CENIZAS, BARRO Y CULPA

Tirada en un charco de agua fría y sangre, Lysandra apenas sentía la lluvia. Estaba sola, herida y expulsada de su propia vida.

La puerta del auto que accidentalmente la golpeó se abrió y unos zapatos de cuero caros tocaron el asfalto mojado, pero Lysandra, inconsciente, no podía verlo, sumergida en la oscuridad solo recordaba una frase que resonaba como un mantra: 

«Hazlo por nosotros… por nuestro futuro… Firma aquí, mi vida».

—¡Dios mío! ¡He golpeado a alguien! —El grito de mujer atravesó la niebla

Era Cassandra de la Fontaine, su corazón martillaba contra sus costillas. Vestía un abrigo de cachemira color camello que costaba más de lo que un obrero ganaba en un año.  Cuando se arrodilló y apartó el cabello mojado del rostro de la víctima, soltó un jadeo de horror puro.

—¿Lysandra? ¿Lysandra Valerius? —Su voz tembló mientras la llamaba buscando despertarla. 

Cassandra, cuya vida había sido salvada años atrás por la generosidad de esa misma mujer, no vaciló. Temiendo el final, con una fuerza nacida de la gratitud y la rabia, cargó el cuerpo de Lysandra. La acomodó en los asientos traseros de cuero de su Mercedes, sin importarle cómo el barro y la sangre arruinaban la tapicería.

—No te mueras, Lys. No hoy —susurró Cassandra, pisando el acelerador hacia el hospital privado más cercano.

Al ingresar a la clínica, el caos se desató. Médicos y enfermeras corrían mientras Cassandra gritaba órdenes.

—¡Fractura expuesta en el cúbito! ¡Signos de hipotermia severa! ¡Traumatismo craneal! —gritaba un enfermero mientras trasladaban a Lysandra a una camilla.

Cassandra se detuvo frente a las puertas de urgencias, sus manos manchadas de la sangre de su amiga. Pasaron horas que fueron angustiantes para Cassandra., tiempo durante el cual muchas interrogantes la atacaron en torno a por qué la encontró semejante estado. 

Mientras Lysandra entraba en el quirófano, en un limbo entre la vida y la muerte, su mente se hundía en un abismo oscuro. La última imagen que retuvo no fue el golpe, ni el frío, sino la sonrisa de Vania y la mirada vacía de Adrián. La traición había sido total: sus ojos la habían engañado, su piel la había traicionado al desear a su verdugo, y su corazón... su corazón simplemente se había detenido.

Pero, mientras el cuerpo de Lysandra luchaba por no rendirse en la mesa de operaciones, en la suite principal de la mansión Valerius, el ambiente era de una festividad macabra. El estallido del corcho de una botella de champaña Vintage resonó contra las paredes, era un sonido que para Adrián Conte marcaba el inicio de su verdadera vida.

Por su parte, Vania, aún vistiendo el camisón de seda que le había robado a su amiga, se dejó caer en la cama con una copa en la mano. Sus ojos recorrían la habitación con una codicia insaciable, apropiándose de cada rincón, de cada joya que había en esa habitación.

—¿Lo sientes, Adrián? —le inquirió Vania,con un tono de voz que desparramaba una satisfacción venenosa—. El aire es más ligero. Ya no hay rastro de ese olor a colapso y grasa que ella dejaba en todas partes.

Adrián caminó hacia el ventanal, observando la lluvia que borraba cualquier rastro del caos. Sin embargo, una estela de inquietud cruzó su rostro. El peso de los documentos firmados le quemaban.

—Vania, ¿y si ella regresa… o, va a la policía? —le preguntó en un tono de voz vibrante de paranoia repentina—. Debemos ser conscientes de lo que vamos a decir. Tiene que coincidir. Los abogados de los Valerius son perros de presa. Si ella decide denunciarnos por robo, no habrá champaña que nos salve del escándalo.

Vania se incorporó con una gracia letal y caminó hacia él. Pasó sus manos alrededor de su cuello, obligándolo a mirarla. Su belleza, tan letal como su mente maquiavelica, era la única ancla que Adrián tenía.

—Cariño, siempre fuiste un hombre de poca visión —le susurró, rozando sus labios con los de él—. Lysandra no va a ir a ninguna parte. Mañana mismo tenemos una cita con el doctor Arismendi. Él ya tiene listo el historial que necesitamos: un registro detallado de sus crisis psiquiátricas de los últimos tres años. Informes que certifiquen su inestabilidad emocional, su desorden alimenticio compulsivo y sus tendencias suicidas.

Adrián frunció el ceño, procesando la información. La vileza de Vania siempre lo sorprendía, pero esta vez, el plan era perfecto.

—Ella no es nadie sin nosotros, Adrián —continuó Vania, intensificando su manipulación—. Para el mundo, ella será una mujer acabada que perdió el juicio. Si intenta denunciarnos, solo confirmará su locura. Eres el esposo perfecto, todos lo han visto. Eres el mártir que intentó salvarla de sí misma mientras ella hundía la empresa con su incompetencia.

—Su incompetencia... —repitió Adrián, y una sonrisa torcida empezó a dibujarse en sus labios—. Tienes razón. Mañana presentaré los estados financieros que estuve alterando. Informes que demuestran que sus decisiones absurdas llevaron a Imperial Textiles al borde del abismo. Yo seré el héroe que rescató el legado de los Valerius de las manos de una mujer desequilibrada.

Vania rió de manera grotesca, fue un sonido hostil que se mezcló con un trueno que se desplegó en el cielo, como si confirmara su maldad. Se sumergieron en un beso. Se sentían invencibles. En su arrogancia, justificaban su maldad como una forma de justicia poética, se decían que el mundo pertenecía a los bellos y a los astutos, como ellos, no a los seres inferiores como Lysandra.

A kilómetros de allí, en la penumbra de la clínica privada, el monitor cardíaco de Lysandra emitía un pitido débil pero constante. Cassandra estaba sentada junto a ella, observando las vendas que cubrían la mayor parte de su cuerpo. El rostro de Lysandra, antes lleno de una bondad luminosa, ahora era un lienzo de palidez y cicatrices.

Cassandra, con los ojos fijos en el cuerpo inmóvil de Lysandra. estaba abstraida em sus pensamientos. El sonido de las máquinas era lo único que llenaba el vacío de esa habitación privada. Al ver que el médico pasaba por el pasillo, se levantó de un salto y lo llamó con la voz entrecortada por la angustia.

—Doctor, por favor, un momento —le dijo Cassandra, acercándose a la puerta.

El hombre se detuvo y la miró sobre sus lentes. 

—Dígame, señora De la Fontaine. ¿Alguna novedad?

—Eso mismo quiero preguntarle. Ya pasaron veinticuatro horas y ella sigue sin reaccionar. No ha movido ni un dedo. ¿Cuándo cree que finalmente pueda despertar? Me estoy desesperando —le confesó Cassandra, apretando sus manos con fuerza para ocultar que le temblaban.

El doctor suspiró e ingresó a la habitación, fue directo a la tabla de notas. 

—Entiendo su preocupación, pero debe tener paciencia. La hemos mantenido sedada a propósito. Recuerde que el golpe contra el pavimento fue muy violento y eso le causó una inflamación delicada en el cerebro. Necesitamos que su cuerpo descanse para que baje la hinchazón. Forzarla a despertar ahora podría ser peor.

Luego, el médico bajó la voz y la miró con seriedad. 

—Lo que sí me parece extraño es que todavía no se haya reportado esto. señora, es necesario que llame a la policía y ponga a las autoridades al tanto. El conductor que la atropelló se dio a la fuga y eso es un delito grave. Hay que hacer la denuncia de inmediato para que empiecen a investigar.

El corazón le dio un vuelco. El pánico la invadió por un segundo, temía que se supiera la verdad y la encerraran antes de que Lysandra reaccionara, pero logró disimularlo, su postura era firme, como si nada la perturbara.

—Mire, doctor, yo solo soy una conocida que la encontró tirada en la calle —respondió Cassandra con indiferencia total—. No es algo que me competa a mí legalmente. Cuando ella despierte y esté lúcida, será ella quien decida qué pasos seguir y si quiere denunciar o no. Por ahora, mi única prioridad es que no se muera.

El médico asintió, aunque no muy convencido, y se retiró, dejando a Cassandra a solas con sus miedos y con el cuerpo golpeado de la mujer que, sin saberlo, estaba a punto de empezar una vida nueva

—¡Perfecto! Permiso debo atender a otro paciente 1adujo y se alejó.

Cassandra se quedó parada en el pasillo, mirando fijamente la espalda del doctor mientras se alejaba. Las palabras del médico todavía daban vueltas en su cabeza. 

—Gracias, doctor. En cuanto ella recupere el conocimiento, hablaré con ella sobre la denuncia —prometió en voz alta, tratando de sonar tranquila.

El doctor se detuvo un segundo antes de doblar la esquina. —Solo tenga paciencia. Estos procesos son lentos y complicados, pero el hecho de que haya pasado las primeras veinticuatro horas sin complicaciones es una excelente señal —añadió el hombre antes de desaparecer por completo.

Cassandra regresó a la habitación y se sentó al lado de la cama. El peso de la culpa la estaba aplastando. Ella sabía que, tarde o temprano, tendría que decirle la verdad a Lysandra: que había sido su propio auto el que la golpeó en esa carretera borrosa por la niebla. Aunque sabía que confesar aquello podía traerle problemas legales graves y hasta llevarla a la cárcel, estaba decidida a enfrentar las consecuencias. Si Lysandra despertaba y decidía denunciarla, Cassandra no pensaba huir.

Hacía años, Lysandra la había ayudado cuando ella no tenía nada, y ahora el destino las ponía en esta situación tan terrible. Cassandra sentía que le estaba devolviendo el favor  al rescatarla y pagar los mejores cuidados, pero su conciencia no la dejaba tranquila. No podía abandonarla. Miraba los golpes y las vendas de su amiga y se convencía de que algo muy malo le había pasado a esa mujer antes del accidente. 

«Nadie termina corriendo por una carretera bajo la lluvia, en ese estado de abandono, sin una razón de peso», afirmó en su cabeza.

De pronto, el nombre Adrián Conte, el esposo de Lysandra, le cruzó por la mente. Cassandra se sentía mal por no haberlo llamado todavía. Se imaginaba al hombre desesperado, recorriendo las calles y llamando a todo el mundo para encontrar a su mujer. Le resultaba muy extraño que nadie hubiera llegado a esa Clínica preguntando por ella. Lo lógico era que, si alguien que amas no llega  en unas horas o a dormir, lo busques primero en las salas de emergencias o incluso en la morgue.

Decidió que esperaría a que Lysandra abriera los ojos. Quería pedirle perdón primero y luego ir ella misma a buscar a Adrián para darle la noticia de que su esposa estaba viva. Se sentía profundamente apenada por ser tal vez la causa de tanto dolor, y lo único que quería era arreglar el desastre que había provocado.

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