Al girar la imagen, sus dedos temblaron. En el reverso, una caligrafía elegante pero afilada, una que Lysandra reconoció al instante a pesar de que la dueña de esos trazos, Vania, llevaba meses bajo tierra, dictaba una última sentencia desde el pasado:
"La seda no puede ocultar lo que siempre fuiste. No eres una santa, solo eres una víctima con dinero".
Lysandra apretó el papel, sintiendo cómo el borde afilado le cortaba la piel de los dedos. Era una imagen robada, un momento de miseria que ell