—Él... él, Cass —gimió Lysandra, encogiéndose en la cama del hospital, ignorando el dolor de sus huesos—, me hizo creer que me amaba. Anoche... ¡Dios mío! —dijo sin tener noción del tiempo transcurrido—. Anoche me besó como si fuera lo más preciado de su vida. Me hizo sentir que mi cuerpo, este cuerpo que todos desprecian, era su santuario, y mientras me tenía en sus brazos, me hizo firmar mi muerte.
Lysandra se cubrió el rostro con la mano libre, hundida en un mar de desprecio.
—Soy una idiota,