Mundo ficciónIniciar sesiónZola Rossi no tenía nada, excepto una deuda mortal y una hermana que proteger. Cuando se ve obligada a suplantar a una heredera de la alta sociedad, solo tiene un objetivo: firmar el contrato de fusión y desaparecer. Pero el hombre al otro lado de la mesa es Marcus Thorne. Frío, implacable y peligrosamente atractivo, Marcus no solo quiere una firma; quiere la verdad que se esconde tras los ojos de Zola. A medida que el engaño se profundiza, Zola se da cuenta de que ha quedado atrapada en una red de deseo y peligro. El contrato que debía salvarla se convierte en su prisión de seda. ¿Podrá sobrevivir al hombre que juró destruir a su familia, o sucumbirá al peso de las cadenas de terciopelo? Una historia de pasión prohibida, traiciones oscuras y un amor que quema más que el odio.
Leer másEl silencio en el viejo despacho de mi padre no era un silencio de paz; era el tipo de silencio pesado que precede a una ejecución. El aire estaba estancado, cargado con el olor rancio de cigarros consumidos y el rastro metálico del miedo que mi padre había dejado tras de sí antes de huir como un cobarde. Sobre el escritorio de caoba descascarada, un papel de color naranja fluorescente brillaba bajo la luz mortecina de la lámpara. Un aviso de desalojo. Un recordatorio cruel de que mi mundo, el que yo conocía entre lienzos, pinceles y sueños de grandeza, se estaba cayendo a pedazos de manera irreversible.
—Zola, mírame de una vez —la voz de mi hermana, Lucía, rompió el cristal de mis pensamientos.
Ella sostenía algo entre sus manos que parecía brillar con una luz propia y malvada. Un vestido de seda negra, tan oscuro que parecía absorber la poca iluminación que quedaba en la habitación. Era una pieza de alta costura, algo que ninguna de las dos debería poder pagar ni en tres vidas de trabajo duro.
—Solo una noche —continuó Lucía, su voz era un susurro urgente, casi febril, mientras se acercaba a mí—. Te pareces tanto a ella que incluso yo dudo por un segundo cuando te miro a contraluz. La misma estatura, el mismo tono de piel de porcelana, esos ojos que parecen guardar secretos que ni siquiera existen. Solo tienes que entrar en esa gala, caminar como si el suelo te perteneciera por derecho de nacimiento, firmar los documentos de la fusión y salir de allí antes de que alguien note el engaño. El dinero del depósito se liberará en nuestra cuenta antes de que el sol toque el horizonte.
Acaricié la seda. Se sentía fría, casi eléctrica bajo las yemas de mis dedos. Al tocarla, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima húmedo de la ciudad y todo que ver con el destino que estaba a punto de sellar.
—Marcus Thorne no es un idiota, Lucía —respondí, y mi propia voz me sonó extraña, pequeña, como la de una niña perdida—. Ese hombre huele el miedo a kilómetros de distancia. Dicen que puede leer tus pecados más oscuros solo con mirarte a los ojos durante un segundo. Mi padre siempre decía que Marcus no tenía sangre en las venas, sino mercurio helado. Si se da cuenta de que no soy la verdadera heredera de los Rossi, no llamará a la policía... simplemente nos borrará del mapa como si nunca hubiéramos existido.
—¿Y qué otra opción nos queda? —Lucía gritó, y sus ojos se llenaron de unas lágrimas amargas que se negaba a dejar caer—. ¿Esperar a que los hombres del banco nos saquen a patadas a la calle mañana por la mañana? ¿Dormir en la acera con tus cuadros usados como mantas? Ya estamos muertas socialmente, Zola. Esto es solo un baile con el diablo para ver si nos devuelve la vida o nos termina de hundir.
Me puse el vestido en un silencio sepulcral. Mientras subía la cremallera lateral, sentí que la tela me apretaba las costillas con una fuerza desmedida, robándome el aliento. No era solo un vestido de seda; eran las primeras muescas de las cadenas de mi nueva realidad. Me miré en el espejo agrietado del pasillo. Ya no veía a la artista que pasaba horas mezclando colores para capturar la luz exacta del atardecer. Veía a una mujer peligrosa, una impostora envuelta en un lujo que no le pertenecía, una sombra lista para el mayor engaño de su vida. El peso de las cadenas de terciopelo acababa de caer sobre mis hombros, y la presión era insoportable.
Llegar a la mansión de los Thorne fue como cruzar un portal hacia otro planeta, uno donde el dinero borraba cualquier rastro de moralidad. Los jardines exteriores estaban bañados por una luz blanca y artificial que hacía que las estatuas de mármol parecieran fantasmas vigilantes juzgando mi entrada. Mis tacones de aguja resonaban contra el suelo de piedra con un eco rítmico, un compás que seguía los latidos desbocados de mi corazón. Cada paso que daba era una mentira grabada en el suelo.
Al cruzar las puertas de roble macizo, el lujo me golpeó como una bofetada física. Oro, cristal de Murano y el murmullo hipócrita de gente que nunca ha tenido que preocuparse por el precio de su propia dignidad. Me abrí paso a través de la multitud vestida de gala, ignorando las miradas curiosas y los susurros que se detenían a mi paso. Mi objetivo estaba al fondo del gran salón, en el estudio privado que custodiaba los secretos financieros de la ciudad.
Cuando entré y cerré la puerta tras de mí, el ruido de la fiesta desapareció de golpe, reemplazado por un silencio denso. Marcus Thorne estaba de espaldas a mí, observando por el inmenso ventanal los acantilados que se rendían ante el mar. Su silueta era imponente; los hombros anchos bajo un traje de corte impecable, la postura de un hombre que sabe, con una certeza aterradora, que es el dueño absoluto de todo lo que alcanza su vista.
—Llegas tarde, Isabella —su voz era un barítono profundo, una vibración que sentí en la boca del estómago antes de que mis oídos pudieran procesar las palabras.
Me quedé helada en el sitio. Isabella Rossi era la mujer a la que yo estaba suplantando, la heredera legítima que había huido dejando el desastre atrás. Mi garganta se cerró, seca como el desierto. Recordé el consejo de Lucía: Camina como si el suelo te perteneciera.
—El tráfico de esta ciudad no respeta ni siquiera tus invitaciones imperiales, Marcus —logré decir. Mi voz salió más firme de lo que esperaba, con un tinte de arrogancia que nació de mi pura desesperación por sobrevivir.
Él se giró con una lentitud calculada, como un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. Sus ojos no parecían humanos; eran de un gris tormentoso, afilados como cuchillas de afeitar recién afiladas. Me recorrió de arriba abajo con una inspección visual tan lenta que me hizo sentir desnuda, a pesar de los miles de dólares en seda que cubrían mi cuerpo. Se acercó un paso, y el aroma a sándalo, cuero viejo y poder absoluto me envolvió, nublándome el juicio.
—Has cambiado —dijo él, entrecerrando los ojos mientras se detenía a escasos centímetros de mí. Su mirada se clavó en mi cuello, justo donde una vena pulsaba con una fuerza traicionera—. Hay algo en tu mirada que no estaba ahí hace apenas un mes. Una especie de... fuego desesperado. Una urgencia que antes no conocías.
Él estaba tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su pecho. Extendió una mano y, por un segundo aterrador, pensé que me iba a asfixiar, pero sus dedos largos y fuertes solo rozaron la tela de mi hombro, bajando por mi brazo con una caricia que quemaba más que el hielo.
—¿Es el miedo, querida Isabella? ¿O es que finalmente has comprendido que el contrato que vas a firmar hoy no se paga con transferencias bancarias, sino con tu libertad absoluta? —su voz bajó de tono, convirtiéndose en una amenaza seductora.
Miré el documento que descansaba sobre su escritorio de ébano. Las letras impresas parecían hormigas marchando hacia mi destrucción. El peso de las cadenas de terciopelo se volvió, en ese instante, una carga física que amenazaba con hacerme caer de rodillas. Si firmaba, salvaba a Lucía y borraba nuestras deudas. Si firmaba, me convertía legalmente en su propiedad, en una pieza más de su colección de trofeos conquistados.
—Traje mi propia pluma, Marcus —dije, sosteniéndole la mirada con toda la valentía que pude fingir desde el fondo de mi alma—. Pero no esperes que firme con una sonrisa de agradecimiento. No soy un animal doméstico.
Él sonrió, pero no fue una sonrisa de calidez o alegría. Fue la sonrisa triunfal de un lobo que acaba de ver a su presa entrar voluntariamente en la jaula de oro y cerrar la puerta por dentro.
—Oh, no te equivoques, Isabella. No quiero tu sonrisa —susurró, inclinándose tanto que su aliento rozó mi oreja, erizándome la piel de manera involuntaria—. Lo que quiero es tu rendición total. Quiero que cuando me mires, veas lo único que te mantiene con vida. Ahora, firma el maldito papel.
Tomé la pluma con dedos que luchaban por no temblar y estampé la firma falsa con una precisión magistral. Al terminar, el silencio en la sala pareció vibrar. Marcus tomó el contrato, observó la tinta fresca y asintió con una satisfacción sombría.
—Bienvenida al resto de tu vida —sentenció, mientras su mano se posaba posesivamente en mi cintura, marcando su territorio ante el mundo que nos esperaba afuera.
La habitación del fondo del hostal de Masset olía a lo que huelen todos los refugios del Pacífico cuando el invierno dobla la esquina: a madera de cedro resinosa, a la parafina de las lámparas de reserva y a esa sal perenne que se filtra a través de las juntas de los marcos de las ventanas hasta fijarse en los colchones de lana. Fuera, el estrecho de Hécate se había calmado tras la pleamar de la madrugada, dejando en la línea de la costa un rumor sordo, lánguido, como el de un gigante que respira despacio después de haber vaciado los pulmones sobre los arrecifes.Era el alba del lunes. Una claridad limpia, desprovista del gris plomizo de los desfiladeros del Yukón, empezó a recortar la silueta del campanario de madera de la iglesia de los pescadores a través del visillo de encaje deshilachado.Julian estaba sentado en el suelo, de espaldas a la pequeña estufa de hierro fundido que devoraba las últimas astillas de pino con un tableteo perezoso. Había extendido su abrigo largo sobre el
El estrecho de Hécate no ofrecía una travesía limpia; era una llanura de agua plomiza y pesada que se movía con la lentitud de un músculo viejo bajo la quilla del vapor. A las ocho de la noche, el archipiélago de la Reina Carlota dejó de ser una promesa en los mapas de la oficina ferroviaria para convertirse en una línea baja de acantilados oscuros, coronados por una masa impenetrable de cedros que el viento del oeste inclinaba hacia el este, como si los propios árboles intentaran huir del mar abierto.El interior de la cabina de tercera clase olía a tabaco de pipa rancio, a lona encerada y a la grasa de bacalao que los marineros usaban para impermeabilizar los correajes. La lámpara de queroseno que colgaba del techo de chapa oscilaba con un ritmo rítmico y metálico, un crujido sordo que marcaba los grados de inclinación del buque a medida que la corriente del estuario cedía el paso a la resaca del Pacífico.Julian ocupaba el rincón más cercano a la escotilla de carbón. Mantenía las p
El vapor de la línea de la reina Carlota soltó un único silbato largo, un bramido sordo de hierro y agua caliente que hizo vibrar las planchas de madera del muelle de pasajeros de Prince Rupert. El sonido no tenía la estridencia de las alarmas del búnker; era una frecuencia baja, ordinaria, que se disipó rápidamente bajo el golpeteo del oleaje contra los pilares de abeto negro. El viento del Pacífico entraba ahora de lleno por la bocana del estuario, arrastrando un olor limpio a sal pura, a sargazo podrido y a la llovizna fría que borraba los últimos perfiles de las grúas de carga de la costa.Cruzamos la pasarela de madera en mitad de una fila de operarios de la empaquetadora de salmón y familias de colonos que regresaban a las islas con fardos de lona y cajas de herramientas. Nadie nos miró. El marinero encargado del acceso, un hombre con las manos agrietadas por la salmuera y un pasamontañas de lana gris calado hasta las cejas, se limitó a recoger nuestros cuatro cartones perforado
El desfiladero del Skeena se abría ante el convoy mixto con la parsimonia de una grieta geológica que hubiera tardado un siglo en ceder al empuje del agua. A las tres de la tarde, la lluvia fina de las colinas altas se transformó en un aguacero denso, racheado por el viento del oeste, que golpeaba los costados de chapa del vagón con la regularidad de una ráfaga de perdigones. Las tablas de pino alquitranado de la pared crujían con cada curva del trazado ferroviario, filtrando una humedad fría que olía a herrumbre, a carbón mojado y al fango salino que los estuarios de la costa empezaban a empujar hacia el interior de la provincia.Dentro del compartimento de cola, la luz se había reducido a una franja gris e inestable que entraba por la rendija de la puerta de corredera. Julian se mantenía de pie junto al marco de hierro, con el hombro derecho apoyado en el montante de madera para aliviar el peso sobre su articulación dañada. Su abrigo largo, empapado hasta la rodilla por el agua de l
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