El despacho de Lysandra en la Torre Vanderbilt no olía a flores ese lunes por la mañana. Olía a café cargado y a la tinta fresca de los contratos que amontonaba sobre su escritorio. A través del ventanal, Montevideo se extendía como un mapa que ya no le inspiraba temor. El entierro anónimo de Adrián, ocurrido días atrás, no ocupó ni un segundo de su pensamiento. Para ella, el mundo comenzó a girar de una forma distinta desde que el último rastro de su pasado fue cubierto por tierra barata.
—Los