Mundo ficciónIniciar sesiónPara el mundo exterior, Alexander Harrington es la definición misma de perfección… Treinta y cuatro años, un imperio empresarial que heredó y convirtió en leyenda, una mansión que parece un palacio de cristal sacado de un cuento y una esposa que quita el aliento a cualquiera que la ve pasar, la supermodelo internacional Natasha Harrington. Juntos son la pareja de portada eterna. Él con su traje impecable y esa mirada fría que derrite cámaras. Ella colgando de su brazo con vestidos de miles de dólares y una sonrisa que engaña a todos. Pero cuando las puertas de la mansión se cierran, la máscara cae. Dentro de esos muros de mármol solo quedan gritos ahogados, platos rotos que alguien recoge y una cama king size que él abandonó hace tanto tiempo que las sábanas del lado de Natasha ni siquiera conservan su olor. Entonces apareció Emma Castillo. Veintitrés años. Ella llegó con una maleta rota y una súplica en el corazón: necesitaba cada dólar, cada propina, cada hora extra para pagar el tratamiento que mantiene con vida a su madre, Carmen, la única familia que le queda. Su mundo cabe en un cuarto de servicio sin ventanas grandes, su voz nunca pasa de un “buenos días, señor” apenas audible y sus manos siempre huelen a limón y a lejía. Pero es precisamente en esas manos donde Alexander empieza a dejar, sin darse cuenta, los pedazos rotos de sí mismo. Cada noche que Natasha lo destroza con desprecios y reproches, es Emma la que cuida y le da sentido a la vida de Alexander. Porque mientras Natasha tiene el apellido, las joyas y el mundo a sus pies… Emma tiene algo que nadie le dio y que él jamas penso en tener de vuelta.
Leer másCada mañana, una sirvienta, con su uniforme impecable, diligentemente preparaba el desayuno para su jefe y su esposa, hoy era el turno de unos huevos con tostadas y un jugo de uvas para comenzar el día. Tan diligente y cuidadosa, como hermosa, Emma Castillo, ese es su nombre, un amor de persona, que siempre piensa en los demás antes que en lo que ella necesite.
Trabaja a tiempo completo en la mansión de los Harrington. Para Emma, no importaba el tipo de trabajo que hiciera, nada de eso importaba si podía obtener el dinero necesario para pagar el tratamiento de su madre, Carmen, quien padece una enfermedad hasta el momento “incurable”. Lo que más le aterra es perderla y perderse a sí misma. También, debe pagar sus estudios en una universidad prestigiosa, entró con una beca pero solo cubre la mitad, el resto debe pagarlo ella misma. Un ruido la distrajo apenas colocó ambos platos en la mesa del comedor. “De nuevo se pelearon… No otra vez… Todos los días es lo mismo… Ella es muy… Egoísta con él… Y él no se da cuenta… Ojalá pudiera cambiar las cosas… Al menos para él… No se como es que se enamoró de ella… ”. Pensaba mientras volvía a la cocina. Después de unos minutos donde Emma comió, lavó los platos y se dispuso a limpiar lo que quedaba en la estufa. Una hora más tarde, limpiaba las ventanas de los corredores, cerca de la habitación de aquella pareja algo disfuncional. Esta vez se escuchó como se abría la puerta, de esa habitación salió el jefe de este hogar, billonario, con poder, pero su cara lo decía todo… Él no era feliz con su actual esposa. Si nombre es… Emma lo notó y se detuvo para saludarlo. — Buenos días señor Alexander. Ella podía notar la cara de cansancio que traía, sus ojeras marcadas, sus ojos apagados, él nunca ante los medios se veía así, siempre lo enmascaraba, menos de Emma. Y él, siempre le sonreía, como si nada hubiera pasado pero su cara lo decía todo. — ¿Señor…? ¿Por qué luce tan cansado?, ¿Ha pasado algo?... —le pregunto mientras veía como cerraba la puerta detrás de él. — … Creo que usted, no ha dormido de nuevo… Alexander la miró con unos ojos tristes, su cabello, usualmente bien peinado y arreglado, luce como un desastre andante. Suspiró, pasándose una mano entre sus cabellos. — Ah… Eso, no es nada, Emma, solo son… Asuntos personales… —dijo. — No es nada de lo que tengas que preocuparte, en serio, no te preocupes. —sonrió ligeramente. Emma solo asintió y se quedó en silencio, Alexander caminó hasta una de las ventanas que ella recientemente había limpiado. El observaba hacia el jardín, con sus manos detrás de él. Más aún, el silencio no era para nada incómodo entre ellos. Era como si este silencio, dijera más entre ambos. — Sabes… Me alegro que te preocupes por mí, eres muy amable, muchas gracias Emma… Ya llevas un año aquí… ¿Cómo te sientes?... ¿El trabajo no se te dificulta nada, verdad?... Sé que las cosas se pueden volver un poco pesadas y algo caóticas… Por aquí, aunque seamos nada más los tres. —comentó. — No, al contrario, estoy bien, yo me he acostumbrado a su hogar… Déjeme le sirvo café, aún es temprano, le vendría bien para empezar el día. Emma se tomó unos minutos para caminar hasta la cocina y volver con una taza de café. Alexander solo asintió apenas vio la taza de café humeando entre los dedos de Emma. La tomó suavemente y tomó un pequeño sorbo. — Gracias… Sin duda eres maravillosa, Emma. — No tiene por qué agradecer, este es mi trabajo. — Insisto eres muy buena en esto, Emma. —dijo tomando otro sorbo. — No se como lo haces pero me encanta cuando cocinas o preparas bebidas... Emma solo sonrió, le gusta que solo él le hable así, que la elogie y que note todo el esfuerzo y amor en lo que prepara todos los días… Pero luego esa sonrisa se desvaneció. Temía preguntar lo siguiente pero era necesario. Siempre era necesario. — ehem… Señor, ahm… La señora Natasha, ¿comerá su desayuno como siempre?... Alexander se tenso apenas Emma mencionó a su esposa. Es lo que más evita y lo que más le da estrés. — Ah sí, el desayuno de Natasha… —dijo con una sonrisa incómoda, casi sarcástica solo para aparentar lo obvio. — Yo le he preparado huevos con tostadas y juego de uva señor. — Oh no, esta vez, mínimo querrá comer fruta, yogurt griego y un poco de granola… Ah, y por favor no le añadas nueces esta vez… La última vez por poco te despide… Hizo un escándalo que aún me siguen persiguiendo esas palabras. — Lo sé, por eso desde esa vez le he estado preparando huevo y tostadas. Alexander se acercó hasta estar frente a frente con ella, estaba nervioso de solo sentir la proximidad de Emma. Era mucho más alto que ella, 1,90.. y Emma medía apenas 1,70… a veces parecía que media menos al lado de él. Y de alguna manera, se sentía vulnerable cerca de ella. — Emma, si… si ella alguna vez te da problemas… No dudes en acudir a mi, eres… Importante para mí. —lo susurro solo para que ella lo escuchará, nadie más, solo ella. — Lo tendré en cuenta… Muchas gracias, señor… —asintió. Emma retomó su trabajo como de costumbre, mientras Alexander se encontraba perdido entre sus pensamientos, después de unos segundos sacudió su cabeza y se dirigió a la puerta. — Creo que debería irme… Tengo que revisar algunas cosas… si algo cambia con tus estudios o con tu madre, por favor házmelo saber… tú sabes que quiero ayudar de la manera que pueda, sabes que cuento con los recursos necesarios. —exclamó con una sonrisa sincera. Al haber dicho esas últimas palabras, se retiró, dejando a Emma sola para que continúe haciendo su trabajo. Cuando escuchó sus pasos alejarse, no pudo evitar sentir una mezcla de gratitud y también, empezaron a brotar sentimientos que no debería tener por quién le dio este trabajo, es un sentimiento prohibido pero que a su vez, no podía dejar de pensar en él de esa manera.Emma intentó incorporarse para demostrar que estaba bien, que no se sentia mal o que estaba enferma, pero Alexander la detuvo colocando una mano suave pero firme sobre su brazo.— No, quédate quieta, no debes de levantarte... Sigues con fiebre... —dijo suavemente.No fue exactamente una orden, ni tampoco una simple petición. Fue algo entre las dos cosas, con ese tono que solo él sabía usar. Su mano se quedó unos segundos más sobre su brazo antes de apartarla con cuidado.— ¿Qué… pasó? —preguntó Emma, con la voz débil.Alexander frunció ligeramente el ceño.— Eso mismo debería preguntarte yo... ¿Qué hacías tirada en el sofá en ese estado?... ¿Por que no me avisaste que estabas con fiebre?... Emma cerró los ojos un momento, intentando recordar lo que habia pasado antes de que Alexander la ayudara. Todo venía en fragmentos, el pasillo, la pared, el mareo, unos brazos sosteniéndola, el sofá… y después, nada.— No lo sé… ¿No era usted?... —respondió con honestidad, y eso la avergonzó.— N
Al día siguiente, la fiebre no se había ido del todo.Emma despertó con el cuerpo pesado, la cabeza le latía con una presión constante que no la dejaba pensar con claridad. El descanso de la noche anterior había sido corto… Apenas era un respiro, unas pocas horas de sueño robadas entre pensamientos que no la dejaban en paz, entre números que no cerraban, entre imágenes del hospital y facturas acumuladas que se apilaban en su mente como una deuda que crecía sola.Aun así, se levantó, no tenía tiempo para detenerse, no ahora.Se vistió con lentitud, más de lo habitual. Cada gesto le costaba el doble, los brazos le pesaban. Los ojos le ardían con esa sensación característica de cuando el cuerpo avisa que algo no está bien, ese calor sutil detrás de los párpados que no desaparece aunque uno lo ignore con terquedad.Y aun así lo ignoro...Se abrochó los botones de la camisa con paciencia, frente al espejo del baño, mirándose sin realmente mirarse. El reflejo le devolvía una versión de sí mi
La mañana llegó fuerte, directa y sin espera.Emma abrió los ojos con dificultad, sintiendo el cuerpo extraño, ajeno. Un calor pegajoso se había instalado bajo su piel, mezclado con un cansancio profundo que no parecía corresponder al sueño que acababa de tener. Se quedó unos segundos mirando el techo, respirando lento, como si incluso ese acto requiriera esfuerzo.— Estoy bien… —susurró para sí misma, aunque la voz le sonó débil, poco convincente.Aun así, se levantó. Se duchó con agua tibia que no logró refrescarla del todo, se vistió con cuidado, intentando ignorar el leve mareo que aparecía cada vez que se movía demasiado rápido. Se miró al espejo un instante y apartó la mirada. No quería ver lo que ya intuía, las ojeras, la palidez bajo el tono bronceado de su piel, la expresión cansada que no lograba disimular.Bajó a la planta principal.La casa seguía su ritmo habitual, el suave rumor de la cocina, el aroma del café recién hecho, el sonido lejano de la aspiradora en alguna hab
El silencio en la habitación era distinto esta vez.Emma estaba sentada en el borde de la cama, aún envuelta en la chaqueta de Alexander. La prenda era demasiado grande para ella... Las mangas le cubrían casi hasta las puntas de los dedos, pero el calor que desprendía no tenía nada que ver con la tela. Sus manos seguían frías, aunque ya no temblaban con la misma intensidad de antes.Alexander no se había marchado.Seguía ahí, de pie frente a ella, observándola con esa intensidad que parecía capaz de desarmarla sin siquiera tocarla.El aire entre ambos se sentía denso, cargado de palabras que aún no se decían y emociones que ninguno de los dos había planeado dejar salir en esos momentos.— No te creo —dijo Alexander mientras pensaba en que ella no le estaba diciendo del todo lo que pasaba realmente.Su voz fue baja, pero firme, como una puerta que se cierra con suavidad pero sin posibilidad de abrirse de nuevo tan fácilmente.Emma levantó la mirada, sorprendida por el tono.— ¿Señor…?
Último capítulo