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La mansión Valerius, propiedad de una de las familias más importantes del barrio El Prado, en Montevideo, Uruguay, que en otra época fue centro de celebraciones importantes y demostración de afecto sincero público y privado entre sus habitantes, aquella noche, tenía la intención de de dejar una marca retorcida de ese afecto; pero lo que estaba a pocas horas de suceder estaba lejos de las intenciones de Lysandra, la única heredera sobreviviente de los Valerius.
El aire en el comedor principal estaba saturado con el aroma de los lirios blancos, las flores preferidas de Lysandra, y el perfume especiado del solomillo al oporto que reposaba sobre la mantelería de lino belga.
Lysandra Valerius, la heredera absoluta de Imperial Textiles, ajustó por enésima vez los pliegues de su vestido de seda borgoña. La tela, ceñida a su cuerpo, abrazaba sus curvas con una elegancia que ella, en su inseguridad crónica, siempre temía que fuera exagerada e insuficiente para Adrián.
Lysandra era una mujer de facciones suaves y ojos color miel que irradiaban una inteligencia luminosa, aunque esa noche tenían un brillo especial consecuencia de la expectativa romántica que la había tenido en una nube todo el día.
Su cuerpo, voluminoso y firme, era el blanco constante de las críticas de la alta sociedad donde se movía y creían que ella no lo percibía, pero Lysandra no prestaba atención, le bastaba el refugio que creyó haber encontrado en los brazos de su esposo.
—Se ve radiante, señora —susurró Marta, el ama de llaves, mientras encendía las velas que decoraban el comedor—. El señor Adrián no tardará.
—Gracias, Marta. Hoy se cumplen tres años desde que este hogar volvió a tener vida —respondió Lysandra, acariciando el collar de rubíes que perteneció a su madre. Su voz temblaba levemente de emoción—. Solo quiero que él sepa que mi corazón es tan suyo, como todo lo que poseo.
Tal comomlomhabian acordado, a las ocho en punto la puerta principal se abrió. Adrián Conte entró en la estancia, y el tiempo pareció detenerse para Lysandra. Él vestía un traje gris grafito a medida, que resaltaba su figura atlética y su mandíbula esculpida.
Adrián era un hombre de una belleza casi perfecta, irreal, con ojos oscuros que sabían proyectar la calidez del fuego o el frío del acero, según su conveniencia. Adrián era un actor experto, conocía tan bien las debilidades de su esposa que toda su relación no había sido más que una actuación perfecta. Sabía exactamente qué puntos débiles tocar para que ella creyera que su amor era real.
—Mi reina —dijo él, en un tono de voz grave y seductora, que recorrió la columna vertebral de Lysandra como si la estuviera tocando—. Te ves... monumental. Ese color resalta la pasión que siempre guardas.
Para aderezar sus palabras, se acercó a ella y la tomó por la cintura, pegando su cuerpo al de ella. Lysandra, completamente emocionada cerró los ojos, entregándose al contacto, sin notar la rigidez mecánica en los hombros de su marido.
—Feliz aniversario, Adrián —susurró ella contra su cuello—. Pensé que las juntas en la fábrica te retendrían.
—Nada en este mundo es más importante que tú, Lysandra —mintió con una perfección escalofriante al tiempo que la guiaba hacia la mesa—. Ni siquiera los problemas que hemos tenido con los nuevos aranceles de exportación. Pero no hablemos de negocios ahora. Esta noche es para nosotros.
Durante la cena, Adrián desplegó todo su arsenal de encanto. Cada palabra era un anzuelo y cada mirada una red. Escuchó con fingida devoción los planes de Lysandra para modernizar los telares, asintiendo mientras su mente calculaba el valor de liquidación de cada activo que ella mencionaba. La observaba comer con una mezcla de desprecio oculto y una calma peligrosa, mientras en su mente preveía el resultado de su sacrificio. La despreciaba. Para él, Lysandra no era una mujer, sino un obstáculo de carne que debía ser gestionado para llegar al tesoro.
—Me haces tan feliz, Adrián —dijo ella, con las mejillas encendidas por el vino y el afecto—. A veces siento que no merezco un hombre como tú. Todo el mundo me decía que solo buscabas mi apellido, pero me has demostrado que amas a la mujer detrás del imperio.
Adrián dejó la copa de cristal sobre la mesa y rodeó la mesa para arrodillarse junto a su silla. Tomó su mano y la besó con una ternura que habría engañado a un santo.
—La gente es cruel porque envidia lo que tenemos, mi vida. Tu cuerpo es el mapa de mi felicidad. No dejes que sus lenguas venenosas te hagan dudar de lo que siento aquí —dijo él, presionando la mano de ella contra su pecho, justo donde su corazón latía con la frialdad de una piedra.
Deseoso de acabar con el tormento, la ayudó a levantarse de la silla con una fuerza fingida de deseo y la condujo hacia la suite principal. Lysandra caminaba como en un sueño, sintiendo que finalmente las sombras de su inseguridad se disipaban. Al entrar en la habitación, hasta romantizó el hecho de que la luz de la luna bañara la cama matrimonial.
Adrián no perdió tiempo. La empujó suavemente hacia la cama, cubriéndola con su cuerpo.
—Te amo, Lysandra —susurró con fingida voz seductora, mientras sus manos desabrochaban el vestido borgoña.
La sedujo con una urgencia que ella interpretó como hambre de su piel, pero que en realidad era el deseo de terminar pronto con el teatro físico.
Esa noche, en la intimidad, la hipocresía de Adrián alcanzó su punto más alto. Mientras sus manos recorrían el cuerpo de Lysandra, a fuerza para no volver su asco antes de lograr su objetivo, él bloqueaba sus propios sentidos pensando en su amante. Besaba sus hombros y su cuello con una intensidad que si bien a ella la hacía gemir de placer, a él le causaba el mismo efecto, pero no por la pasión del sexo, sino por el resultado final de la consumación de las consecuencias de cada una de las cláusulas del contrato que llevaba en el maletín.
Cada caricia era una mentira táctil. Cada vez que le decía que era hermosa y única, su estómago se revolvía de asco, pero su ambición era un motor mucho más fuerte que su repugnancia. Se movía sobre ella con una pasión bien ensayada, utilizando su atractivo como una droga para adormecer el juicio de la heredera.
En la oscuridad de la habitación, Lysandra se entregó por completo, gimiendo palabras de amor, sin saber que sus caricias eran solo parte de su estrategia, cada beso un clavo en su ataúd financiero y cada palabra de afecto un eco de la traición que estallaría con la luz del amanecer. Él le hizo el amor con una intensidad feroz, no por deseo hacia ella, sino por la adrenalina de saber que, por fin, esa era la última vez que tendría que tocarla.
En el clímax de esa farsa, cuando Lysandra estaba más vulnerable, envuelta en el calor de lo que ella creía era una unión sagrada, Adrián se detuvo un instante, casi de manera atropellada, y hábilmente manteniendo el contacto físico, e intencionalmente con los labios pegados a su oreja, le dijo:
—Amor... —le susurró, con un tono de voz cargada de una urgencia fingida—. Hay algo que me está matando —hizo una pausa midiendo la disponibilidad de Lysandra a escucharlo—. Ese cargamento en el puerto... si no se libera mañana, perderemos la herencia que tu madre tanto protegió —El tono de su voz tenía una carga de manipulación valada—. No quiero que te preocupes, pero necesito tu firma en unos trámites rutinarios. Los abogados dicen que debe ser ahora para que el sistema lo procese a primera hora de la mañana siguiente.
Lysandra, con la respiración entrecortada y los ojos empañados por el deseo, apenas podía procesar las palabras, mucho menos la pizca de manipulación contenida en ellas.
—¿Ahora? —inquirió evidentemente distraída y agotada por la descarga de adrenalina del acto al recién se acababa dejar arrastrar—. Adrián... estamos en nuestro momento… —se quejó con ese tono de voz meloso que tanto le repugnaba a Adrián.
—Precisamente por eso, amor —insistió él, besando su frente—. Olvidé decirte al llegar, es mejor que firmes ahora para que podamos olvidarnos del mundo exterior y seguir disfrutándonos el uno del otro sin interrupciones —La vio fruncir el celo en un evidente titubeo—. Hazlo por nosotros… por nuestro futuro.
Él se estiró hacia la mesa de noche, sacó de la primera gaveta una carpeta negra y una pluma de oro. Sin encender las luces de la habitación, iluminados por la luna, la hizo sentarse sobre el colchón y sobre sus piernas, auxiliados adicionalmente con la luz de la linterna de su teléfono, le señaló los lugares donde debía ir la firma.
Lysandra, confiada, hizo lo que Adrián le pidió en ese tono de voz falso y manipulador.
Era un acto de una crueldad que rebasaba los límites de lo aceptable: fue inducida bajo engaño a firmar su destrucción, y sobre la misma piel que él acababa de profanar con mentiras.
—Firma aquí, mi vida —le indicó, guiando su mano temblorosa—, y aquí también. Son solo formalidades de la empresa que recibiste de tu madre. Mañana seremos más libres que nunca.
Lysandra, confiando en el hombre que la sostenía contra su pecho, deslizó la pluma. No leyó que le estaba transfiriendo la totalidad de las acciones de Imperial Textiles a una sociedad controlada por Adrián, ni que estaba firmando un divorcio por mutuo acuerdo con renuncia a toda pensión y propiedad por abandono de hogar.
—Listo, mi amor —susurró ella, soltando la pluma—. Gracias por preocuparte por la empresa. Es nuestro patrimonio, siempre ha sido tuyo también.
Adrián cerró la carpeta con un chasquido que sonó a una guillotina. Dejó ver una sonrisa de triunfo genuino, la primera de la noche. La dejó sobre la mesa y se volvió a recostar junto a ella, acariciando su cabello hasta que la respiración de Lysandra se volvió pesada y rítmica, anunciando que se sumía en el sueño profundo de los inocentes.
—Firma tu futuro, mi amor —susurró él, evocando el tono de voz de la traición, aunque ella ya no podía oírlo.
Minutos después, cuando el ritmo de la respiración de Lysandra se volvió profundo y pesado por el sueño, Adrián se separó de ella con una mueca de asco absoluto.
Se levantó de la cama como si el colchón quemara. No la miró. Fue directo al baño y abrió la ducha con el agua al máximo de temperatura. Se restregó la piel con una esponja abrasiva, frotando con saña cada lugar donde ella lo había tocado, como si intentara quitarse una mancha de suciedad radioactiva. Su rostro, que antes reflejaba pasión, en ese instante estaba contraído en una mueca de asco absoluto.
Quedando conforme de haber eliminado todo rastro de ella de su cuerpo, salió del baño envuelto en una toalla, tomó su teléfono y marcó un número guardado bajo un nombre falso. Salió al balcón para que el aire fresco de la noche borrara el olor del perfume de Lysandra.
—¿Vania? —preguntó cuando le contestaron del otro lado de la línea, mientras su voz recuperaba su frialdad natural—. Despierta a los abogados. Ya la tengo. La gorda firmó su sentencia. Mañana al amanecer, quiero que sus maletas estén en la acera. Por fin vamos a limpiar esta casa de su presencia.
Colgó y miró hacia la habitación, donde Lysandra seguía soñando con el hombre que amaba, sin saber que el Judas que dormía a su lado acababa de vender su vida por un imperio de tela y odio.
Repudiando cada rincón de esa habitación, se vistió y abandonó el cuarto en absoluto silencio. Se llevó la carpeta negra como un trofeo, dejando atrás a una mujer despojada de todo, desnuda y desahuciada en una cama que ya no era suya.







