Lysandra se despertó lentamente y, con pereza, estiró el brazo para buscar a Adrián. En lugar de su calor, solo encontró el frío de la cama vacía. La luz que entraba por la ventana ya no le pareció cálida, la sonrisa se le borró de golpe. Se dio cuenta, de inmediato, de que algo andaba muy mal.Se incorporó en el colchón, sintiendo el cuerpo pesado y adolorido, lo cual era un recordatorio físico de la pasión de la noche anterior. Fue entonces cuando notó que no estaba del todo sola, pero la compañía que encontró no venía de la persona que esperaba.En la poltrona de terciopelo dispuesta frente a la cama, Vania estaba sentada con las piernas cruzadas, luciendo una de las batas de seda de Lysandra. Y en su mano derecha sostenía una taza de café con una elegancia felina, observándola con una expresión de aburrimiento y triunfo.—Vaya, por fin despierta la Bella Durmiente —dijo Vania en un tono de voz que denotaba un sarcasmo que Lysandra no reconoció en ella—. Aunque, siendo sincera, pa
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