—Lucía, olvidate de tu sueldo de este mes. Ya no existe.
Al amanecer, la jefa de zona, Esther Frost, le arrojó un papel a Lucía con un gesto de asco. El viento helado de Tegucigalpa golpeaba las manos de la joven madre, dificultándole sostener la escoba. Se dio la vuelta, aturdida.
—¿Qué dice, señora Frost? No puede ser. Es el segundo día del mes. ¿Cómo voy a haber perdido mi sueldo si apenas empiezo?
No era una suma pequeña. Esos 3,000 lempiras (unos 120 dólares de estipendio base) eran el oxí