CENIZAS Y BARRO

Tirada en un charco de agua fría y sangre, Lysandra apenas sentía la lluvia. Solo podía escuchar los ecos de las mentiras de Adrián y el golpe seco de la puerta al cerrarse. Estaba sola, herida y expulsada de su propia vida.

—¡Dios mío! ¡He golpeado a alguien! —De pronto, un grito de mujer atravesó la niebla

Unos pasos rápidos chapotearon en el barro. Era Cassandra de la Fontaine quien bajó del auto con el corazón martilleando contra sus costillas. Vestía un abrigo de cachemira color camello que costaba más de lo que un obrero ganaba en un año, y sus botas de cuero italiano se hundieron sin miramientos en la mugre mientras se arrodillaba junto al cuerpo tendido. Cuando Cassandra apartó el cabello empapado del rostro de la víctima, soltó un jadeo que se perdió en el viento.

—¿Lysandra? ¿Lysandra Valerius? —su voz tembló mientras la llamaba buscando despertarla. 

Se decía que no podía ser ella. La mujer que recordaba, la imponente y generosa heredera que le había tendido la mano cuando su galería de arte estaba en la ruina, no podía ser este despojo humano envuelto en un satén desgarrado que apenas cubría su cuerpo herido.

Sin dudarlo, Cassandra usó toda su fuerza para cargar el cuerpo inerte de Lysandra. El peso era considerable, pero la adrenalina y la deuda de gratitud que sentía tenía con ella, le dieron una fortaleza inesperada. La acomodó en los asientos traseros de cuero de su Mercedes, ignorando cómo el barro y la sangre arruinaban la tapicería.

—No te mueras, Lys. No hoy —susurró Cassandra, pisando el acelerador hacia el hospital privado más cercano.

Inmediatamente la ingresó al hospital la atendieron. Pasaron horas que fueron angustiantes para Cassandra., tiempo durante el cual a su mente llegaron cualquier cantidad de pensamientos preocupantes y muchas interrogantes del por qué la encontró en tan mal estado. 

El despertar de Lysandra al día siguiente, no fue un alivio, fue un descenso a un nuevo círculo del infierno. Lo primero que sintió fue el dolor, un ardor en su brazo izquierdo, una presión punzante en la cabeza y el roce abrasador de las gasas sobre su piel lacerada. Pero el dolor físico era una caricia comparado con el vacío en su pecho cuando su mente logró ubicarse en el tiempo y los recuerdos llegaron como balas disparadas en repetición.

Abrió los ojos. El techo era de un blanco clínico, frío y el sonido rítmico casi enloquecedor de un monitor cardíaco llenaba el silencio. Intentó moverse, pero un gemido de agonía escapó de sus labios.

—Tranquila, Lys. Estás a salvo.

Lysandra giró la cabeza con lentitud buscando a la responsable de esa voz. Al lado de la cama, sentada en un sillón de cuero, estaba Cassandra. Su apariencia era impecable, salvo por las manchas de barro que aún quedaban en las mangas de su blusa de seda verde esmeralda. Sus ojos oscuros, cargados de una determinación feroz, observaban a su antigua benefactora.

—¿Cassandra? —inquirió Lysandra en un susurro y con expresión confusa. Su voz era un raspado de lija contra madera—. ¿Por qué... por qué estoy aquí?

—Te encontré en la carretera, cerca de la mansión. O mejor dicho, mi coche te encontró —Cassandra se acercó y tomó la mano ilesa de Lysandra—. El médico dice que tienes una fractura en el cúbito, una conmoción cerebral leve y múltiples laceraciones. Pero lo que más le preocupa es tu estado de hipotermia. Lysandra, ¿qué te ha pasado? ¿Dónde está Adrián?

Al oír ese nombre, el cuerpo de Lysandra reaccionó y el monitor cardíaco empezó a acelerarse. Un sonido agudo y frenético llenó la habitación. Lysandra cerró los ojos y el llanto brotó como el aullido sordo de un animal herido de muerte.

—Él... él lo hizo, Cass —gimió Lysandra, encogiéndose en la cama del hospital, ignorando el dolor de sus huesos—. Me hizo creer que me amaba. Anoche... ¡Dios mío! Anoche me besó como si fuera lo más preciado de su vida. Me hizo sentir que mi cuerpo, este cuerpo que todos desprecian, era su santuario, y mientras me tenía en sus brazos, me hizo firmar mi muerte.

Lysandra se cubrió el rostro con la mano libre, hundida en un mar de desprecio.

—Soy una idiota, Cass. Me miró a los ojos y me llamó mi reina mientras me robaba la herencia de mi madre. Me arrojaron a la calle como si fuera basura orgánica. Mi suegra... ella me empujó, me hizo  rodar por esas escaleras que yo misma mandé a pulir... y Vania... mi mejor amiga... ella estaba acostándose con él desde diempre. Me engañaron, solo querían mi dinero.

Cassandra sintió que la sangre le hervía. Se puso de pie. Su presencia en ese momento llenó la habitación de una autoridad fría.

—¡Ese malnacido! —bramó Cassandra enojada—. Sabía que era un oportunista, pero esto... esto es criminal. Lysandra, te voy a  ayudar, llamaré a mis abogados. Recuperaremos la empresa. Te juro por mi vida que Adrián Conte no se saldrá con la suya.

Pero Lysandra no le respondió. Se sumió en una espiral de pensamientos autodestructivos. Parecía no haber escuchado a Cassandra.

—Tenía razón, Cass —susurró Lysandra, mirando sus propios brazos bajo la bata de hospital—. Adrián tenía razón. Soy un desperdicio. ¿Cómo pude ser tan ciega? Creí que alguien podía amarme de verdad siendo así... tan grande, tan desproporcionada. Me usó porque sabía que mi necesidad de amor era más grande que mi sentido común. El amor me volvió estúpida.

—¡Cállate! —le pidió en un tono de voz de súplica. Cassandra la tomó por los hombros con firmeza pero sin lastimarla—. No dejes que sus insultos se conviertan en tu verdad. Tu cuerpo no es el problema, su alma podrida lo es.

—Duele, Cass. Duele tanto que no puedo respirar —Lysandra se aferró a la sábana, y su cuerpo temblaba de forma incontrolable—. No es solo el dinero. ¡Yo lo amaba! Le entregué mis miedos, mis sueños, la memoria de mi madre. Le confié cada rincón de mi ser. Y ahora... cada vez que cierro los ojos, veo su mirada de asco cuando me dijo que fingió cada orgasmo. ¿Sabes lo que es eso? Es sentir que tu propia piel es un campo de batalla donde perdiste la guerra.

El proceso de duelo de Lysandra era crudo y desgarrador. No era una tristeza limpia; era un fango de recuerdos contaminados. Recordaba la forma en que él le apartaba el cabello la noche anterior, y ahora comprendía que solo buscaba que firmara mejor. Recordaba sus promesas de un futuro juntos, y entendía que solo se refería a los clavos de su ataúd. 

La duda sobre su propio valor físico la carcomía; se sentía una montaña de carne humillada.

—¿Por qué no me dejaste en la carretera? —preguntó Lysandra, dirigiendole una mirada vacía—. Habría sido más fácil morir allí, siendo la gorda loca de la que todos se reirían, que enfrentar este vacío.

Cassandra se sentó en el borde de la cama y la  obligó a sostenerle la mirada.

—Lo hice porque tú me salvaste cuando nadie más creía en mí. Porque eres Lysandra Valerius, y el mundo necesita que esa mujer regrese. No la víctima, sino la dueña. Escúchame bien, no estás sola. Tengo los recursos, tengo el poder y ahora tengo un propósito. Entiendo que estés deprimida, es normal por el golpe tan bajo que te dieron cuando estabas confiando en ellos. Vive tu duelo si así lo quieres y necesitas. Mientras te recuperas te voy a ayudar a esconder. El mundo pensará que moriste en ese accidente o que huiste por la vergüenza, da igual lo que piensen. Lo importante es tu recuperación física, mental y emocional. Mientras tanto, nosotras construiremos algo nuevo.

Lysandra permaneció en silencio durante mucho tiempo. Intentaba escucharla, le costaba seguirle el ritmo; su mente estaba arrastrándose en el dolor de la traición. 

Al ver que Lysandra no le respondía, Cassandra decidió no insistir, no en ese instante. Era consciente de la necesidad de dejarla pensar sin que él dolor dominará la apreciación que tenga de la realidad. Cassandra, consciente de haber lanzado el anzuelo, aceptó que para ayudarla debía esperar paciente que Lysandra eliminará el velo del victimismo de su mente y tomara la iniciativa.

Los días pasaron, y Lysandra daba signos significativos de mejoría de sus heridas físicas, Cassandra estuvo ahí siempre. Lo que si no evidenciaba cambiar tan fácilmente era la depresión. La tristeza de Lysandra era preocupante, tanto que su salvadora consideró solicitar una interconsulta de un terapeuta psiquiátrico.

El día del alta médica, el monitor cardíaco seguía su ritmo monótono, pero poco a poco, su tristeza se transformó en una calma helada. No fue algo repentino, fue un sentimiento que se fue asentando lento y alimentado por la rabia y la desolación. Sus lágrimas, que antes brotaban con desesperación, se volvieron pesadas, espesas, hasta que finalmente se detuvieron. El amor que sintió por Adrián no desapareció; simplemente la calidez que lo envolvía, se fue envolviendo en una coraza de apatía, un escudo que le impedía volver a abrir su corazón. 

Al abordar el auto de Cassandra, cerró los ojos y, en lugar de tristeza, revivió la textura del asfalto mojado en su piel, y el peso de las fotos de su madre esparcidas que no pudo llevar consigo. Ahí, entendió que ellos no solo la habían expulsado de una mansión; la habían despojado de lo único que le quedaba de su pasado.

—No llames a los abogados todavía, Cassandra —dijo Lysandra por fin.

Su voz no tembló. Era un sonido nuevo, firme.

—¿Qué tienes en mente entonces? —preguntó Cassandra, la miró apenas un segundo y luego volvió a ver el tráfico.

Lysandra abrió los ojos lentamente. Miró por la ventana la ciudad, viendo que siguió ritmo y ella perdió tiempo y vida revolcandose en su miseria.

—He estado pensando en tú propuesta —suspiró—. Una demanda legal es un permiso para que los abogados se enriquezcan mientras ellos siguen viviendo en mi casa, durmiendo en mi cama y gastando el dinero de mi empresa —le explicó, y su mirada se volvió letal—. No quiero un acuerdo. Quiero que Adrián pierda la empresa, que Vania descubra que el hombre por el que traicionó a su amiga no tiene nada que ofrecerle, excepto deudas y unas cuantas revolcadas, y deseo que la desgraciada de mi ex suegra, termine rogando por una habitación en el asilo más pobre del país.

 Cassandra, sorprendida se volvió hacia ella con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—No voy a recuperar lo que perdí. Voy a quitarles hasta el aire que respiran.

Cassandra guardó silencio un segundo y luego dejó escapar una sonrisa pequeña, pero cargada de peligro. 

—Eso requerirá tiempo, un cambio radical, Lys.

—Aun me falta para recuperarme, en ese tiempo puedo moldear lo que quiero mostrarles. La mujer que amaba a Adrián Conte murió en esa carretera —sentenció Lysandra, sintiendo cómo si una mano fría rozara suavemente su corazón para recordarle el sufrimiento y la humillación—. Él quería mi empresa, mi dinero y despreciaba mi cuerpo. Pues bien, que se crea triunfador. 

Lysandra miró la mano que había firmado su ruina.

—A partir de hoy, el odio será mi única religión. Mi cuerpo será el recordatorio de cada insulto, de cada risa de Vania, del empujón de Beatriz. No voy a cambiar para que me amen, Cassandra. Voy a hacerme tan poderosa que tengan que arrodillarse ante mí aunque me odien.

—Bienvenida de nuevo, Lys —dijo Cassandra, sonriendo satisfecha de ver qué Lysandra por fin volvió a la lucidez que le caracterizaba   —. ¿Qué tienes en mente?

—Primero, borrar mi nombre o simular uno distinto —respondió Lysandra, mirando el tráfico—. Lysandra Valerius ha muerto en el barro. Lo que regrese de allí será su peor pesadilla.

En ese momento, una nueva identidad nació a través del dolor. El velo del amor desapareció. Ya no quedaba rastro de la heredera bondadosa. 

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