Lucía se quedó congelada en el lugar. El frío del patio parecía haber subido por sus piernas hasta volverlas de piedra.
—¿Necesita algo, Don Rigo? —preguntó ella, tratando de que su voz no temblara.
Rigo, el supervisor, era un hombre de mediana edad con un pasado turbio que se le escapaba por los poros. Una cadena de oro, tan gruesa como una manguera de jardín, colgaba de su cuello hundido en la grasa de su nuca. Miró a Lucía de arriba abajo con una sonrisa torcida, como si hubiera encontrado u