidan la pena máxima", les dijo a los agentes. Vio cómo la sacaban de la casa bajo la lluvia de Tegucigalpa, vestida apenas con una chaqueta ligera. Ella se desplomó en el jardín empapado, suplicándole: "Fernando, tenés que creerme. Soy inocente".
Él se quedó bajo el alero, con las manos en los bolsillos. "Si las súplicas sirvieran, no habría cárceles".
Lucía se giró una última vez antes de que cerraran la patrulla. Tenía los ojos hinchados y el cuello marcado por la noche anterior. Sus lágrimas se mezclaban con el agua de lluvia en las baldosas. Fernando simplemente miró hacia otro lado y ordenó: "Zelaya, alistá el carro. Voy para la oficina".
—Señor Valladares, ¿seguimos esperando?
La voz de Don Beto lo trajo de vuelta al presente. Había pasado una hora. Fernando apretó la mandíbula, sintiendo que la espera era una humillación.
—No. Si quiere salir sola, que se arrastre. Vine a perder el tiempo. Vámonos.
El Bentley arrancó con furia. Don Beto miraba por el retrovisor, extrañado de que las puertas del penal siguieran cerradas. ¿A qué jugaba la señora Méndez? ¿Acaso no sabía que los antecedentes penales no se borraban y que su carrera como abogada estrella estaba muerta?
Más tarde esa noche, en el jardín de Villa Florencia, los pétalos de las flores cubrían el camino. Fernando salió de su estudio, todavía con la mente turbia. Al pasar por el pasillo, notó algo que lo dejó frío: la luz del dormitorio principal estaba encendida.
Sin darse cuenta, aceleró el paso.
La belleza de Lucía no pasó desapercibida para las madres que charlaban en el parque. Una de ellas, con rasgos refinados y una sonrisa encantadora, se le acercó.—Hola, ¿vos también sacaste a pasear a tu pequeña? —preguntó la mujer con calidez.Lucía sintió una familiaridad inesperada.—Sí, pensamos que un poco de sol de la tarde le vendría bien —respondió.La mujer se asomó al cochecito y quedó encantada con Alisson.—¡Es adorable! Mi hijo va a ser un rompecorazones, ¿qué tal si los juntamos desde ahora? —bromeó con un guiño pícaro.Lucía rio nerviosamente.—En realidad, estamos de paso... y ella es muy joven para esas decisiones.De pronto, una voz masculina, perezosa y llena de privilegios, sonó detrás de ellas:—¿De verdad creés que a tu hijo le va a costar tanto encontrar esposa, Lucille?Lucía se giró y vio a un joven de cabello ligeramente despeinado y aire lánguido. Intentó retirarse cortésmente, pero en el momento en que sus ojos se encontraron con los del desconocido, el tie
Nadine gruñó entre dientes, hirviendo de una frustración que no podía contener. Tiffany, su asistente, se acercó de puntillas con una mirada cargada de astucia.—Señorita Méndez, sus planes anteriores fueron... un poco intensos —susurró Tiffany—. Ya que ella le arruinó el día, ¿por qué no le da un pequeño disgusto? Algo que la ponga en su sitio sin que nadie pueda relacionarla con usted.Nadine frunció el ceño, pero a medida que Tiffany le explicaba el plan al oído, una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.—Sos una diablilla astuta, Tiffany —aprobó con una mirada de satisfacción.—Solo es un susto —continuó la asistente—. A lo mucho recibirá una multa por algún descuido.—Un susto, ¿eh? —murmuró Nadine—. Claro, un adulto puede con eso. Pero ella anda con la niña... eso hace las cosas mucho más interesantes. Y mucho menos inofensivas.El cochecito de AlissonAl otro lado de la ciudad, Lucía sintió un repentino calor en los oídos. Se los frotó con desconcierto; en su interior, sabí
Fernando arqueó ligeramente una ceja al notar la extraña expresión en el rostro de Zane, pero guardó silencio. Entonces, como si un recuerdo lo golpeara, sacó un archivo del cajón de su escritorio: el expediente incompleto que Carlos le había entregado.Pasó directamente a la última página, rozando la cubierta rugosa con los dedos. Solo había leído la primera mitad, pero había sido suficiente para helarle la sangre. Poco a poco, apretó los puños.¿Por qué?Hace un año, todas las pruebas de la filtración de secretos comerciales del Grupo Valladares apuntaban a Lucía. Ella era la asesora legal principal y la única, además de él, con acceso a los documentos clasificados. En aquel entonces, después de aquella noche confusa en la que lo habían drogado, la traición estalló junto con la noticia de la filtración. Lleno de rabia, ordenó su arresto y su envío a Támara sin dudarlo.El eco de una risa amargaDe pronto, su corazón empezó a latir con fuerza. En su mente apareció la imagen de Lucía
Nadine se mordió el labio y dio un paso al frente, tratando de que su voz sonara lo más melodiosa posible.—Fernando, sé que a Lucía no le caigo bien, pero aun así la considero mi hermana. Está claro que no quiere saber nada de vos, pero seguís insistiendo... Solo quería defenderla.Los labios de Zane temblaron de incredulidad al escucharla. Sin embargo, Fernando frunció el ceño y su mirada se volvió afilada.—¿Estás aquí para luchar por ella? —preguntó, empujando los documentos hacia adelante y cruzando los brazos sobre el pecho.El poderoso aura que emanaba de él hizo que Nadine tragara saliva. Aun así, no pudo evitar sentirse fascinada; solo un hombre en la cima de Tegucigalpa como él merecía su amor. Se enderezó y asintió.—Sí.Una sonrisa fría asomó en los labios de Fernando. Nadine, al ver esa curva, sintió esperanza. Ella recordaba las veces que él la había protegido, como aquel incidente en el hospital donde movilizó a todo el cuerpo médico por un simple rasguño suyo. Eso tení
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