Mundo ficciónIniciar sesiónLysandra se despertó lentamente y, con pereza, estiró el brazo para buscar a Adrián. En lugar de su calor, solo encontró el frío de la cama vacía. La luz que entraba por la ventana ya no le pareció cálida, la sonrisa se le borró de golpe. Se dio cuenta, de inmediato, de que algo andaba muy mal.
Se incorporó en el colchón, sintiendo el cuerpo pesado y adolorido, lo cual era un recordatorio físico de la pasión de la noche anterior. Fue entonces cuando notó que no estaba del todo sola, pero la compañía que encontró no venía de la persona que esperaba.
En la poltrona de terciopelo dispuesta frente a la cama, Vania estaba sentada con las piernas cruzadas, luciendo una de las batas de seda de Lysandra. Y en su mano derecha sostenía una taza de café con una elegancia felina, observándola con una expresión de aburrimiento y triunfo.
—Vaya, por fin despierta la Bella Durmiente —dijo Vania en un tono de voz que denotaba un sarcasmo que Lysandra no reconoció en ella—. Aunque, siendo sincera, pareces más una ballena que una princesa.
Lysandra sintiéndose intimidada se cubrió instintivamente con las sábanas, el corazón comenzó a golpearle las costillas como un animal enjaulado. Vania nunca antes la había tratado de ese modo.
—¿Vania? ¿Qué haces aquí? ¿Y por qué tienes puesta mi ropa? ¿Dónde está Adrián? —le inquirió, optando por ignorar su comentario de mal gusto. Si quiso jugarle una broma, el comentario a Lysandra le cayó mal.
La puerta del baño se abrió y Adrián salió, ya vestido con un traje de lino azul marino, impecable, como si nunca hubiera pasado la noche entre esas sábanas. No la miró a los ojos. Caminó hasta el buró y tomó el reloj de oro —el que ella le había regalado en su primer aniversario—, lo ajustó a su muñeca con una calma irreverente.
—Adrián, amor, ¿qué está pasando? —le preguntó Lysandra, con un tono de voz insegura.
Él levantó la vista finalmente, pero en ese momento Lysandra no vio al hombre que la había adorado horas antes. Su mirada era la de un extraño, una mirada despojada de cualquier rastro de humanidad.
Carraspeó la garganta antes de hablar, la miró por unos segundos más, luego giró el rostro hacía Vania quien sonreía mirándolo extraño.
—Lo que pasa, Lysandra —hablo por fin—, es que tu tiempo en esta casa ha caducado —le dijo arrojando una carpeta sobre el colchón. El sonido seco del papel contra la cama sonó a bofetada—. Los documentos que firmaste anoche no eran para la aduana. Eran la transferencia irrevocable de tus acciones y un divorcio por mutuo acuerdo donde me cediste la mansión, los fondos y la empresa por daños morales e incapacidad administrativa.
Lysandra abrió la carpeta con manos temblorosas. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras leía los párrafos técnicos que devun zarpazo borraban su existencia legal en todo lo que le dejó su madre.
—No... esto es un fraude. Tú me engañaste, Adrián. ¡Estábamos… haciendo el amor! ¡Me dijiste que me amabas! —exclamó desesperada.
Vania soltó una carcajada estridente, mientras se incorporaba de la poltrona y caminaba hacia la cama. Se acercó tanto que Lysandra pudo oler su perfume, el mismo que ella le había regalado por su cumpleaños.
—¿Hacer el amor? —le preguntó Vania metiéndose en la conversación—. ¿En serio? ¡Qué palabra tan pintoresca! —dijo con sarcasmo mientras se mofaba—. Lys, querida, mírate en un espejo. ¿De verdad creíste que un hombre como Adrián iba a tocar ese exceso de carne por placer? ¿De verdad crees que un hombre como él haría el amor contigo? —El golpe que Lysandra sintió la dejó sin palabras, como si le hubieran quitado el oxigeno—. Estar contigo ha sido un trabajo de campo, una misión de supervivencia financiera. Deberías agradecerle el sacrificio. El pobre ha tenido que fingir devoción por tres años mientras yo lo esperaba en el apartamento que tú misma pagabas para quitarle semejante trauma.
—¿Ustedes...? ¿Desde cuándo? —susurró Lysandra, sintiendo el impacto de la traición confesada, al tiempo que el aire se volvía ácido en sus pulmones.
Respira era doloroso, y el ardor entre pecho y espalda era desgarrador.
—Desde antes de la boda —respondió Adrián con una tranquilidad que la terminó de helar. Cruzó los brazos sobre su tórax con una naturalidad que fue peor, como lo que acababa de decirle era algo normal, aceptable—. Vania ha sido mi compañera en este proyecto. Tú solo eras el capital. Un capital que ahora ha cambiado de manos. Ya no eres dueña de Imperial Textiles, Lysandra. Ni siquiera eres dueña de la cama en la que estás sentada. Todo es mío. Mi nombre es el que figura en los registros. El tuyo es solo una mancha que estoy a punto de borrar.
Lysandra sintió una náusea violenta subió por esófago. El recuerdo de las caricias de Adrián de la noche anterior regresó como puñaladas en serie. Recordó cómo él le había susurrado que sus curvas eran su paraíso mientras buscaba el ángulo adecuado para que ella firmara sobre sus voluminosas piernas. La hipocresía era tan vasta que resultaba difícil de asimilar.
—¡Es la empresa de mi madre! ¡Ella la construyó con su sangre! —gritó Lysandra, olvidando su desnudez y poniéndose de pie, envuelta en la sábana—. ¡No puedes quedarte con ella! ¡Es un robo!
—No es un robo si hay una firma legal, querida —intervino Vania, mientras se atrevía a acariciar la mejilla de Adrián con una posesividad insultante—. Y según estos papeles, tú aceptaste todo a cambio de que Adrián no hiciera pública tu inestabilidad mental y tus supuestas infidelidades. Hemos preparado un dossier completo de mentiras que la prensa devorará si intentas pelear.
Lysandra miró a Adrián, buscando un último resto de humanidad, de amor, o del que creía conocer y que durmió a su lado todos esos años.
—Adrián, por favor... dime que esto es una pesadilla. Dime que no pasaste tres años mintiéndome cada vez que me abrazabas.
Adrián caminó hacia ella, deteniéndose a solo unos centímetros. Su rostro quedó tan cerca del de ella, que Lysandra pudo ver el desprecio puro en sus pupilas. Se dejó ver cómo quien era realmente, un monstruo. Un estafador de ilusiones y de lo único que le quedaba de su madre. Ya no necesitaba actuar.
—¿Quieres la verdad, Lysandra? —le preguntó con un tono de voz carente de emoción—. La verdad es que cada vez que entraba en esta habitación, sentía que entraba en un matadero. Tuve que cerrar los ojos cada noche para poder tocarte. Tuve que imaginarme a Vania, imaginarme el dinero, imaginarme el poder, para no flaquear ante el asco que me producía tu cuerpo.
Lysandra retrocedió, tropezando con la mesilla de noche. El dolor en su pecho era tan intenso que pensó que su corazón se detendría.
—Tres años —continuó Adrian, mientras que en sus ojos se veía él goz, el morbo de estar disfrutando de la destrucción que estaba causando—. Eso es un record, un verdadero sacrificio. De verdad me merezco ser el único propietario de todo. Tres años de fingir que tus caricias no me daban náuseas, eso es una verdadera hazaña. ¿Sabes lo agotador que es fingir deseo por alguien que no puede ni verse los pies en la ducha? He fingido cada palabra, cada beso y, sobre todo, he fingido cada orgasmo durante tres años solo por la empresa. De verdad me felicito. Soy realmente bueno en esto del engaño. Todo fue una actuación magistral para llegar a este momento —escupió con orgullo marcado en la curvatura de sus labios y el brillo maléfico en sus ojos..
El silencio que siguió fue sepulcral, se veía interrumpido solo por segundos y por los sollozos ahogados de Lysandra. El desprecio de Adrián era como un ácido que disolvía no solo su presente, sino también todos sus recuerdos felices, convirtiéndolos en basura.
Vania, desde el fondo, sonreía mientras revisaba el armario de Lysandra, seleccionando qué vestidos se quedaría y cuáles tiraría.
—Eres un monstruo —le dijo Lysandra con dolor en el tono de su voz a Adrian al tiempo que la rabia empezaba a hervir bajo el dolor—. Un monstruo que se vendió por una fábrica.
—Y tú eres una gorda ilusa que creyó que el amor podía comprarse —replicó Adrián—. Ahora, vete. Tienes cinco minutos para salir de mi casa. Los guardias ya tienen órdenes de sacarte si no te mueves.
Lysandra, impulsada con el poco orgullo que le quedaba y una furia ciega creciente, soltó la sábana por un segundo y levantó la mano con toda su fuerza. Quería borrarle del rostro esa sonrisa cínica, quería que él sintiera una pizca del dolor que la estaba consumiendo. Levantó la mano para abofetearlo, pero Adrián, con la rapidez de un guerrero entrenado, le atrapó la muñeca en el aire con una fuerza que hizo que ella soltara un gemido de dolor.
La apretó con violencia, obligándola a mirarlo mientras la empujaba hacia atrás. Vania, que estaba afanada hurgando entre las cosas de Lysandra, se detuvo para observar la escena con placer sádico.
—Ni se te ocurra —susurró Adrián, mientras sus dedos se hundían en la carne de la muñeca de Lysandra—. Ya no tienes poder aquí. No eres nada. Solo eres un desperdicio que ha tenido la suerte de dormir en seda gracias a mi paciencia.
La soltó con tal desprecio que ella cayó de rodillas sobre la alfombra, desnuda y expuesta ante los ojos de su verdugo y su amante. Adrián se limpió la mano con n su pañuelo de seda, como si el contacto con ella lo hubiera contaminado.
—Me das asco, Lysandra —escupió él, mirándola con una repugnancia final que selló su destino—. El simple hecho de respirar el mismo aire que tú me revuelve el estómago. Vete ahora, antes de que decida que ni siquiera mereces la ropa que llevarás puesta.
Lysandra permaneció en el suelo, con el cabello cubriéndole el rostro, escuchando cómo Adrián y Vania salían de la habitación entre risas, discutiendo sobre los cambios que harían en la decoración. La humillación era total.
Tirada sobre la alfombra lloró con intensidad. Estaba desnuda, traicionada y despojada de todo lo que amaba por el hombre que había sido su mundo. Pero en la oscuridad de su desesperación, mientras sus lágrimas mojaban la alfombra, una pequeña chispa de odio puro comenzó a encenderse, una promesa de que, algún día, el asco cambiaría de dueño.







